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La Ciencia divina detrás del agradecer y adorar a Dios

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 12 de octubre de 2026


“Daré gracias al Señor por su justicia; cantaré alabanzas al nombre del Señor Altísimo” (Salmos 7:17, New International Version). El dar gracias y alabar a Dios se transmiten notablemente a lo largo de toda la Biblia. Y en los tiempos actuales de gran necesidad, es aún más significativo al romper el mesmerismo de la discordia y despertar el pensamiento a la curación y el progreso que ya están a la mano.

El tipo de gratitud y alabanza a Dios ejemplificada en la vida y curaciones de Jesús y articulada en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, es una forma de oración cristianamente científica basada en la revelación, la razón y la demostración. Es científica, porque nos permite demostrar “Dios perfecto y hombre perfecto” (Ciencia y Salud, pág. 259), capacitándonos para ver que lo que es espiritualmente verdadero ya está presente. El Principio que respalda tanto el alabar como el dar gracias a Dios es demostrable, y sus efectos sanadores son repetibles.

Esta forma de oración da un consentimiento inequívoco a la omnipotencia de Dios. Glorificar a Dios mediante la alabanza y acción de gracias no es mero emocionalismo, ni una súplica transaccional a Dios por cosas materiales, sino el absoluto reconocimiento de Su supremacía.

La alabanza y la gratitud a menudo van de la mano: reconocer y glorificar con alegría quién es Dios (alabanza) y dar gracias a Dios por lo que Dios da (gratitud). El reconocimiento absoluto de Jesús, Pablo y Silas de la bondad omnipotente de Dios, y su gratitud por Sus bendiciones, llegó antes de la manifestación visible de esas bendiciones. Dios viene primero, y luego el humano cede a lo divino, y los efectos de la curación, la abundancia y la libertad siguen a continuación.

Jesús demostró el poder de la alabanza y la gratitud después de que Lázaro enfermara y muriera. Lázaro llevaba cuatro días en la tumba cuando llegó Jesús. De pie ante la tumba, Jesús comenzó con la gratitud: “Padre, gracias te doy por haberme oído” e incluyó la alabanza: “Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado”. Después de que Jesús llamara a Lázaro, este salió vivo de la tumba (véase Juan 11:1-45).

Aquí, el reconocimiento absoluto de Jesús de que Dios es la Vida divina omnipotente demostró la renovación espiritual de la vida que afirma la vida eterna, dando como resultado la resurrección.

Al principio del ministerio de Jesús, una gran multitud que lo seguía no tenía comida al final del día. Un discípulo encontró a un niño que tenía cinco hogazas de pan y dos peces pequeños. Entonces Jesús “tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a la multitud”. Más de cinco mil personas comieron y se recogieron doce cestas con sobras (véase Mateo 14:13-21).

Jesús “bendijo” antes de que los panes se multiplicaran, y podríamos considerar que al mismo tiempo estaba alabando a Dios y reconociendo con gratitud que la calidad y cantidad del amor de Dios satisfacen consistentemente la necesidad humana. Esta bendición no trataba de dar gracias por algo ya recibido humanamente; ni se hizo para cambiar cómo debía actuar Dios. Jesús oró con la absoluta convicción de que lo espiritualmente verdadero ya estaba presente, demostrando que “la oración no puede cambiar la Ciencia del ser, pero tiende a ponernos en armonía con ella” (Ciencia y Salud, pág. 2).

Pablo y Silas siguieron el ejemplo de Jesús en una vívida e instructiva demostración después de ser golpeados y encarcelados en Filipos. En esta circunstancia tan grave, oraban y cantaban alabanzas a Dios con una convicción inquebrantable y optimista. De repente, un terremoto sacudió la prisión, abriendo todas las puertas y soltando todas las cadenas (véase Hechos 16:19-26).

Su radiante alabanza a Dios anulaba los pensamientos que los aprisionaban, incluso antes de que hubiera evidencia externa de la liberación. Demostraron que, en una consciencia llena de la convicción del amor salvador de Dios, el miedo y la limitación son purgados y pierden su aparente agarre. Esto no solo soltó sus propias cadenas, sino también las de todos los demás en la prisión.  

La gratitud y la alabanza pueden abrirnos los ojos para ver más de la bondad de Dios. Aunque lo sintamos modestamente, podemos dejar que echen raíces y se multipliquen. Cada expresión de alabanza y gratitud nos prepara para recibir aún más bendiciones de Dios (véase Ciencia y Salud, pág. 3).

En mi propia experiencia, la naturaleza purificadora y protectora de alabar a Dios se hizo muy real para nuestra familia cuando nuestros hijos aún eran pequeños, y mi marido y yo nos enteramos de que pronto ambos nos quedaríamos sin trabajo. Nos comprometimos a alabar a Dios de todo corazón por todo lo que Él es, dar gracias por Sus bendiciones y apartarnos de cualquier preocupación sobre la situación. Alabar a Dios —la Verdad, la Vida y el Amor— nos liberó del miedo, la duda y el resentimiento. La gratitud por el bien recibido nos recordaba la provisión continua del bien de Dios. Comprendimos que nada desemejante a Dios puede entrar en un pensamiento rebosante de alabanza y gratitud a Dios

Orar de esta manera nos mantuvo en un estado de receptividad y alerta, y pronto aparecieron pasos que cambiaron nuestra situación por completo y satisfactoriamente. (Véase la historia completa y el artículo aquí: “Hallelujah: Radical praise,” Christian Science Sentinel, June 12, 2017.)

Alabar y dar gracias a Dios da nuestro incondicional amor, reverencia y atención a Dios, desviando el pensamiento de un sentido personal de uno mismo, la ingratitud de la preocupación o el enfoque en el beneficio material, y elevando el pensamiento hacia la luz. Podemos cantar nuestras alabanzas en los momentos más oscuros y dejar que esa luz desate las cadenas del miedo y la limitación. Podemos estar agradecidos a Dios, que protege y purifica la consciencia, manteniéndonos receptivos a las ideas correctas. La alabanza y la gratitud de la forma que Cristo Jesús enseñó son divinamente científicas, y elevan el pensamiento hacia el Principio absoluto del Amor divino y abren nuestros ojos para ver la prueba de la suprema bondad del Amor en todos los aspectos de nuestras vidas.

Kim Crooks Korinek
Escritora de Editorial Invitada

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