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No más diabetes gestacional y efectos secundarios

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 19 de agosto de 2019


Hace unos cuatro años, cuando estaba embarazada de mi segundo hijo, me diagnosticaron diabetes gestacional. Cuando recibí el diagnóstico por teléfono, desde el consultorio del doctor, estaba segura de que era un error.

El médico pidió un segundo examen más profundo, y oré antes y después del análisis hasta que estuve muy consciente de que yo era la imagen expresa de Dios. En el libro de Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, la autora dice: “Así como una gota de agua es una con el océano, un rayo de luz uno con el sol, así Dios y el hombre, Padre e hijo, son uno en el ser” (pág. 361).

Así como ese rayo era uno con su fuente, yo era una con Dios en naturaleza y en esencia: equilibrada, brillante y libre de mediciones materiales, positivas o negativas. Solo Dios, el Espíritu divino, podía hablarme acerca de mi verdadero ser. Tuve confianza en esa analogía que me comparaba con un rayo de luz, una con mi fuente, una con Dios, mi verdadero Padre-Madre, quien era también el verdadero Padre y Madre del bebé.

Unos días después del segundo examen, recibí otra llamada telefónica confirmando el diagnóstico original. El doctor me pidió que llevara un registro de mi dieta y obtuviera el equipo para hacerme pruebas de sangre con frecuencia. Cuando colgué el teléfono estaba sumamente agitada, pero aún más convencida de que esto tenía que ser simplemente un error.

Y entonces se me ocurrió con un destello de alegría: ¡Era un error! Este inquietante informe no era verdad acerca de mí, sin importar lo que la prueba dijera. Recordé un pasaje de Ciencia y Salud sobre la información equivocada: “Un mensaje disparatado, anunciando equivocadamente la muerte de un amigo, ocasiona el mismo pesar que traería la muerte verdadera del amigo. Piensas que tu angustia es ocasionada por tu pérdida. Otro mensaje, corrigiendo la equivocación, sana tu pesar, y aprendes que tu sufrimiento fue meramente el resultado de tu creencia. Así es con toda aflicción, enfermedad y muerte. Aprenderás a la larga que no hay causa para el pesar, y la sabiduría divina será entonces comprendida. El error, no la Verdad, produce todo el sufrimiento en la tierra” (pág. 386).

Las resonantes verdades en aquel párrafo fortalecieron aún más mi íntima declaración de mi naturaleza e inocencia espirituales. Sentí aún más claramente que la mentira de que yo era material y susceptible a la enfermedad y a la afección desaparecería por autoridad divina.

Estuve de acuerdo en hacer el examen de sangre y mantener un registro de mi dieta diaria, pero no consentí el concepto de que podría encontrarse algo en ellos.

Durante el embarazo, hablé con frecuencia con una practicista de la Ciencia Cristiana, quien oraba por mí. En un momento dado, al sentir como si estuviera en una especie de foso de los leones, pensé en el relato de la Biblia sobre la experiencia de Daniel y pensé en esta historia como en una protección. La practicista me recordó que cuando comprendemos claramente lo que es espiritualmente verdadero, sabemos que en realidad no había ninguna amenaza real en el foso de los leones. No había nada presente excepto la Vida, la Verdad y el Amor divinos. La experiencia de Daniel, como la mía, fue completamente espiritual y estuvo gobernada por Dios, el Espíritu. De manera que él no estuvo sometido a los errados términos, condiciones, engaños y amenazas del yo material.

 Oraba cada día con la creciente certeza de que este diagnóstico de diabetes gestacional no era otra cosa más que una prognosis equivocada. Cada semana, el doctor revisaba mis anotaciones y los resultados de los exámenes y decía muy poco, comentando ocasionalmente que las cosas parecían estar totalmente bien. Pero para mí, se volvió muy importante durante esas consultas no sentirme conmovida, ni por las buenas opiniones ni por el temor a las malas. A medida que me interesaba más en la oración basada en la realidad espiritual que estaba haciendo con la practicista, y en la creciente expectativa del bien, me sentía menos impresionada por el diagnóstico original y cualquier efecto secundario o posterior.

Pocas semanas antes de que naciera la bebé, una enfermera especializada que vino a verme una sola vez revisó las numerosas semanas de registros de exámenes y datos de la dieta. Ella no vio nada de que preocuparse en ese momento ni en el futuro, así que charlamos informalmente.

Cuando nació nuestra hija, las enfermeras tuvieron que examinarle la sangre cada vez que la alimentaba durante nuestra estadía en el hospital. Nunca encontraron nada fuera de lo común en ella, y no volvieron a hacerme un examen a mí.

Después de esta experiencia, profundicé las lecciones aprendidas al continuar comprendiendo que “Dios es el bien natural…” (Ciencia y Salud, pág. 119). Como emanaciones de Dios, la beba y yo podíamos sentir y expresar la bondad de Dios. El bien es, después de todo, nuestro estado natural, y ¡eso sin lugar a dudas!

Michele Sitterly
Melbourne, Florida, EE.UU.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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