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Conozcamos mejor a nuestro Maestro

Del número de agosto de 1994 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


La Lectura De los cuatro Evangelios proporciona una comprensión cada vez mayor de la vida de nuestro Maestro, de los desafíos que tuvo que enfrentar y también de las victorias que logró, ayudándonos a vivir con mayor plenitud nuestra vida. Profundiza nuestro deseo natural de seguir los pasos de Cristo Jesús, el camino que conduce a la curación y a la regeneración de la humanidad.

En una ocasión en que estaba estudiando los relatos y declaraciones del evangelio que nos resultan tan familiares, me formulé algunas preguntas para obtener nuevas ideas. Por ejemplo, el Evangelio según Lucas relata la manera en que Jesús oró junto al mar y luego instruyó a los pescadores que debían internarse en aguas más profundas para echar sus redes. Así lo hicieron y recogieron tantos peces que se rompió la red. Véase Lucas 5:1–11. Mi primera pregunta estaba relacionada con una palabra en especial que figura en el primer versículo de este relato: “Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios”.

Me pregunté cuál podía ser el significado de la palabra agolpaba. Me hizo pensar en presión, en resistencia a abandonar algo, incluso en imposición. La gente quería escuchar a Jesús. Se me ocurrió que tal vez lo habían puesto entre la espada y la pared, o en este caso, el lago. El ya había estado predicando. Y ahora le pedían más.

Probablemente todos nos hemos encontrado en situaciones donde se nos ha exigido más. De acuerdo con mi propia experiencia, el resultado depende generalmente de mi actitud. Si estoy resentido, o deseando tener tiempo libre, o tomar unas vacaciones, o si tengo el deseo de estar en otro lugar, la tarea que se me asigna puede volverse interminable, hacerme sentir insatisfecha o tener un final poco feliz.

En cambio, cuando Jesús era presionado, respondía de inmediato. Entró en una barca que pertenecía a Simón (luego llamado Pedro) y le pidió que la apartara un poco de la orilla. Entonces se sentó dentro de la barca y desde allí les enseñaba, sin quejas, sin mostrar fastidio, sin regateos ni diciéndoles: “Bueno, les enseñaré un poco más, pero luego se irán, ¿verdad?” Simplemente se sentó y les enseñó, cumpliendo con su misión.

Al leer esto, sentí que Jesús estaba dando un ejemplo de lo que significa tener buena disposición para dar, para ir más allá de lo que estipula estrictamente el deber, para compartir tanto como fuese necesario. El obtenía esa disposición de una fuente infinita de inspiración que provenía de Dios, porque comprendía totalmente su verdadera naturaleza espiritual, y que su relación con Dios, la única Mente Divina, era inseparable. Su disposición no procedía de maneras de pensar o experiencias humanas y limitadas.

Estas conclusiones fueron para mí una lección maravillosa. Cuando me he visto ante una lista de tareas, donde eran más las que se iban agregando que las que se iban cumpliendo, he recordado este episodio. Al acudir a Dios, la Mente, la fuente de mi energía, gozo, inteligencia y tranquilidad, he comprobado que podía completar todas las tareas en forma ordenada y puntual.

En el libro de Lucas, leemos que Jesús, después de enseñar, les dijo a los pescadores que llevaran las barcas mar adentro y echaran sus redes. La Biblia, sin excederse en una sola palabra, aclara que habían estado pescando toda la noche sin ningún resultado. De pronto, aparece este hombre, que ni siquiera era pescador, y les da instrucciones acerca de como debían pescar. Y al echar la red, siguiendo sus indicaciones, recogieron tantos peces que la red se rompió.

Al llegar a ese punto, me detuve preguntándome qué había sucedido en realidad. Me vino el pensamiento de que esa misma fuente de la que nuestro Maestro extraía sus enseñanzas, o sea, la única inteligencia divina que provee las verdades acerca de Dios y el hombre, no puede estar limitada a meras palabras, sino que posibilita también los hechos que permiten a la humanidad comprender la omnipotencia de Dios. Es necesario que la provisión infinita de la Mente divina se manifieste a través de múltiples maneras: puede ser predicando, sanando o pescando.

