Hace poco un amigo cercano me preguntó sinceramente cómo enfrentan los Científicos Cristianos el duelo tras el fallecimiento de un ser querido. Respondí y nuestra conversación pasó a otras cosas, pero su pregunta permaneció conmigo. Una respuesta que me ha ayudado es la profunda comprensión de que nuestros seres queridos continúan en el amor de Dios. En el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy explica que “Dios y el hombre real son inseparables como Principio divino e idea” (pág. 476).
La tentación de caer en la oscuridad y la tristeza es fuerte después de un fallecimiento. Incluso se puede tener la sensación de que la profundidad de nuestro amor por el que falleció solo se demuestra con suficiente sufrimiento. Puesto que la pérdida de un ser querido puede parecer un evento dramático, estas respuestas no son irracionales. La curación del dolor es individual, diferente para cada uno. Si bien, nunca descartaría el proceso personal de duelo de nadie, hay un argumento que se puede usar para no aceptar un proceso largo y prolongado de aflicción, por muy profundo que sea nuestro amor y devoción.
Una vez, una amiga compartió su asombro por un miembro de la iglesia que acababa de perder a su marido y no mostraba señales de aflicción. Esto abrió mi pensamiento a la idea de que uno puede considerar saltar el proceso de duelo antes de volver a sentir paz. Pero, ya sea largo o breve, la curación de la tristeza puede ser una experiencia sagrada. Puede ser una de esas pruebas que son “pruebas del cuidado de Dios” (Ciencia y Salud, pág. 66) y, en última instancia, nos traen un sentido más completo de la vida eterna cuando se la observa profundamente, con nuevos ojos.
Dos componentes importantes para la curación del duelo son que Dios, por ser el Amor, cuida de nuestro ser querido y también de nosotros. De manera que nuestra conexión para sentirse amado realmente no se ha roto.
Una experiencia que tuve con la muerte de mi preciada perra puede parecer insignificante en comparación con la pérdida de un ser querido, pero la menciono aquí porque amplió mi comprensión para cuando llegaron desafíos mayores. Cuando falleció, tuve una dulce sensación de continuidad espiritual con mi perra, que me preparó para obtener más vislumbres cuando se produjo la muerte más importante de mi madre. Por modesta que parezca, la experiencia con mi querida perra me dio un atisbo de algo nuevo y superior acerca de la vida eterna.
El día que falleció mi madre, la curación del duelo fue sorprendentemente instantánea. No obstante, aunque me sentí protegida de la tristeza, la experiencia no fue un acontecimiento ligero. En cambio, trajo la profunda conciencia de la tangible esencia espiritual de mi madre. Atribuyo este elevado estado de conciencia en parte a las oraciones amorosas que me hizo un practicista de la Ciencia Cristiana semanas antes del fallecimiento de mi madre. Me embargaron muchas inspiraciones fuertes respecto a que mi madre no podía estar separada del Amor.
Otro elemento útil que puede traer consuelo es la gratitud. De la manera más tierna, la profunda gratitud hacia un ser querido que ha fallecido es un poder que puede ayudar a desplazar el dolor. Aquí es donde el consejo de Ciencia y Salud puede ser útil: “… es sabio considerar seriamente si es la mente humana o la Mente divina la que lo está influenciando a uno” (págs. 82-83). La gratitud a Dios, la fuente de nuestro ser querido, nos hace receptivos a las bendiciones divinas de esa misma fuente.
En ambas curaciones, experimenté un cálido destello de gratitud que reemplazó la tristeza. En lugar de que una persona se comunique con nosotros, el amor de Dios toca nuestro pensamiento con la esencia eterna de esta persona como un regalo permanente de Dios.
