Me mantengo alerta durante todo el día a los pensamientos de incertidumbre, temor y angustia que me llegan de la forma de pensar del mundo. Al seleccionar y admitir solo los pensamientos que provienen de Dios, el bien, no me dejo engañar por la discriminación, el racismo, la intolerancia o la violencia, sabiendo que estos errores no me pertenecen a mí ni a mi prójimo, porque no son de Dios.
Cuando comencé la caminata, oré a cada paso, sabiendo que, si Dios no causaba dolor, entonces no podía manifestarse en mi experiencia. Di el primer paso y luego el siguiente sin dolor. La caminata del primer día fue corta, y mientras caminaba y oraba, logré quedarme con el grupo.
Este Consolador, que Jesús prometió, nos fortalece al revelarnos y alentarnos acerca de nuestra inmortalidad y de la relación eterna de Dios con nosotros, Sus amados hijos. Este es “Emanuel, o 'Dios con nosotros’” (Ciencia y Salud, pág. xi), hoy y siempre.
Aunque pueda parecer que otras voces ahogan la voz de la Verdad y su inspiración divina, Dios habla con infinito poder y autoridad y se escucha por encima del temor y la duda.
Por un momento, el mundo se detiene realmente. Todo porque una vez, dos mil años ya hace, en la forma de un niño llegó a la tierra el divino mensaje: “Gloria a Dios en los cielos, y haya en la tierra paz, y buena voluntad entre los hombres”.
Al pensar en la experiencia, inicialmente me decepcionó que el bebé no se hubiera dado vuelta antes del nacimiento. Pero reconocí que se había aprendido una importante lección: que cualesquiera sean las circunstancias o cuán grave el pronóstico, la ley de armonía de Dios está siempre en operación.
Finalmente, un día me sentí impulsada a preguntarle a mi amiga si había un libro que pudiera leer para aprender más sobre las maravillosas ideas que compartía conmigo. Ella acababa de recibir un ejemplar del libro de Mary Baker Eddy Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras que había encargado, y me lo dio.
Esta experiencia me hace pensar en estas palabras: “Cuando despertemos a la verdad del ser, toda enfermedad, dolor, debilidad, cansancio, pesar, pecado, muerte serán desconocidos y el sueño mortal cesará para siempre” (Ciencia y Salud, págs. 218-219).
Se ha vuelto cada vez más claro para mí que no estamos gobernados por leyes sobre el sueño o el tiempo, ni por ninguna otra de las llamadas leyes materiales que sugieren limitaciones o el bien restringido.
La incertidumbre puede parecer desalentadora, pero es posible apoyándose en Dios, el bien, y sabiendo que Él tiene las riendas.