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¿Te volveré a ver?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 9 de agosto de 2019


Esta pregunta me vino con frecuencia al pensamiento durante varios meses después que falleció mi marido. En medio de los apuros de lidiar con los bienes raíces y el anhelo de sentir paz, la pregunta era tentadora e inquietante al mismo tiempo. Me reconfortaban mucho las Lecciones Bíblicas semanales que se encuentran en el Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana; me alimentaban constantemente con ideas espirituales y puras; ideas que me alentaban a sentir el cuidado siempre presente y la tierna atención de Dios. Mi convicción de que la vida es eterna, y nunca es afectada por la enfermedad o la muerte, ciertamente iba en aumento, pero también lo era la curiosidad no tan sutil que a veces tenía de si mi camino y el de mi esposo se cruzarían nuevamente después de que yo muriera.

Si bien Mary Baker Eddy usa la expresión en el más allá varias veces en sus escritos publicados para referirse al tiempo después de la transición llamada muerte, las enseñanzas de la Ciencia Cristiana son claras en que la muerte es, de hecho, una irrealidad, como probó Cristo Jesús. Él resucitó a otros de la muerte antes de su propia resurrección, sacando a luz su mensaje de la vida eterna, y sus seguidores continuaron compartiendo ese mensaje después de la ascensión de Jesús. El apóstol Pablo declaró: “La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).  

Una pregunta y respuesta conocida de la Sra. Eddy en Escritos Misceláneos 1883-1896 fue lo que me impulsó a considerar lo que podría esperar más adelante. El pasaje comienza diciendo: “Después que ocurre el cambio llamado muerte ¿nos encontramos con aquellos que se han ido antes al más allá? —o ¿continúa la vida solamente en el pensamiento como en un sueño?”. La respuesta dice, en parte, “Cuando hayamos pasado por la rigurosa prueba llamada muerte, o destruido este último enemigo, y llegado al mismo plano de existencia consciente de aquellos que se han ido antes, entonces podremos comunicarnos con ellos y reconocerlos” (pág. 42).

Me di cuenta de que me estaba preguntando si mi esposo y yo podríamos tal vez continuar donde habíamos dejado. Y anhelaba verlo saludable y feliz otra vez. Fue interesante, porque descubrí que, además, secretamente esperaba que él también hubiera superado algunos hábitos molestos. ¡Entonces nuestra vida futura juntos sería perfecta!

Al considerar estas fantasías melancólicas, reconocí la sutil sugestión de que parte del bien había muerto al mismo tiempo que mi marido, o quizás había incluso faltado mientras él estaba todavía vivo. En vista de mis reflexiones al orar, vi lo absurdo que era ese pensamiento y me esforcé por afirmar que el bien jamás termina, jamás disminuye y jamás es fragmentado, porque el bien es Dios, y Dios es eterno. El bien en mi vida nunca había sido filtrado a través de un mortal ni arrebatado por medio del fin inevitable de la mortalidad. La inalterable naturaleza y provisión de la deidad estaban tan constante y plenamente presentes en mi experiencia en ese momento, como lo habían estado cuando mi esposo estaba conmigo y, por ende, en cualquier otro momento.

Al continuar ahondando en la verdad, estaba aprendiendo que el hombre —el hijo amado de Dios, del Espíritu, a quien hizo a Su imagen y semejanza— no puede estar separado de Dios, o el hombre del hombre, puesto que toda la creación es espiritual y está incluida en un todo sin fisuras. Era importante que comprendiera que tanto mi esposo como yo éramos espirituales y absolutamente intachables, a fin de librarme de esa percepción de que la separación era una realidad.

No mucho después de obtener estas vislumbres espirituales, la curiosidad cesó, junto con todo vestigio de tristeza. Comprendí más profundamente que tenía, aquí y ahora y de formas y medios infinitos, todo lo que pudiera necesitar, lo que quería decir que el cuidado que Dios siempre me brinda me está proveyendo de la inspiración y las ideas espirituales necesarias para responder a cada detalle de mi experiencia, desde los más pequeños hasta los más grandes. No tenía ni por un momento que adivinar si me sentiría completa en algún momento en el futuro. Yo no podía ser menos que completa porque soy la semejanza espiritual de Dios, y me sentía contenta con toda la maravillosa atención que mi querido Padre celestial me estaba brindando a cada momento.

 Desde entonces, he visto innumerables instancias del tierno cuidado del Amor divino en el momento exacto que se necesitaba. Tengo confianza en que el Amor le imparte el mismo cuidado tierno a mi marido. El crecimiento espiritual es un aspecto esencial del amoroso propósito que Dios tiene para el hombre, y se experimenta más naturalmente cuando somos obedientes al Principio divino del bien, que es Dios.

Me di cuenta de que el bien que yo pensaba que necesitaría recibir en algún momento futuro, está en realidad a mi alcance ahora de formas múltiples y constantes. Comprendí que nunca estoy separada del bien. Y lo mismo es cierto de mi marido.

Hace dos años que falleció mi esposo, y puedo decir honestamente que toda melancolía y dolor hace mucho que desaparecieron. Continúo aprendiendo que Dios gobierna todo momento de mi existencia; el Amor divino cuida de cada detalle de mi vida; el Espíritu responde a toda necesidad. Siempre ha sido así, y jamás será de otro modo.

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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