Imagino que en diciembre nuestro amado planeta, desde el espacio, debe verse ¡mucho más brillante que de costumbre! Siento que ese brillo no se debe simplemente a la infinita cantidad de luces con que muchos de nosotros en el mundo adornamos nuestras calles, negocios y casas. Se debe también al resplandor que irradiamos nosotros mismos.
Iniciar sesión para ver esta página
Para tener acceso total a los Heraldos, active una cuenta usando su suscripción impresa del Heraldo ¡o suscríbase hoy a JSH-Online!
