Aprendí desde el principio que, al igual que un rayo de luz proviene del sol, mi vida es la expresión de Dios y Su bondad.
Manifestar paciencia, escuchar y cooperar unos con otros convirtió ese evento devastador en un tiempo de desarrollo espiritual.
Cuando entré a mi lugar de trabajo y me encontré con mi compañera, sentí un profundo amor por ella. Cuando me vio, me saludó con mucho cariño, y hablamos naturalmente. Esta experiencia me ayudó a entender que jamás había sido herida por nadie.
Me mantengo alerta durante todo el día a los pensamientos de incertidumbre, temor y angustia que me llegan de la forma de pensar del mundo. Al seleccionar y admitir solo los pensamientos que provienen de Dios, el bien, no me dejo engañar por la discriminación, el racismo, la intolerancia o la violencia, sabiendo que estos errores no me pertenecen a mí ni a mi prójimo, porque no son de Dios.
Todavía estoy en el proceso diario, momento a momento, de definirme espiritualmente. Pero es maravilloso saber que la sustancia de la que todos estamos hechos es eternamente espiritual y perfecta.
En su Sermón del Monte, Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos. En esta situación, interpreté sus palabras en el sentido de que debía amar —y perdonar— al conductor. También me di cuenta de que yo había sido tan inocente como ese conductor cuando andaba en bicicleta por la montaña unos días antes.
Necesitamos resistir la tentación de comparar a Dios con cualquier cosa humana o de usar a Dios como una especie de “botones cósmico” al que invocamos solo cuando necesitamos ayuda.
Este Consolador, que Jesús prometió, nos fortalece al revelarnos y alentarnos acerca de nuestra inmortalidad y de la relación eterna de Dios con nosotros, Sus amados hijos. Este es “Emanuel, o 'Dios con nosotros’” (Ciencia y Salud, pág. xi), hoy y siempre.
Al pensar en la experiencia, inicialmente me decepcionó que el bebé no se hubiera dado vuelta antes del nacimiento. Pero reconocí que se había aprendido una importante lección: que cualesquiera sean las circunstancias o cuán grave el pronóstico, la ley de armonía de Dios está siempre en operación.
Aunque pueda parecer que otras voces ahogan la voz de la Verdad y su inspiración divina, Dios habla con infinito poder y autoridad y se escucha por encima del temor y la duda.