La Ciencia Cristiana es la Ciencia del Espíritu, no de la materia. Es la realidad subyacente que Jesús demostró a lo largo de todo su ministerio. El maestro cristiano enseñó al comienzo de su carrera la verdad fundamental de que “Dios es Espíritu” y, como tal, incorpóreo.
Al definir a Dios de esta manera, Jesús socavó varias creencias de su época. Los dioses de las naciones que rodeaban a los israelitas estaban representados en piedra, oro, plata, bronce, hierro y madera. La enseñanza de Jesús de que Dios es Espíritu presentaba la verdadera idea de la Deidad.
Esta comprensión de Dios como Espíritu conduce a una comprensión del hombre como imagen y semejanza del Espíritu. Puesto que Dios solo puede expresar lo que es Dios, todas las manifestaciones de Dios deben ser espirituales, no materiales.
Jesús jamás perdió de vista al hombre creado por Dios, que existe en el Espíritu divino como una identidad espiritual consciente. De acuerdo con la declaración del Maestro “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30), Mary Baker Eddy escribe en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “Dios y el hombre, Padre e hijo, son uno en el ser” (pág. 361). Esta gran verdad apunta a la inevitable transformación de la conciencia humana en un estado de pura espiritualidad.
Cristo Jesús abrió una nueva frontera para vivir: el inmaterialismo. Dijo: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63). La verdad que Jesús enseñó y vivió es un remedio universal para todas las dificultades, sean mentales, morales o físicas.
Es mucho más probable que superemos cualquier error material cuando vemos cuál es su pretensión errónea. Identificar la pretensión es una parte importante de la práctica de la Ciencia Cristiana. La forma de superar el pecado —cualquier sentido que nos separe de Dios— es probar su nada. Despersonalizar nuestros temores, privarlos de una expresión, es deshacerse de ellos. Por eso nos aferramos a la totalidad de Dios, el Espíritu divino. ¿Cómo puede haber dos deidades compitiendo, si Dios realmente es infinito? Es divinamente lógico ver que solo hay un Dios, un solo Espíritu.
Nuestro trabajo debe incluir el reconocimiento del hecho de que Dios es la única Mente del hombre, y que el hombre no puede ser mesmerizado para aceptar pensamientos no divinos, que indican mentes contrarias. Enfrentamos el error con el valor de nuestras convicciones científicas que da la Mente divina, y de ese modo el error desaparece de la conciencia. Somos hijos de Dios, el Espíritu divino, y, por lo tanto, no somos materiales. Ninguna enseñanza errónea puede privarnos de este hecho espiritual.
El cristianismo de Cristo se encuentra con el anhelo humano no expresado de disipar la mentira de la vida en la materia y de comprender lo incorpóreo —y de extender este sentido espiritual al comportamiento propio, visto en la forma en que tratamos a nuestro prójimo—. En la medida en que nuestra visión es espiritual, nuestra percepción se vuelve menos material, menos dogmática. Se asemeja al Cristo. Dejamos la ficción de la materia por los hechos espirituales. “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu” (Romanos 8:5).
Ningún individuo, ni siquiera Dios Mismo, puede ver o experimentar lo que no se considera primero en la conciencia. La Biblia dice de Dios: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal” (Habacuc 1:13). Como el mal no está escrito en el corazón de Dios, Él no puede experimentarlo.
Lo mismo ocurre con el hombre. Podemos defender con éxito nuestra conciencia contra las intrusiones de una forma materialista de pensar. Mantenemos estos elementos fuera de la conciencia mediante nuestra lealtad a la única Mente divina.
A veces el pensamiento negativo puede convertirse en un hábito tal que hace falta una gran consagración a Dios, el bien, para cambiar esta actitud por una de reconocer constantemente el control de Dios. La Ciencia Cristiana es la ley divina, y el propósito de la ley es gobernar. Por eso debemos esforzarnos por ser gobernados por la Ciencia en lugar del mal. La ley divina es la fuerza de la voluntad de Dios, ¿y qué puede oponerse a la omnipotencia? La voluntad de Dios es la ley en cada caso. La Sra. Eddy dice: “Que el hombre pueda infringir la eterna ley del Amor infinito, fue, y es, ¡la mentira más grande de la serpiente!” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 123).
