Como Dios es Alma, Él expresa belleza, armonía, alegría. Los hijos del Alma no pueden estar desesperados. Reflejan la alegría del Alma, la paz de Dios. Al conocer a Dios como Espíritu, vemos todo como ideas perfectas y espirituales, que poseen estabilidad, vitalidad y propósito. No podemos mantener la escasez en el pensamiento.
La mayor comprensión que he obtenido a lo largo de los años es que Dios es Amor, y que la Mente divina infinita y omnipotente es inseparable de cada uno de nosotros, y nos ayuda a ver a través de las nubes del error hacia la Verdad divina y experimentar el bien que tenemos al alcance de la mano.
Desde entonces, he podido leer Ciencia y Salud de principio a fin más de una vez, obteniendo cada vez más comprensión de la naturaleza de Dios —incluida Su bondad— y Su creación.
Al orar, manejé el pensamiento de la edad y el tiempo insistiendo en que yo era para siempre una idea espiritual, no tocada por ninguna sugestión de limitación.
Comprender algo de la sustancia espiritual del ser eterno del hombre siempre es transformador. Seguimos descubriendo que la vida es ininterrumpida en Dios, ahora y para siempre.
Cuando volver a remar me dio miedo, pensé en todo el bien que el deporte del remo había traído a mi vida.
Escondida detrás de la máscara hay una individualidad espiritual creada divinamente mucho más inteligente, segura, radiante, amorosa y adorable que cualquier máscara falsa.
El fútbol era lo único que siempre me había hecho feliz, y la idea de que me lo quitaran me quebrantó.
Probablemente todos hemos tenido experiencias en las que cuanto más nos hemos esforzado por convencer a alguien de algo, más fuertemente lo han rechazado. Pero tal vez también hemos tenido conversaciones en las que sabemos que alguien comparte su perspectiva debido a su sinceridad y amor por nosotros.
Las Salas de Lectura ofrecen una oportunidad para el descubrimiento, una conversación profunda cuando sea necesario y, sí, también hay silencio. Pero el silencio puede ser una bendición, ya que nos brinda la oportunidad de escuchar atentamente lo que Dios nos imparte mientras leemos y oramos.