Estaba en espiral.
Había estado trabajando en un campamento de verano para Científicos Cristianos, y en mi día libre estaba lidiando con una tormenta de pensamientos agresivos acerca de mí mismo, aquellas personas que me importaban e incluso la existencia de Dios. En medio de toda esta negatividad, pensé: “¿Cómo puede existir Dios cuando estoy luchando con todos estos pensamientos?”
Dudar de la existencia de Dios era algo que jamás me había planteado. Crecí asistiendo a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana. Había experimentado numerosas curaciones y pasado mucho tiempo estudiando la Biblia y Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy.
A pesar de todo esto, ahí estaba yo —en una crisis de fe—. Pensé: “Dios, por favor, dame una señal de que existes y que estaré bien”. Esperaba oír una voz retumbante desde el cielo diciéndome, de forma cinematográfica, que no estaba solo. Pero eso no ocurrió. Tras sentirme abatido por esta aparente falta de comunicación divina, de repente me vino un pensamiento muy sencillo: “Debería ir a llenar mi botella de agua”.
Después de obtener un poco de agua, estaba listo para empezar a caminar de regreso a mi cabaña cuando me encontré con el director del campamento, a quien conozco desde hace años. Cuando me preguntó cómo estaba, le dije que no me encontraba bien. Inesperadamente, me dijo que “el helado suele ayudar” y me invitó a su casa en el campamento para disfrutar de un helado. Acepté y me sirvió helado de vainilla con frambuesas. Aunque no pudo quedarse mucho tiempo, me dijo que podía quedarme para terminar el helado y jugar con su perro.
Después de que se fue y pasé un rato con su perro, la tormenta de pensamientos negativos —que antes era tan imponente— se desvaneció. Me di cuenta de que esto era una clara señal de que Dios estaba respondiendo a mi necesidad y está aquí para mí. Pude ver que, dado que Dios es Amor y la fuente de todo amor, el amor expresado por el director del campamento no era aleatorio, sino una expresión específica de Dios como Amor en mi vida.
Cuando me di cuenta de esto, me sentí feliz el resto del día. Fue un fuerte recordatorio de que Dios existe y me está cuidando de formas a veces inesperadas, pero siempre perfectas.
Avanzando hasta este pasado verano, cuando estuve en Boston haciendo una pasantía. Aunque estoy acostumbrado a estar lejos de mi familia y de la mayoría de mis amigos, esta experiencia fue diferente. Era un nuevo nivel de independencia y, al principio, me sentí muy solo. También sentía que no estaba cerca de Dios, como si estuviera fuera de Su alcance.
Antes, cuando me sentía solo, pasaba tiempo en el parque observando gansos y otros animales. Siempre me traía alegría y consuelo. Así que, cuando oré por encontrar una solución, se me ocurrió la idea de ir a un parque cercano. Después de pasar varios minutos observando gansos, vi que una mujer mayor se acercaba y con cariño les daba de comer. Los dos observamos cuánto disfrutaba el otro de la presencia de los gansos. Empezamos a hablar de cuánto nos gustaba la naturaleza y de lo hermosa que es. Pasó el tiempo y me di cuenta de que habíamos disfrutado de una conversación bastante larga, ya que casi era de noche. Intercambiamos nombres y seguimos nuestro camino.
Al salir del parque, reflexioné sobre mi experiencia con mi nueva amiga y el amor y aprecio mutuos que compartíamos por la creación de Dios. Para mí, esto demostraba que Dios no solo estaba presente conmigo, sino que también me había mostrado que, a pesar de estar lejos de las personas que conocía, no estaba solo. De hecho, estaba en una ciudad llena de hijos de Dios.
Me alegra mucho haber aprendido que, no importa cómo perciba a Dios en un momento dado, Él siempre está presente, siempre cuidando de mí. Ahora entiendo que incluso cuando surge un desafío, el amor de Dios siempre estará ahí para ayudarme —a veces de formas inesperadas que son más perfectas de lo que jamás podría imaginar—.