Nuestra disposición para ver algo nuevo y superior rompe los patrones del duelo. Eddy alude a este fenómeno cuando explica que, “Jesús demostró la incapacidad de la corporalidad, así como la infinita capacidad del Espíritu, ayudando así al sentido humano que yerra a huir de sus propias convicciones y a buscar seguridad en la Ciencia divina” (Ciencia y Salud, pág. 494). Al renunciar a la creencia de vida en la materia, veremos nuevas expresiones de vida en todas partes, porque nos estamos abriendo a ellas.
Me costó más la pérdida de otro ser querido, porque teníamos muchos asuntos sin resolver —agravios que yo había albergado—. En un esfuerzo por encontrar paz, recordé a María en la Biblia, que no pudo ver a Jesús en la tumba porque no esperaba encontrarlo vivo. Cuando Jesús se dirigió a ella por su nombre —o, metafóricamente, por su verdadera naturaleza— ella entonces reconoció al Jesús resucitado. Esto demuestra que al expresar nuestra verdadera naturaleza uno puede experimentar más paz. Esto fue lo que me pasó a mí.
Necesitaba callar y escuchar la voz de Dios, la Verdad, que nos dice algo diferente al ruido del duelo. En mi momento de tristeza, me vino un pensamiento angelical sorprendente: “Aquí está pasando algo más. Presta atención para que pueda mostrártelo”. Me di cuenta de que solo las buenas cualidades de mi ser querido —lo espiritual— eran reales, y el resto, que no era de Dios, era irreal.
Una mañana, mientras oraba profundamente, llegué a comprender la identidad completamente espiritual de este ser querido, separada de cualquier rasgo de carácter difícil. ¿Quién era esta hija pura de Dios que el Amor divino creó y apreciaba? Me recordé a mí misma todas las cualidades, como alegría, jocosidad y compasión, que sentíamos en nuestra relación antes de que algún rasgo negativo de carácter nublara nuestra conexión. El Amor divino me llegaba de una manera que podía comprender. Estuve dispuesta a resistir los pasos típicos del duelo y buscar algo más elevado y diferente.
Esto eliminó el profundo dolor, y la claridad reemplazó la oscura sensación que pesaba sobre mí. De la manera más sorprendente, el Amor divino me brindó la paz que tanto anhelaba sentir. Inesperadamente, los rasgos únicos de mi ser querido fueron aludidos de forma ingeniosa y afectuosa en el elogio que le dio un familiar cercano en su funeral. Esto me dio un nuevo afecto por sus extravagantes actitudes, y mi corazón se sintió sanado.
No nos detenemos necesariamente a reflexionar sobre las cualidades espirituales de un ser querido hasta que enfrentamos su partida. Pero no tenemos que esperar a que alguien fallezca para experimentar esta conciencia más elevada. Dios siempre nos comunica lo que realmente son si vigilamos y lo interpretamos a través de nuestro sentido espiritual más elevado.
Aunque he sentido la esencia dulce y única de mi madre al pasar junto a su arbusto favorito lleno de flores, no existe un medio material ni un espíritu personal del bien, sino el bien siempre presente que es Dios, el Todo-en-todo, expresado de formas infinitas e individuales. No necesitamos limitar en ningún sentido la expresión llamada madre, padre o amigo. He reconocido la “maternidad” que me ha sido otorgada por otras fuentes de formas que suavemente me recordaron el amor de mi madre. Al apartarnos de las limitaciones de la corporalidad, huimos de nuestras propias y mesmerizadas convicciones aprendidas de las creencias del mundo sobre la tristeza.
Después de reflexionar en oración sobre el tema de la tristeza, me he dado cuenta de que, en definitiva, Dios es Amor. Así que debe seguir siendo algo muy maravilloso, hermoso y amoroso que se debe comprender y experimentar sobre cada ser querido que parte de nuestras vidas.
No necesitamos encerrar a nuestros seres queridos en un estado remoto lejos de nosotros. La próxima vez que me enfrente al duelo, espero buscar más rápido una comprensión más profunda de la vida eterna y dejar que las numerosas ilusiones de la creencia en la muerte se desvanezcan en su luz.
