Cuando mi hijo era pequeño, él y yo solíamos jugar a un juego en los viajes en auto para encontrar la matrícula más reciente en la carretera. Habíamos descubierto la secuencia de los números de matrícula, así que no era difícil determinar la edad relativa de cada una. Cuando compré un auto unos años después, mi hijo y yo nos maravillamos de que mi nuevo número de matrícula era uno de los más recientes, pero no por mucho tiempo. En tan solo unas semanas empezamos a notar vehículos con matrículas aún más nuevas. Con el tiempo, no solo mi matrícula siguió envejeciendo, sino también mi coche, requiriendo cada vez más reparaciones.
Puede ser tentador ver nuestras vidas de manera similar. Cuando somos jóvenes, el mundo parece nuevo y vibrante, y nuestra experiencia está marcada por una constante aventura y crecimiento. Pero a medida que avanzamos en años, tal vez seamos tentados a sentirnos estancados, cansados o más aferrados a nuestras costumbres en comparación con nuestro yo más joven. Esto puede llevarnos a concluir que somos, al menos en parte, físicos, mortales, limitados, y que con el tiempo simplemente nos desgastamos, como un auto.
Esa perspectiva presupone que estamos fundamentados y actuamos completamente dentro de un universo material, donde solo las cosas que podemos ver, oír, tocar, etc., son reales, y donde todo acaba desvaneciéndose, desapareciendo o desgastándose —incluso las cosas que consideramos atemporales, como las montañas o las estrellas—. En un universo así, los seres humanos podrían esperar, en realidad, existir solo por un periodo limitado de tiempo, siendo la muerte nuestra conclusión inevitable.
No obstante, hay otra forma de ver la vida, una perspectiva espiritual, donde la consciencia determina la experiencia: la consciencia divina. Este universo espiritual no está lleno de cosas, sino de las ideas ilimitadas de Dios. Percibimos y apreciamos estas ideas a través de nuestro sentido espiritual, no de nuestros sentidos físicos. Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, escribe: “El sentido espiritual, contradiciendo los sentidos materiales, entraña intuición, esperanza, fe, comprensión, realización, realidad” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 298). Debido a que Dios crea este universo, todo en él es perfecto, inmutable, armonioso, eterno. Nada envejece, disminuye o se desgasta jamás —incluidos nosotros—.
Estos dos puntos de vista de la existencia, la percepción material y la espiritual, son diametralmente opuestos e irreconciliables; así que solo uno puede ser verdadero. El libro de texto de la Ciencia Cristiana nos ayuda a determinar cuál de ellos es: “La metafísica resuelve las cosas en pensamientos y cambia los objetos de los sentidos por las ideas del Alma.
“Estas ideas son perfectamente reales y tangibles para la consciencia espiritual y tienen esta ventaja sobre los objetos y pensamientos del sentido material —son buenas y eternas—” (Ciencia y Salud, pág. 269).
En otro lugar, Ciencia y Salud dice: “Cuán cierto es que todo lo que se aprende por medio del sentido material ha de perderse, porque el así llamado conocimiento es invertido por los hechos espirituales del ser en la Ciencia. Aquello que el sentido material llama intangible, se encuentra que es sustancia. Lo que para el sentido material parece ser sustancia, viene a ser nada, a medida que el sueño-sentido se desvanece y aparece la realidad” (pág. 312).
Esto sugeriría que todo fenómeno o experiencia verdadera es y debe ser espiritual. Esto se aplica a nosotros. Como hijos de Dios, no somos seres mortales ni físicos, nacidos en una existencia terrenal en la que vivimos por un tiempo breve solo para luego sucumbir a la enfermedad, los accidentes o la decrepitud. Somos las ideas inmortales de Dios, que han existido y existirán para siempre en Su Mente infinita.
Así que, cuando la vida empieza a sentirse material o limitada, estancada o rutinaria, ¿qué podemos hacer para recuperar esta conciencia de nuestro verdadero estado espiritual?
Un salmo favorito incluye la frase: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmos 51:10). Merriam-webster.com define renovar como “dejar como nuevo: restaurar la frescura, vigor o perfección”. Esto implica que nuestro “espíritu recto” o esencia divina siempre ha estado dentro de nosotros, y solo necesita ser recordado o revivido en nuestro pensamiento. No tenemos que crear de alguna manera una identidad divina para nosotros mismos, ni transformarnos de un ser material a uno espiritual. Solo necesitamos abrir nuestro pensamiento, con nuestro sentido espiritual, a lo que siempre ha sido verdadero: que somos y siempre hemos sido completamente espirituales e inmortales. Y con esta restauración mental viene la revitalización de nuestra experiencia: nuestras esperanzas, nuestras relaciones, nuestro cuerpo, nuestras capacidades y nuestra provisión.
