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2026

El rápido crecimiento en la adopción de la IA es una llamada de atención para que estemos alertas y seamos sabios, así como expectantes de que nuestra naturaleza espiritual es vitalmente necesaria y ya está presente.

Dediqué tiempo y estudio a comprender el ajuste de pensamiento que sustentaba mis pasos hacia la curación. La callada sensación de que habitaba segura en el reino de los cielos —donde los accidentes son desconocidos— me permitió ceder por completo al control de Dios sobre la curación.

Los ciegos ven, los enfermos son sanados, los cojos andan, saltan de alegría, alabando al Dios de quien proviene todo el bien. Estoy aprendiendo, orando y escuchando más y más.

Al reflexionar sobre el tema de la paz, me doy cuenta de que no se trata solamente de permanecer inmutable frente a los conflictos o las diferentes “tormentas” con las que nos encontramos. Para mí, significa tener la convicción del poder y la presencia de Dios en todo momento y bajo toda circunstancia. Es reconocer que nuestro bienestar, y el de todos, está en manos del Amor divino.

Jesús nos dijo que podíamos sanar como él lo hizo y hacer obras aún mayores. ¿Podría eso incluir tener un impacto sanador en lo que ocurre cuando estalla una guerra?

Todas las mañanas, cuando me despierto, primero oro la “oración diaria” que la Sra. Eddy estableció en el Manual de La Iglesia Madre. (Véase pág. 41). Esto abre mi pensamiento para estar vigilante y no susceptible al error, a cualquier cosa que se oponga a Dios, el bien.

El poder esencial del universo no es algo que intentemos generar en nosotros mismos; cada uno de nosotros existe para expresar al Espíritu o la Mente infinita —Dios—. Y hacerlo al orar por los demás nos hace ver que la Mente divina siempre está en acción.

Jesús dijo categóricamente que quienes siguen su ejemplo cristiano son la luz del mundo. Y Jesús nos instó a dejar brillar nuestra luz. ¿Cómo podemos hacer eso? Dejar que brille nuestra verdadera naturaleza espiritual implica no solo escuchar los buenos pensamientos que provienen de Dios, sino decidir aceptarlos y ceder a ellos.

Mi travesía no ha terminado, y sé que tengo mucho trabajo por delante mientras Dios me guía por “sendas de justicia” (Salmos 23:3). Pero estoy fuera del desierto y en la tierra prometida.

En el campamento, me impresionó el hecho de que las enfermeras de la Ciencia Cristiana se esforzaran por ver a cada campista y miembro del personal tal como son para Dios —sanos y libres— incluso cuando los sentidos físicos sugerían que alguien estaba enfermo.

La misión del Heraldo

 “... para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la Verdad...”

                                                                                                          Mary Baker Eddy

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