En 2019, cuando mi hija tenía unos dos años, mis padres y yo estábamos jugando con ella en un parque al aire libre. Una de las actividades para los niños consistía en agarrarse a una pequeña barra superior en forma de triángulo, que se desliza por una vía y les permite balancearse de una plataforma a otra. Yo me quedé en un lado, y mi papá en el otro. Cada uno tomaba turnos para empujarla mientras la sujetábamos. Le encantaba y quería volver a repetirlo.
Cuando me llegó el turno de empujarla, en lugar de sostenerla todo el tiempo, la solté un par de pasos antes de que llegara a mi padre. La primera vez ella se había aferrado con fuerza a la barra, así que yo estaba segura de que esta vez también lo haría. En cambio, se soltó antes de que mi padre la tomara y cayó desde varios metros al suelo.
Empezó a llorar y la levanté enseguida. Mientras la sostenía y consolaba, declaré que en el reino de Dios los accidentes son imposibles. El libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy afirma: “Los accidentes son desconocidos para Dios, o la Mente inmortal, y tenemos que abandonar la base mortal de la creencia y unirnos con la Mente única, a fin de cambiar la noción de la casualidad por el sentido correcto de la infalible dirección de Dios y así sacar a luz la armonía” (pág. 424).
También oré para poder enfrentar mis sentimientos de culpa por el error de esperar que mi hija se aferrara a la barra a tan corta edad. Para consolar a mi hija y calmarme, me volví a Dios, el Amor divino, que es nuestro verdadero Padre. Sabía que el Amor es tanto mi Padre como el de mi hija. Este Padre no comete errores ni abandona ni descuida a Su creación jamás. Estas fueron las ideas que me vinieron mientras estábamos sentadas juntas en el parque.
Mi hija se calmó. Era hora de irnos, así que la llevé en brazos hasta el coche y fuimos a recoger a mi marido para cenar juntos. Sin embargo, en el restaurante, sus pasos eran inestables y se cayó cuando sus piernas se doblaron debajo de ella. Aunque era pequeña, nunca antes había caminado de forma inestable.
Le conté a mi marido lo que había pasado en el parque. Él no es Científico Cristiano, y cuando llegamos a casa, empezó a pedirle a nuestra hija que caminara a través de la habitación para poder evaluar el problema. Seguía cayéndose con frecuencia, así que, después de unos minutos, mi marido dijo que teníamos que llevarla a la sala de urgencias.
Ya era casi la hora de que nuestra hija se fuera a dormir, y yo seguía orando. Habiendo experimentado y presenciado muchas curaciones mediante el tratamiento de la Ciencia Cristiana, tenía confianza en que esta vez también satisfaría la necesidad de nuestra hija. Le pregunté a mi marido si podíamos esperar hasta la mañana. Me preguntó qué iba a hacer mientras tanto, y yo declaré: “¡Voy a orar!” Sabiendo que nuestra hija no estaría activa hasta la mañana, aceptó esperar.
Después de acostar a nuestra hija, llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana para que apoyara mis oraciones con un tratamiento de la Ciencia Cristiana. Después de hablar, me sentí segura de que este trabajo de oración sería eficaz.
Desde que salimos del parque, había estado afirmando en silencio la perfección de nuestra niña como hija de Dios. También seguía pensando en otra declaración de Ciencia y Salud: “Las ideas infinitas de la Mente corren y se deleitan” (pág. 514).
Para mí, esto significaba que las ideas divinas, que todos somos como creación espiritual de Dios, están hechas para moverse con total libertad. Sabía que nuestra hija tenía el derecho de correr y jugar con fuerza y estabilidad y que no estaba sujeta al azar al hacerlo. Valoré mucho esta comprensión de su libertad hasta que me pareció más real que la imagen física de las piernas lesionadas.
Cuando nuestra hija se despertó a la mañana siguiente, estaba completamente bien. No había indicios de lesión, y caminaba y corría con total libertad.
No obstante, poco después, empecé a preocuparme de que mis oraciones no fueran suficientes y que la libertad que había visto en mi hija esa mañana no fuera permanente. Llamé a la practicista y compartí con ella mis preocupaciones. Me recordó que “uno del lado de Dios es mayoría” y me aseguró que podíamos regocijarnos de esta curación.
Después de cortar, empecé a pensar en todas las maravillosas curaciones que Cristo Jesús y, siglos después, Mary Baker Eddy lograron a pesar de las opiniones contrarias al respecto. Sus ejemplos animaron mi pensamiento y sentí la certeza de las palabras de la practicista. Entendí que nada puede contrarrestar la obra de Dios. Mi temor desapareció y la curación fue permanente.
Estoy muy agradecida por la Ciencia Cristiana y por este tipo de oportunidades que nos permiten afirmar la practicidad de confiar en la Verdad espiritual para nuestra salud y bienestar.
Kendall Tuchkova
Dayton, Ohio, EE. UU.
