En la Lección Bíblica de esta semana del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana sobre el tema “Doctrina de la Expiación”, leemos esto de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy: “Jesús de Nazaret enseñó y demostró la unidad del hombre con el Padre y por esto le debemos homenaje eterno” (pág. 18). Esta declaración resume la razón esencial por la que el Padre envió a Cristo Jesús: para revelar su unidad con Dios, lo que ilustra la verdad de la unidad de cada uno con el Padre como el hombre espiritual de la creación de Dios.
Esta unidad nos da un sentido sagrado de pertenecer a Dios, el Amor divino, que nos envuelve a cada uno de nosotros. Esta relación espiritual jamás puede ser frustrada ni anulada, ya que se origina en y es sostenida por el Padre. Cuanto más aprendemos de nuestra verdadera unidad espiritual con Dios, más vemos desaparecer problemas como la soledad, el vacío, la ansiedad y la pérdida.
En la lección leemos: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial” (2 Corintios 5:1, 2).
En Ciencia y Salud, la Sra. Eddy da el sentido espiritual de “casa” en el Salmo veintitrés como “consciencia” (véase pág. 578). Al habitar en la casa, o consciencia, del Amor, podemos superar incluso problemas que vienen desde hace mucho tiempo y nos atormentan y donde las respuestas parecen eludirnos. Descubrimos que nuestro pasado —que tal vez parezca obstaculizar nuestro impulso espiritual hacia adelante— puede ser reescrito.
Una vez lamentaba llorando un episodio triste de mi vida, cuando comencé a orar humilde y sinceramente con este sentido espiritual del salmo veintitrés. Tuve una repentina vislumbre espiritual cuando llegué a esto: “Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa [la consciencia] del [Amor] moraré por largos días” (Ciencia y Salud, pág. 578). Percibí la unidad del hombre con el Amor divino y comprendí de inmediato que eso era lo verdadero de mi identidad espiritual: habito para siempre en la consciencia del Amor, y la consciencia del Amor habita siempre en mí, y esa es mi unión y unidad eterna con mi Padre-Madre Dios. Me di cuenta de que no solo habitaba en el Amor, sino que el Amor se reflejaba para siempre en mi consciencia como creación de Dios, y eso era cierto para todos los hijos de Dios.
Esto me sanó instantáneamente de la insistente sugestión de un pasado turbulento, que lamentaba profundamente, porque vi que “el bien y la misericordia” eran el único pasado que realmente poseía, independientemente de lo que un montón de malos recuerdos me dijeran. La triste historia de desesperación y sufrimiento no era de Dios, así que no me pertenecía. Mi unidad con Dios impedía que alguna vez esta me dominara a mí o a mi vida, ¡y fui libre!
A medida que comprendemos la realidad de nuestra unidad eterna con Dios, percibimos más claramente lo que Cristo Jesús nos demostró a nosotros. Él sabía que nunca estaba separado de la Vida ni que estaba librado a resolver las cosas por sí mismo. Su consciencia de su unidad con Dios le dio poder para realizar las grandes obras que hizo, y nos mostró que nosotros tenemos la misma capacidad de prosperar y crecer al seguir su ejemplo.
La unidad espiritual con Dios que Cristo Jesús tan bellamente demostró en su vida, también es nuestra para que la demostremos. Hoy está aquí para consolarnos, guiarnos y protegernos en todos nuestros esfuerzos. Y nuestro futuro también está seguro y protegido, porque no solo nos siguen el bien y la misericordia, ¡sino que también son lo único que nos espera!
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