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Nuestra verdadera ascendencia

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 8 de agosto de 2019


Durante siglos, en algunas partes del mundo, conocer y reclamar la ascendencia de una persona era una práctica común al establecer sus derechos legales u otros derechos de sucesión sancionados por la ley. Sin embargo, en años recientes, ha habido un notable esfuerzo de mercadotecnia por promover la búsqueda y descubrimiento del linaje de una persona con el propósito de establecer un sentido de identidad y interrelación social. 

Un método popular para identificar las raíces ancestrales es la prueba de ADN. Muchos que tratan de encontrar la respuesta a las proverbiales preguntas “¿Quién soy yo?” o “¿De dónde vine?”, afirman que identificar la conexión de las características genéticas que se encuentran en la historia de la familia de uno traerá una sensación de bienestar y plenitud. Aquellos que se embarcan en esta búsqueda citan un deseo de descubrir similitudes en la cultura y los valores, establecer una relación familiar a partir de la cual construir intereses comunes, obtener información acerca de las inclinaciones emocionales, predecir la salud y longevidad de una persona, o establecer un sentimiento de seguridad o de pertenencia.

No obstante, aceptar que nuestra identidad está gobernada por características controladas genéticamente, y creer que la materia puede contener conexiones hereditarias o programarse a sí misma para reproducirlas y mantenerlas, solo nos sumerge aún más en la creencia de que la identidad tiene su punto de partida separado de Dios. Y aceptar la conclusión de que la identidad es transmitida desde una personalidad mortal por medio de las leyes de la materia, nos vuelve indefensos y vulnerables a toda la variedad de creencias asociadas con las llamadas leyes de la herencia. Creer que la materia o la personalidad mortal es el origen y factor del desarrollo del bien en nuestra identidad requiere el corolario: de que también puede ser una fuente del mal, al manifestarse como enfermedad hereditaria, dolencias o cualquier otro defecto o trastorno físico o emocional.

El grado en que, sin saberlo y a menudo voluntariamente, consentimos las creencias en la herencia es, con frecuencia, muy sutil. Tal vez comience al comparar las características físicas, comportamientos o actitudes de alguien con los de su progenitor u otro miembro de la familia. Posteriormente, puede presentarse como la admisión propia de alguien que dice: “No puedo evitarlo; soy así”, cuando trata de superar los patrones de comportamiento o actitudes denigrantes que no ceden y que se cree tienen su origen en la historia de su familia. Consentir la creencia en la herencia también podría presentarse como ceder a la tentación de rendirse ante los desafíos relacionados con la salud simplemente debido al precedente generacional.

¿Hay alguna forma viable de sanar para aquellos que buscan liberarse permanentemente de la esclavitud de las consecuencias físicas, mentales, de comportamiento o emocionales atribuidas a las teorías genéticas? ¿O estamos destinados a soportar irremediablemente estas consecuencias sin ninguna expectativa de que se corrijan o resuelvan? ¿A dónde podemos recurrir para encontrar respuestas acerca del verdadero parentesco que revelen la fuente divina de la existencia y un derecho de nacimiento que sea espiritualmente satisfactorio, perdurable y traiga curación?  

Por medio del estudio de la Ciencia Cristiana, podemos comenzar a encontrar respuestas sanadoras a estas difíciles preguntas. Al recurrir a la Biblia, encontramos en el primer capítulo del Génesis que “creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (versículo 27). Y puesto que Dios es Espíritu (véase Juan 4:24), la verdadera individualidad del hombre debe ser espiritual, semejante a Dios y enteramente separada de los conceptos defectuosos y erróneos que argumentan que el hombre se origina en la materia y deriva de ella.

El hombre jamás está bajo una inevitable “maldición de familia” o castigo, sino que está eternamente bajo la bendición de pureza, integridad y perfección de Dios.

La Biblia también declara: “Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará” (Isaías 43:21). Como causa y efecto, como creador y creación, Dios y el hombre están indisolublemente unidos en un impecable vínculo de reflejo perfecto: Dios refleja Sus propios pensamientos y el hombre es ese reflejo. Y ninguna teoría de origen físico puede invadir o derrocar la incontestable ley de Dios del parentesco espiritual. En el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy escribe: “En la Ciencia el hombre es linaje del Espíritu. Lo bello, lo bueno y lo puro constituyen su ascendencia. Su origen no está, como el de los mortales, en el instinto bruto, ni pasa él por condiciones materiales antes de alcanzar la inteligencia. El Espíritu es su fuente primitiva y última del ser; Dios es su Padre, y la Vida es la ley de su ser” (pág. 63). 

Al aprender que nuestra identidad es de origen espiritual, podemos probar, gradualmente, que no existe poder o influencia que pueda rebatir nuestro desarrollo ordenado por Dios. No hay ninguna fuente de la cual pueda emanar alguna pretensión persuasiva de una causa falsa que se presente como un trauma prenatal, desarrollo atrofiado, enfermedad crónica o cualquier otra discordancia o deformidad que nos impediría expresar con plenitud nuestra individualidad perfecta. El hombre jamás está bajo una “maldición familiar” o castigo, sino que está por siempre bajo la bendición de la pureza, plenitud y perfección de Dios. Al refutar la afirmación de la herencia humana, el profeta Ezequiel declara: “¿Qué queréis decir al usar este proverbio acerca de la tierra de Israel, que dice: ‘Los padres comen las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen dentera’? Vivo yo declara el Señor Dios que no volveréis a usar más este proverbio en Israel” (Ezequiel 18:2, 3, LBLA).

