Nuestro Maestro, Cristo Jesús, dijo a sus apóstoles: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Este dicho de nuestro Mostrador del Camino ha desconcertado a muchos, porque suena imposible… hasta que se aborda desde una perspectiva cristianamente científica.
Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana, nos da la clave cuando escribe que la perfección no es una meta lejana, sino más bien el hecho actual de la semejanza del hombre con Dios. Escribe: “En la Ciencia divina, el hombre es la imagen verdadera de Dios” y “Hay que sacar a luz la gran verdad espiritual de que el hombre es, no que será, perfecto e inmortal” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, págs. 259 y 428). En otras palabras, la perfección no es algo que debamos alcanzar, sino es, en cambio, completamente demostrable, porque es algo ante lo cual podemos despertar mediante el estudio dedicado de la Biblia y los escritos de la Sra. Eddy.
Algunos pensadores pueden preguntarse: “¿Cómo puede ser esto práctico?” Así es como lo he estado practicando a diario.
Cuando en mi experiencia diaria se presenta una enfermedad, un pecado o un cuento de muerte, en lugar de orar sobre una situación con un ser humano imperfecto, rechazo de inmediato el concepto de un mortal falible, que Dios nunca creó. Cada vez que se presenta una limitación, un problema físico o un defecto de carácter, considero: ¿Es esto consistente con la naturaleza de Dios, el Espíritu infinito? La respuesta siempre es no. Entonces afirmo de inmediato y conscientemente lo que he aprendido en mi estudio diario y profundo de la Ciencia Cristiana y lo que es verdadero: que el hombre es la expresión espiritual de Dios —completo, armonioso, inteligente y libre— la imagen y semejanza de Dios, como nos dice el primer capítulo de la Biblia (véase Génesis 1:26, 27).
Este razonamiento metafísico, basado en la verdad científica de que Dios es Todo-en-todo, no es pensamiento positivo, sino una afirmación poderosa, porque “vivimos, y nos movemos, y somos” en el Espíritu, no en la materia (Hechos 17:28). Este es un hecho científico que trae curación a cualquier situación discordante. Y la curación, en mi propia experiencia, es inevitable, porque Dios es todo y está en todas partes, y eso es un hecho científico. Cuando alineamos nuestro pensamiento con el Principio, Dios, la armonía se manifiesta en nuestra experiencia humana. Eso es lo que Jesús demostró una y otra vez.
Por tanto, el mandamiento “Sed vosotros perfectos” no es una carga moral, sino una invitación de la Ciencia divina que nos dice: Deja de aceptar una segunda creación imperfecta. Acepta solo lo que Dios ya ha creado. “Y Dios vio todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
He observado cómo esta práctica diaria de reconocer la realidad espiritual sana relaciones, disuelve condiciones crónicas y trae claridad donde parecía reinar la confusión. Pude probar todo esto en la siguiente experiencia. Buscaba trabajo y, en lugar de verme en medio de una situación difícil por no poder encontrarlo debido a mi edad y diferentes circunstancias adversas, oré sinceramente para verme como la imagen y semejanza de Dios —para ver que reflejaba las cualidades requeridas para el puesto que buscaba, que Dios tenía un plan para mí y que cualquier necesidad que experimentara en ese momento sería satisfecha por Él—. No tuve que esperar mucho para la respuesta extraordinaria a esta oración cristianamente científica. Al día siguiente, alguien que había visto mi solicitud de empleo publicada en línea vino a mi casa y me dejó una tarjeta informativa sobre el puesto que yo buscaba. Entonces Le di gracias a Dios una vez más, por Su presencia eterna, amor y cuidado, y pronto me contrataron.
Practicar la Ciencia Cristiana es tan liberador como demostrable; ahora, así como en tiempos de Jesús. Podemos ser testigos de uno de sus poderosos dichos en la Biblia: “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12).
Así que te animo a que te preguntes ¿de qué formas concretas puedo comprometerme a estudiar y practicar esta ciencia divina?