El pensamiento mundano generalmente resiste esta perspectiva espiritual y trataría de desalentarnos de reconocer nuestra verdadera individualidad espiritual, al insistir, en cambio, en que somos mortales y físicos. Esta es la naturaleza de lo que la Ciencia Cristiana denomina error o magnetismo animal: negaciones o sugestiones falsas sobre nuestro ser real. Para contrarrestar estas mentiras, debemos recordarnos con regularidad las verdades de la Verdad divina, Dios. Lo hacemos espiritualizando nuestro pensamiento —apartándonos conscientemente de las imágenes materiales persistentes pero falsas que se nos presentan a diario, y sumergiendo nuestra atención en la plenitud y frescura del Cristo, la idea de Dios—. Como aconseja el apóstol Pablo, “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).
Aunque no hay fórmulas fijas ni sustitutos para recibir la fresca inspiración de Dios, hay tres pasos generales que a menudo encuentro útiles para reiniciar mi pensamiento. Primero, renuevo mi conciencia de Dios y mi adoración a Él; quien no es solo grande o poderoso; es supremo. No hay nada —en ningún lugar, jamás, pase lo que pase— salvo Dios y Su creación. Así que, cuando noto que las preocupaciones o problemas mundanos ensombrecen mi pensamiento, vuelvo deliberadamente mi atención a Dios, el Espíritu divino, reafirmando Su totalidad y perfección.
Segundo, reconozco mi filiación con Dios y me regocijo en ella. Él no solo es la única presencia y poder en el universo, sino que también es nuestro Padre-Madre, el Padre divino de quien fluye todo ser, armonía y bondad. Dios no solamente da vida; Él es nuestra Vida. La Biblia lo expresa así: “Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28). Todo lo que tenemos, todo lo que somos, proviene de Dios y está en Dios, y este hecho nos asegura que somos tan espirituales, eternos y perfectos como Él.
Por último, me entrego a Dios. Una vez que he reafirmado la omnipotencia de Dios y mi vínculo indisoluble con Él, ceder a Su voluntad normalmente no es difícil, aunque debe hacerse con humildad, sinceridad y por completo. Esta sumisión mental da lugar a sentimientos e inspiraciones pacíficos, tiernos y seguros —el amor y la gracia de Dios, sentidos en lo más profundo de nuestro corazón, restaurando nuestro sentido de unidad, plenitud y armonía—.
Mi esposa y yo nos casamos siendo adultos mayores y, por lo tanto, nunca pensamos mucho en tener hijos. Pero a medida que seguíamos progresando espiritualmente, percibíamos un estancamiento y egoísmo en vidas centradas únicamente en nosotros. Por lo que compramos un perro, nos apuntamos a más comités de la iglesia y fuimos voluntarios en la comunidad. Aun así, algo parecía faltar.
Al orar acerca de esto, se nos ocurrió la idea concreta de tener nuestros propios hijos, pero la descartamos de plano porque asumimos que éramos demasiado mayores. Luego recordamos la historia bíblica de Abraham y Sara, que “eran viejos, de edad avanzada” cuando Dios anunció que Sara daría a Abraham un hijo, diciendo: “¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Génesis 18:11, 14).
Esto amplió nuestro pensamiento más allá de nuestras limitaciones materiales, y a los dos meses mi esposa quedó embarazada. Con el nacimiento de nuestro hijo llegó una increíble sensación de renovación, plenitud y alegría —que probablemente nunca habríamos conocido si no hubiéramos sido receptivos al infinito potencial de Dios y abiertos a encontrar este camino correcto para nosotros—.
Junto al título marginal “Individualidad renovada” en Ciencia y Salud, Eddy escribe: “Sintamos la energía divina del Espíritu, que nos lleva a renovación de vida y no reconoce ningún poder mortal ni material capaz de destruir cosa alguna. Regocijémonos de que estamos sometidos a las divinas “autoridades... que hay”. Tal es la Ciencia verdadera del ser. Cualquier otra teoría de la Vida, o Dios, es engañosa y mitológica” (pág. 249).
Como dice el profeta Isaías, “Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías 40:31). Cada momento trae oportunidades para revitalizar y espiritualizar nuestro pensamiento, descubriendo nuevas formas de permitir que Dios nos inspire, fortalezca y guíe hacia adelante.
