Asistí a una Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana desde niña y aprendí que Dios está en todas partes, por lo que pronto recuperé la sensación de seguridad. Asimismo, siempre había amado a todos los animales.
En ese momento, el ciervo dejó de luchar y comenzó a nadar hacia un área abierta del lago. Dio un poderoso salto sobre el hielo, y corrió al subir a la orilla, donde un policía había detenido el tráfico para que cruzara la calle.
Cuando comenzó a oscurecer, empecé a pensar que venían osos o coyotes.
El dominio sobre la tierra incluye demostrar nuestra comprensión espiritual de que todas las cosas no están basadas en la materia, no son dañinas ni vulnerables al daño, sino que expresan para siempre la única sustancia: el Espíritu.
Lo que no es cierto acerca de Dios no puede ser verdad acerca de ninguno de Sus hijos, que son creados a Su imagen y semejanza. Esta es una verdad universal que abraza a todos, en todas partes.
Mientras escuchaba los pensamientos de Dios, me pareció natural abrir una de mis tareas y comenzar a trabajar en ella.
Decidí que dejaría de pensar tanto en mí mismo y comenzaría a considerar cómo podría ayudar a los demás. A medida que comencé a poner esto en práctica, comenzaron a suceder cosas notables.
Mi suegra y yo compartimos un viaje sanador durante muchos años, construyendo y deconstruyendo nuestra relación, hasta que ambas nos comprendimos y nos dimos espacio. Pero no lo logramos con el mero esfuerzo humano.
Al orar sobre esto, pensé que, puesto que los servicios de nuestra iglesia estaban dedicados a adorar a Dios, era la mano divina la que guiaba el bienestar de nuestra iglesia, incluida la selección de los músicos.
Lamenté no poder atender a los estudiantes y maestros ese día. Pero estaba en pleno trabajo de oración; negando cualquier cosa desemejante a Dios y embebiendo las palabras del Padre Nuestro.