Cuando mi hija tenía tres años de edad, yo la llevaba todas las mañanas en auto al jardín maternal, de camino al trabajo. Una mañana, durante el trayecto íbamos cantando una canción que me gusta mucho. La letra dice en parte: "Gentil presencia, gozo, paz, poder, divina Vida, Tuyo todo es. Amor, que al ave Su cuidado da, conserva de mi niño el progresar". Y luego afirma: "Bajo Sus alas de poder estoy y en lo secreto de Su senda voy".Himnario de la Christian Science, No 207.
Nos detuvimos frente a un semáforo en una zona donde había una comunidad de precarios recursos, conocida como villa de emergencia. De pronto se acercó un muchacho a mi ventanilla, sacó un arma, y me dijo: "Dame tu cartera o mato a tu hija". Sin pensarlo dos veces tomé tranquilamente mi cartera, abrí la ventanilla y se la di. Él salió corriendo y se metió en la villa.
En ese momento, mi hija y yo permanecimos tranquilas. Estacioné mi auto y me puse a orar. Pensé que realmente no era correcto ni justo que yo no tuviera mis documentos. En la cartera no llevaba mucho dinero, pero tenía el registro de conducir y mi documento de identidad que sólo tienen utilidad para mí. En mi oración pensé que todo lo que me pertenecía permanecía seguro en Dios. Luego me bajé del auto y miré en la dirección en que había corrido esa persona para ver si se había deshecho de la cartera, pero no vi nada.
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