Empecé a estudiar la Ciencia Cristiana en serio el día en que me di cuenta de que quizá no me graduaría de la universidad. Estaba en mi último semestre cuando un asesor académico me llamó con noticias inesperadas. No había cumplido con el requisito de saber un idioma extranjero. El asesor se disculpó por avisarme tarde, pero me dijo que cumplir con el requisito era mi responsabilidad. Sin pruebas de que sabía un segundo idioma, no recibiría mi título.
Era inquietante darme cuenta de que, de alguna manera, no había estado al tanto de ese requisito durante casi cuatro años. No tenía tiempo para completar un curso de idiomas. Mi única opción era aprobar un examen de competencia en un lenguaje que apenas recordaba. Había estudiado francés en el bachillerato, pero lo que quedaba de los conocimientos que había tenido alguna vez era, en el mejor de los casos, fragmentario. La perspectiva de aprobar un examen a nivel universitario en cuestión de semanas parecía remota.
Reuní varios libros de texto en francés y fui al laboratorio de idiomas con un plan sencillo: Estudiar intensamente y esperar lo mejor. De camino, pasé por una Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana. No había asistido con regularidad a una filial de la Iglesia de Cristo, Científico; pero en ese momento, conmocionado por la llamada de mi asesor y buscando claridad, decidí pasar unos minutos orando y tratando de escuchar algún tipo de estímulo, consuelo o guía espiritual. Me dije a mí mismo que sería una pausa breve.
Adentro de la Sala de Lectura, noté de inmediato una exposición de literatura de la Ciencia Cristiana en francés, incluyendo Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy (Science et Santé avec la Clef des Écritures), y la edición francesa de la revista El Heraldo de la Ciencia Cristiana (Le Héraut de la Science Chrétienne).
En aquel entonces, esta edición del Heraldo presentaba el texto en francés con una traducción paralela al inglés en las páginas opuestas. Empecé a leer, comparando los dos idiomas, y poco a poco fui avanzando en varios artículos, estudiando el vocabulario, el estilo lingüístico y la gramática. También empecé a leer Ciencia y Salud en francés, guiado por el texto paralelo en inglés, también en las páginas opuestas.
Después de leer con calma y concentración durante una hora, reconsideré mi enfoque para estudiar los exámenes. Decidí dedicar todo tiempo de estudio disponible a la Sala de Lectura; no solo aprendiendo francés, sino también buscando una comprensión más profunda de la Ciencia Cristiana y de mi propósito más allá de la universidad.
Los artículos y pasajes bilingües de Ciencia y Salud me proporcionaron una preparación práctica para el examen de competencia en francés, que enfatizaba la traducción precisa entre ambos idiomas. Pero aún más importante, empecé a ver que la práctica diaria de la Ciencia Cristiana también implica un proceso activo de traducción; no de un idioma a otro, sino de un punto de vista a otro: de un sentido material de las cosas a uno espiritual.
A medida que seguía estudiando, adquiría una percepción más clara de mi relación con Dios —una basada en la constancia y el cuidado divinos en lugar de en la incertidumbre—. Esto requirió un cambio de ver mi vida como material y limitada a reconocerla como espiritual y completa, ya que reflejo a Dios por ser Su expresión. Este cambio exigió un crecimiento espiritual, traducir mi pensamiento del engaño de la vida en la materia, marcada por las decepciones, así como por oportunidades y plazos perdidos, a una comprensión más verdadera de nuestra naturaleza espiritual —armoniosa, eterna y bendecida con abundancia en lugar de limitación—.
Ciencia y Salud explica que esta transformación espiritual se produce “por la traslación del hombre y el universo nuevamente al Espíritu” (pág. 209). (La declaración completa dice: “Los minerales compuestos o el conjunto de sustancias que componen la tierra, las relaciones que las masas constituyentes mantienen entre sí, las magnitudes, distancias y revoluciones de los cuerpos celestes, no tienen ninguna importancia, cuando recordamos que todos ellos deben dar lugar al hecho espiritual por la traslación del hombre y el universo nuevamente al Espíritu.”)
Después de varias semanas yendo a la Sala de Lectura para este estudio, me di cuenta de que no solo estaba preocupado por el examen, sino también ansioso por lo que ocurriría una vez que me graduara. No tenía un camino profesional claro ni oportunidades laborales inmediatas, y mi educación en artes liberales parecía tener un valor práctico limitado. ¿Cómo podía convertir lo que sabía en algo valioso en el mundo? Oré para abordar este temor y la visión poco favorable de mis perspectivas cambiando mi forma de pensar —al traducir un concepto falso y material del hombre y el universo de vuelta al Espíritu y luego orando desde una mejor comprensión del amor y la provisión siempre presentes de Dios para todos—. ¿Cómo podía persistir cualquier creencia de ineptitud o carencia personal en esta nueva perspectiva?
Cuando llegó el momento del examen de francés, apliqué con calma todo lo que había aprendido en la Sala de Lectura: tanto la gramática como el vocabulario francés, y una creciente capacidad espiritual para comprender a Dios. ¡Estaba tan agradecido de aprobar el examen y graduarme según lo previsto al mes siguiente!
Diez días después de graduarme, solicité un puesto en una agencia internacional de desarrollo que implementa las soluciones de agua e irrigación en las regiones en desarrollo de todo el mundo. Me entrevistaron para el puesto, y el entrevistador me dijo que había una vacante en el noroeste de Haití. Sin embargo, tenía una reserva: “¿Hablas francés?”
Le dije que sí, efectivamente, sabía algo de francés, y poco después, estaba trabajando en Haití. Esa primera experiencia laboral, como el tiempo que pasé en la Sala de Lectura, proporcionó una base sólida no solo para un desarrollo profesional sostenido, sino también para un crecimiento continuo en la Ciencia Cristiana.
El proceso de trasladar “[el] hombre y el universo nuevamente al Espíritu” hace que la comprensión espiritual esté disponible para todos nosotros, y esta comprensión puede aplicarse a todos los aspectos de nuestra vida y compartirse con otros. Ciencia y Salud también afirma: “El sentido espiritual es una capacidad consciente y constante de comprender a Dios. Muestra la superioridad de la fe manifestada en obras, sobre la fe expresada en palabras. Sus ideas sólo se expresan en “nuevas lenguas”; y estas se interpretan por la traducción del original espiritual al lenguaje que el pensamiento humano puede comprender” (págs. 209-210).
En mi estudio y práctica de la Ciencia Cristiana he aprendido que nunca estamos separados de Dios. Podemos sopesar cualquier problema que enfrentemos ante lo que conocemos del Espíritu —ante lo que siempre ha sido verdadero— y podemos confiar en Dios, la Verdad, para que nos hable en nuestra vida diaria en términos prácticos que podamos entender.