Después de este suceso tan extraordinario, Simón le dijo a Jesús: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”. ¿Por qué dijo eso? Hubiera sido más natural pedirle a Jesús que se quedara, tomando en cuenta la abundancia de la pesca.

Al leer lo dicho por Simón, recordé varias ocasiones en que tuve el privilegio de estar en presencia de alguien considerado muy especial. Aunque esas experiencias fueron valiosas, comprobé que ampliaron mi percepción acerca de mis propios errores. Tal vez fue eso lo que impulsó a Simón a decir lo que dijo. A veces uno puede sentirse muy incómodo al estar junto a alguien que expresa tantas cosas buenas.

Pero Jesús no se marchó. No reprendió a Simón ni le contestó con ligereza: “¡Vamos, Simón, eres más capaz de lo que piensas!” Jesús lo tranquilizó y le prometió una misión plena de satisfacciones, no simplemente para él sino para la humanidad. Le dijo: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.

Con paciencia y afecto, Jesús relacionó la futura labor de Simón con lo que él habitualmente hacía. No les dijo a los pescadores: “Los voy a convertir en predicadores y sanadores”. Eso los podría haber abrumado. En vez de eso, les dijo: “Serás pescador de hombres”. Y el resultado fue que “cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron”. Tuvo respuesta no sólo de Simón Pedro, sino también de sus socios, Santiago y Juan.

¿Qué dijeron o qué hicieron esos pescadores-discípulos? No dijeron: “Esto me trajo mucha inspiración”, para luego volver a sus redes de pescar. Tampoco dijeron que tal vez algún día podrían entender sus palabras y, mientras tanto, iban a concurrir más a menudo a la sinagoga o iban a orar con más sinceridad. Ellos dejaron en el acto su ocupación anterior — podríamos decir, su antigua manera de pensar — y siguieron al Cristo, la Verdad. Su respuesta no expresó dilación ni complacencia para consigo mismos, sino ¡acción!

Este ejercicio de preguntar y reflexionar para hallar la respuesta, me ayudó a obtener una perspectiva más profunda de la humildad y santidad de Jesús, de su intuición y su ternura y de su visión y amor. Percibí mejor las cualidades de su corazón y de su pensamiento que atraían a la gente.

En Hechos, leemos: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”. Hechos 16:31. Refiriéndose a esta declaración, la Sra. Eddy escribe: “Significa más que meramente abrigar una opinión acerca de Jesús como hombre, como Hijo de Dios, o como Dios; semejante acción mental no sería de mayor ayuda para salvar del pecado, de lo que sería una creencia en cualquier suceso o personaje histórico. Pero sí significa comprender de tal manera la hermosura de la santidad, el carácter y divinidad que Jesús manifestó en su poder sanador y salvador, que nos obligue a imitar a ambos; en otras palabras, a que ‘haya en vosotros esta Mente que hubo también en Cristo Jesús’ (Filip. 2:5)”.Escritos Misceláneos, pág. 197.

Cuando nos esforzamos continuamente por aprender más sobre nuestro Maestro y demostramos lo que vamos comprendiendo de su ejemplo acerca de la naturaleza espiritual del hombre y su relación con Dios, estamos alcanzando nuestra salvación.

La Sra. Eddy, con palabras que no dejan lugar a dudas, nos dice: “Mis alumnos deben escudriñar las Escrituras y ‘Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras’, a fin de comprender la labor del Jesús personal en la carne para la salvación de ellos; tienen que hacerlo si han de comprender mis obras, los móviles, los propósitos y la tendencia de éstos”.Ibid., pág. 214.

¿Recuerdan la misión que Jesús le ofreció a Simón? Más importante aún ¿la respuesta de Simón, Santiago y Juan? Ellos dejaron todo y le siguieron. Esa es la condición principal para ser discípulo. Ser discípulo no depende de los conocimientos de uno ni de los años de estudio ni de dogmas. Depende del impulso del corazón. Cuando se obedece este impulso, todo lo demás también se manifiesta. Entonces seremos “pescadores de hombres” para sanarlos, para regenerarlos. No nos quedaremos en los bajíos, sino continuaremos bogando hasta llegar al mar profundo — a las profundidades de la comprensión — obedeciendo la guía del Cristo, la Verdad.

¡Nunca podremos valorar lo suficiente la importancia de conocer mejor a nuestro Salvador!

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