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Aprendí sobre la identidad que Dios me dio, y me liberé de los ataques de pánico

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 5 de agosto de 2019


Resulta que tengo casi exactamente el mismo nombre que una política muy conocida. Por esta razón, he tenido algunas experiencias muy inusuales. Por ejemplo, me han dado recuerdos políticos con el nombre de esta persona y he recibido correos electrónicos dirigidos a ella. Incluso recibí una llamada telefónica de alguien que trataba de cambiar mi opinión sobre un proyecto de ley. ¡Todo porque mi nombre es igual al de alguien famoso!

Esto me ha llevado a considerar una forma más sustancial en la que también podemos ser identificados erróneamente. Estamos tan acostumbrados a vernos a nosotros mismos puramente en términos de las características personales, nuestros altibajos, incluso nuestros rasgos visibles, que tal vez no nos demos cuenta de que hay otra forma de identificarnos a nosotros mismos; una forma espiritual, la cual realmente nos brinda un sentido más claro de nuestra identidad.

La Biblia revela de muchas formas esta identidad espiritual más profunda, pero me he sentido particularmente inspirada por un pasaje en las Escrituras que cuenta que, cuando Jesús fue bautizado, hubo “una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Dios sabía precisamente quien era Jesús verdaderamente. Jesús Lo complacía.

Si bien la identidad espiritual de Jesús como el Hijo de Dios era única, hay una lección aquí para todos nosotros. Si Dios es nuestro creador, como nos informa la Biblia, cada uno de nosotros también debe ser uno de Sus hijos amados, Sus herederos únicos. Y puesto que Dios es Espíritu somos de hecho la encarnación misma de atributos espirituales, tales como integridad y belleza. Me gusta pensar que la verdadera naturaleza de todos es análoga a un hermoso ramo de flores o una sinfonía armoniosa: Quizás cada uno incluyamos las mismas flores o notas musicales, pero estamos todos arreglados y compuestos de manera diferente.

Es decir, por ser la expresión de la naturaleza del Espíritu divino, cada uno de nosotros es espiritual, incomparable y completo, y a su vez individual.

Comprender que Dios nos conoce de esta manera es muy valioso. Nos lleva más allá de los puntos de vista errados y limitados de nosotros mismos y de los demás como mortales imperfectos, y esto trae curación.

Los ataques de pánico desaparecieron por completo.

Hubo una época en mi vida en que comencé a experimentar serios ataques de pánico. Nunca sabía cuándo ocurrirían. Empecé a identificarme como un mortal nervioso que se conmocionaba fácilmente y era demasiado sensible.

En aquel entonces tomaba Valium, un calmante bastante potente, y en dosis alta. En algún punto me volví adicta. Esto continuó por mucho tiempo.

Entonces conocí la Ciencia Cristiana, la Ciencia del Amor divino. Para mí era maravillosa y tenía mucho sentido. Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, escribe en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “La proporción en que aceptamos las reivindicaciones del bien o las del mal determina la armonía de nuestra existencia, …” (pág. 167). Me di cuenta de que esto no consistía simplemente en tener pensamientos felices, sino en afianzar nuestro pensamiento en el hecho espiritual de la bondad de Dios, Su amor ilimitado por todos nosotros, y nuestra verdadera identidad como Sus hijos.

A medida que comencé ansiosamente a estudiar estas ideas, lentamente, poco a poco, empecé a tener cada vez más confianza en que por ser linaje espiritual de Dios, mi Padre-Madre celestial me estaba cuidando en todo momento y en todo sentido.

Entonces un día me di cuenta de que ya no necesitaba las pastillas de Valium y las eché por el desagüe. ¡Qué alivio más grande! Comprendí que podía apoyarme en Dios para encontrar tranquilidad, aplomo y salud. Los constantes pensamientos inteligentes y amorosos que Dios transmite a todos Sus hijos fueron mi medicina. Y los ataques de pánico desaparecieron por completo.

Más tarde me enteré de que generalmente se aceptaba que la dosis de Valium como la que yo tenía, y la cantidad de tiempo en que había dependido de ella, requería que se dejara de tomar gradualmente. Sin embargo, he comprobado que el camino de Dios fue el camino de la liberación. Mis acciones (deshacerme de las pastillas) no dejaron ningún efecto secundario atroz. Mi necesidad fue respondida de una manera tan meticulosa que yo sabía que tenía que ser el resultado del pastoreo impecable de mi Padre-Madre. Dios me ha mantenido como Él me ha creado: sana y libre. Al igual que el sentido errado de identidad de aquellos que suponen que soy la famosa política, es expulsado cuando le muestro a la gente quién soy realmente, la idea acerca de mí misma como una adicta nerviosa con la que había aprendido a vivir fue expulsada por la perspectiva y realidad definidas por Dios de mi verdadera identidad.

Quizás tengamos el mismo apellido como multitud de otros o una voz o rostro que impulse a los demás a decir, “Me recuerdas tanto a mi tía Ginny, o al hombre que pronostica el tiempo en el Canal 7”. Pero nuestro amoroso Padre-Madre nunca podría confundirnos a nosotros o a nadie que conocemos por otra persona. Él nos conoce a cada uno de nosotros como el testigo y linaje original del Amor divino —un rayo inconfundible y único de la luz de Dios— y esta comprensión satisface y sana.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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