El ejemplo más notable de filiación divina es el de Cristo Jesús. Él continuamente se refería a Dios como su “Padre” y lo reconocía solo a Él como el origen y la fuente continua de su individualidad; y esto fue fundamental para la misión sanadora sin precedente de Jesús. De allí su inspirado mensaje para nosotros: “No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mateo 23:9). En Ciencia y Salud, la Sra. Eddy elucida la declaración de Jesús: “Jesús no reconoció ningún vínculo con la carne… Reconocía al Espíritu, Dios, como el único creador, y por tanto, el Padre de todos” (pág. 31). Jesús constantemente ratificaba su propia herencia como el Hijo de Dios. Y probó —al sanar a la gente de trastornos mentales y físicos de todo tipo— que nosotros también tenemos una unidad científica con Dios porque somos Sus hijos e hijas. 

Una de esas curaciones sirve como una útil reprimenda a la pretensión de que el mal pueda ser heredado. Jesús y sus discípulos se encontraron con un hombre “ciego de nacimiento” (véase Juan 9:1-7). Tratando de establecer una causa material para la ceguera del hombre, sus discípulos le preguntaron: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?”. Jesús de inmediato respondió: “No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”. Negándose a ceder el poder o la consecuencia a la creencia en el pecado heredado, o a una justificación para la recurrencia generacional de los trastornos físicos, Jesús enseguida sanó al hombre de su ceguera, probando el hecho de la influencia creadora y gobernante de Dios y Su autoridad suprema sobre el hombre.

Quizás una de las fases más elusivas y a menudo insidiosas del legado genético es la creencia en una influencia mental extrema de la personalidad mortal, y su pretensión de manipular o dominar la individualidad de otra persona. Esta creencia afirma que el pecado, la enfermedad, los rasgos de carácter y la deformidad moral pueden ser transmitidos de una generación a otra, y que la identidad de alguien puede ser involuntariamente planeada y controlada por medio de la manipulación mental. No obstante, en la Ciencia Cristiana podemos científicamente afirmar y probar que nada puede provenir o salir de nosotros, sino únicamente lo que Dios expresa. En el capítulo “La Ciencia Cristiana versus el espiritismo”, en Ciencia y Salud, la Sra. Eddy aborda esta dicotomía cuando escribe: “La creencia de que un hombre, como espíritu, puede controlar a otro hombre, como materia, trastorna tanto la individualidad como la Ciencia del hombre, porque el hombre es imagen. Dios controla al hombre, y Dios es el único Espíritu. Cualquier otro control o atracción de un así llamado espíritu es una creencia mortal que debe conocerse por su fruto: la repetición del mal” (pág. 73).

En los casos en que un desafío parece repetirse o no ceder, puede que sea específicamente necesario insistir en que no está permitido que la personalidad mortal o los temores y creencias generacionales entren en el pensamiento como autoridad o influencia. Lo que jamás fue verdad en primer lugar no puede hacerse real por medio de una creencia en la repetición; la repetición de una mentira nunca hizo de una mentira una realidad. La Biblia declara con autoridad: “¡Él los destruirá de un golpe; no necesitará golpear dos veces!” (Nahum 1:9, NTV).

La pretensión de que las teorías genéticas o patrones ancestrales tienen poder para hacer proliferar sus mentiras es anulada por el Cristo, la Verdad que afirma que Dios es nuestra fuente eterna de la existencia, y la verdadera individualidad como Su imagen y semejanza. En esta unidad indestructible con nuestro Padre-Madre Dios, descubrimos un modelo poderoso e innegable para la individualidad perfecta, la cual es la única identidad que podemos desear o tener, y es eternamente inmune a las teorías hechas por el hombre, las opiniones médicas o las llamadas leyes de influencias o trastornos genéticos. Armados con este conocimiento, no nos transformaremos en presa ingenua de la sugestión generalizada de que explorar la genealogía nos hará sentir satisfechos o completos. El verdadero conocimiento de uno mismo es el de conocernos constantemente como Dios nos concibe, es la consciencia de nuestra identidad espiritual como el linaje amado de Dios. Este reconocimiento siempre nos proporcionará la comprensión de nuestra integridad, salud y rectitud moral.

En la medida en que aceptemos, cedamos y reivindiquemos esta herencia espiritual, seremos liberados de toda sugestión o tendencia a explorar las trampas de origen mortal, o consentir pasivamente las erradas sugestiones de los ciclos ancestrales, tales como los veredictos irreversibles de mala salud, los arraigados patrones de enfermedad o los modelos de comportamiento destructivo. Demostramos que las teorías de la evolución y las creencias en la ascendencia carecen de poder cuando comprendemos correctamente las leyes infalibles de Dios que gobiernan la creación. Podemos aceptar y demostrar paso a paso este hecho científico: “La armonía, perpetuidad y perfección eternas constituyen los fenómenos del ser, gobernados por las leyes inmutables y eternas de Dios; mientras que la materia y la voluntad humana, el intelecto, el deseo y el temor no son los creadores y directores ni los destructores de la vida o sus armonías. El hombre tiene un Alma inmortal, un Principio divino y un ser eterno. El hombre tiene individualidad perpetua; y las leyes de Dios y la acción inteligente y armoniosa de estas leyes constituyen la individualidad en la Ciencia del Alma” (Mary Baker Eddy, No y Sí, págs. 10-11). 

Cada uno de nosotros tiene un derecho de nacimiento determinado por Dios que es total, perfecto y completo; está por siempre intacto y jamás puede ser alterado, destruido o rechazado. Esta es la herencia que debemos probar y la única ascendencia que necesitamos reclamar.

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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