Hace diez años, cuando me mudé de Curitiba a Antonina, en el litoral del Paraná, estaba pasando por momentos extremadamente difíciles. Como no tenía dónde vivir, unos amigos me recibieron en su casa. A pesar de ser personas muy gentiles, no me sentía cómoda con esa situación, pues me daba cuenta de que molestaba.
Las condiciones precarias de la ciudad, principalmente el modo de vida de los pescadores, también me inquietaban mucho. Había problemas sociales y mucha ociosidad durante la temporada baja de pesca. Además, la administración de esa actividad era tan mala que la descomposición de los desechos de pescado producía mucho olor, atraía insectos y aves de rapiña, y contaminaba el suelo y el aire. Era necesario orar, para que surgieran ideas nuevas y enaltecedoras.
Entonces comencé a orar para comprender el verdadero significado de vivienda. La Bíblia me alertó al hecho de que Dios siempre tiene reservado un lugar para cada uno de Sus hijos, por eso yo podía encontrar el que Él tenía para mí. Poco después, encontré una casa y formé un nuevo hogar.
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