Reconocer el control de la ley de Dios en nuestra vida no significa que el Principio de la ley divina sea consciente de nuestras preocupaciones. Significa que estamos volviéndonos conscientes de Dios y de Su poder. Al referirse a la tracción profana de la negatividad, la Sra. Eddy dice: “El magnetismo animal, el hipnotismo, etc., son despojados de sus armas por el practicista que excluye de su propia consciencia, y la de sus pacientes, todo sentido de realismo de cualquier otra causa o efecto, excepto el que proviene de Dios” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 364).
Cuanto más excluimos del pensamiento cualquier cosa desemejante a Dios, tanto más exitoso será nuestro trabajo. El error no puede levantarse en contra de la Verdad. Cuando con alegría nos identificamos constantemente como la idea de la Mente, encontramos protección contra las creencias de la mortalidad.
Creer en el error puede hacernos reflexionar sobre el pasado, pero esto mantendría vivo el error para nosotros. Recuerdas a la esposa de Lot, que miró atrás y se convirtió en un pilar de sal. Estamos libres de este error de mirar hacia atrás cuando podemos pasar todo el día, día tras día, sin revivir un pasado mortal. Si asoma la cabeza, podemos rechazarlo como una mentira. Aunque no permanezcamos siempre en la cima de la inspiración, los destellos que obtenemos de la verdad nos dan valor para redoblar nuestros esfuerzos y seguir adelante. Vemos la meta —la comprensión de que el hombre es inmaterial— y esto nos hace pacientes. Jesús dijo: “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (Lucas 21:19).
Identificarnos como la idea espiritual de Dios nos da un muy buen comienzo, pues toda la curación está envuelta en la correcta identificación de uno mismo. La Sra. Eddy afirma: “Usted nunca podrá demostrar espiritualidad mientras no declare que es inmortal y comprenda que lo es. La Ciencia Cristiana es absoluta; no está detrás del punto de la perfección ni avanzando hacia él; está en ese punto y desde él se debe practicar” (Miscelánea, pág. 242). Ser inmortal es ser inmaterial. Dios nos ha puesto delante una puerta abierta, el conocimiento de la Verdad divina, por la cual podemos entrar en nuestra herencia porque somos Sus hijos amados.
El Científico Cristiano debe saber una y otra vez que nunca nació de la carne y no tiene herencia del mundo. El hombre, por ser la idea espiritual de Dios, no tiene ni una sola célula de cualidad física. Cualquier mejora en la salud, basada en la comprensión de la unidad del hombre con la Mente divina, puede demostrar ser permanente. La salud no tiene que fluctuar: es una idea, y las ideas se expanden continuamente.
La Mente divina nos guía a cada momento hacia “un lugar espacioso” (Salmos 18:19), una comprensión espiritual más amplia de nuestra sustancia, nuestra identidad. Para los israelitas, un lugar grande significaba libertad y seguridad; allí podían vivir sin miedo a ser rodeados y atacados por los enemigos. El sentido espiritual que buscamos de salud, inteligencia e identidad, es “un lugar espacioso” que no deja de expandirse.
La Sra. Eddy describe “las épocas sensuales” (Ciencia y Salud, pág. 254), y parece que vivimos en esa época, en un período agravado de sensualidad. La cura en la Ciencia es darse cuenta de que la única era en la que realmente vivimos es la eternidad del Espíritu, y que no hay mal en esa época. Sigue separándote del sueño mortal y comprende que jamás naciste en él y que no estás en él ahora ni nunca. El conocimiento de que el hombre es espiritual, no material, expone la falsedad de la personalidad corpórea.
El hombre no se define por el físico, sino por la conciencia —“cual es su pensamiento en su corazón” (Proverbios 23:7)—. Es la conciencia la que hace al hombre, la que determina sus experiencias.
Por eso nunca dejamos de espiritualizar la conciencia, desmaterializarla y hacer pleno uso de lo que la Sra. Eddy llama “la escuela preparatoria de la tierra” (Ciencia y Salud, pág. 486). La exigencia de Dios de quitarse al viejo hombre de la materia y de vestir al nuevo hombre del Espíritu seguirá presente hasta la espiritualización absoluta de todas las cosas.
Todos debemos llegar a comprender el poder irresistible de Dios a medida que redime al ser humano, al elevarlo y poner en perspectiva lo que realmente somos como ideas espirituales. Y cada uno de nosotros alabará a Dios, como hizo el salmista, al reconocer que el hombre no tiene cuerpo: “Formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien” (Salmos 139:14). Somos hijos del Espíritu divino, y, por lo tanto, somos espirituales, no materiales.
