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El camino de la libertad

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 21 de septiembre de 2026


El lugar favorito de verano de nuestra familia es un hermoso lago rodeado de suaves colinas llenas de gigantescos pinos, uno de los cuales alberga un nido de águila. Es tan inspirador mirar el cielo azul claro y ver un águila volando con total libertad en la amplitud de los cielos, sin obstáculos en su camino ascendente. Esto me habla del camino de la libertad para cada uno de nosotros.

No obstante, quizá a veces nos sintamos atados a la tierra por la escasa provisión u oportunidad, por la enfermedad, la edad o la tristeza que nos impedirían desplegar nuestras alas y aspirar a volar por el cielo. 

Si este es el caso, hay una fábula apropiada sobre un polluelo de águila que cayó de su nido. Un granjero lo encontró y lo puso en su gallinero para que se criara entre las gallinas, que, por supuesto, no vuelan. Sin saber nada de su capacidad para volar hacia la libertad, el águila permaneció confinada en el gallinero. Sin embargo, un día, vio un pájaro volando por el cielo que se parecía a ella. ¡Ahora tenía un nuevo modelo de las posibilidades de volar! Vio para qué estaba diseñada y, finalmente, levantó vuelo. 

Esta fábula nos invita a plantearnos la pregunta: “¿Vivimos dentro de los límites del modelo ‘gallinero’ de las limitaciones mortales?” ¿Estamos atrapados por la ignorancia, el miedo y la duda? ¡No es necesario! Como el águila que inherentemente tenía todo lo necesario para volar con libertad, nosotros, por ser hijos de Dios, somos completos e inmortales, eternamente fructíferos y productivos. Dios nos da lo que necesitamos para ser felices, para ascender en el reino del bien infinito.

Cristo Jesús nos mostró nuestra verdadera identidad, libre de nuestro aparente ambiente terrenal. Como pionero de la libertad, se elevó por encima de todas las cadenas mortales y nos dejó una hoja de ruta para que también nosotros nos eleváramos libres de las limitaciones y para encontrar las puertas del cielo abiertas aquí y ahora. Solo conocía un camino: el camino de la santidad, la manera de conocer la totalidad y omnipotencia del Amor y su ternura indescriptible que le dieron el poder de sanar todo tipo de discordias humanas, calmar mares tormentosos, caminar sobre el agua e incluso vencer triunfante la muerte. ¡Qué posibilidades infinitas reveló!

Este ejemplo propio del Cristo ha sido una luz continua que ilumina el camino para que todos seamos libres. La libertad significa no estar atado por opiniones falsas, por aquello que no es. Esto no es una libertad política o civil —una libertad otorgada por la legislación o constitución—. Tampoco es la capacidad de vivir según la obstinada voluntad propia. Es la libertad del Amor divino, una ley para nuestra existencia, lo que nos hace conscientes de ser muy queridos y valorados. Y es la libertad de la Verdad, como en la declaración de Jesús: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libre” (Juan 8:32).   

Inherente a esa declaración está el conocimiento consciente de la realidad divina que nos exime de las responsabilidades mortales; entre ellas, el miedo, la enfermedad, el tiempo, el espacio, la edad, los accidentes, la muerte. Podemos demostrar cada vez más libremente nuestra exención, porque somos testigos de Dios, de la Verdad, y, por lo tanto, somos conscientes de lo que realmente es verdad. Comprendemos espontáneamente los hechos espirituales de la Verdad que definen la trama de nuestro ser consciente.

En la fábula, el cambio de un “águila en tierra” a un “águila en vuelo” no tiene que ver con el ajuste de las plumas ni algo físico; esto es, entraña que el águila tenga una visión real de sí misma. De manera similar, en nuestras vidas no se trata de cambiar nuestro ser de material a espiritual, sino de percibir quiénes ya somos realmente, aquello para lo que ya estamos espiritualmente diseñados para ser y hacer; eso es lo que nos libera. Este es el sentido espiritual de reflejar el Alma divina que nos capacita para ver como Dios ve. Como dice la Biblia, “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (1 Corintios 2:12).  

La curación espiritual no consiste en cambiar la materia, porque como hijos de Dios, el Espíritu, la sustancia espiritual constituye lo que somos. En realidad, no hay materia que cambiar, para que se mejore o empeore. Más bien, sanar consiste en aceptar el momento o momentos de revelación, de “Oh, eso es lo que soy ahora y siempre: ¡totalmente espiritual!” Estas comprensiones llegan a través de la actividad esclarecedora del Cristo, la verdadera idea de Dios, que nos capacita para percibir nuestra unidad con Dios, la Verdad. El Cristo revela nuestra libertad inherente como la imagen y semejanza amada de Dios.

Este mensaje liberador del Cristo incluye nuestra perfección, ya que reflejamos a nuestro Padre-Madre Dios perfecto. Todo lo que necesitamos, ya sea provisión, paz, salud o fuerza, está en Dios. No estamos esperando a ser perfectos, sino que nuestro verdadero ser es completo ahora. El reino de los cielos está dentro de nosotros y está cerca. Este ambiente celestial nos proporciona todo lo necesario para florecer y ser productivos en sacar a luz “el fruto del Espíritu”. Somos eternos y por eso nada de nuestra sustancia, facultades, inteligencia, belleza, disminuye jamás; más bien, toda bondad funciona sin agotarse ahora y siempre.

Tenemos ahora la hermosa herencia de la libertad por ser hijos de Dios, del Alma, puesto que solo una falsa percepción del sentido material nos ataría. En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, leemos: “La ilusión del sentido material, y no la ley divina, los ha atado, enredado sus miembros libres, mutilado sus capacidades, debilitado su cuerpo y desfigurado la tabla de su ser” (pág. 227). La aparente esclavitud del hombre cesa a medida que él percibe su libertad del sentido material. En la medida en que el sentido material es silenciado, se produce la curación. El sentido espiritual libera.  

La Sra. Eddy escribió: “Hoy mi alma  sólo puede cantar y volar. Un sentido creciente del amor, la omnipresencia y la omnipotencia de Dios me envuelve. Cada día  Lo siento más cerca, Lo amo más y humildemente oro para servirlo mejor” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 174).

Un hombre que conozco tuvo una experiencia sanadora en la que percibió su libertad innata. Dos años antes, no había aprobado su examen físico anual obligatorio a nivel federal debido a un latido cardíaco acelerado. En ese momento, el médico dijo que podría ser fatal y le indicó que fuera de inmediato al hospital para recibir tratamiento y medicación. En lugar de hacerlo, se quitó con calma los electrodos pegados al pecho y le manifestó al médico: “Tengo que irme ya”. Allí mismo, decidió dejar el modelo médico de salud por el espiritual y confiar así en la ley divina de Dios, que sabía que estaba “escrita en su corazón”, y ser libre.

Dos años después, tenía un nuevo trabajo, y para mantenerlo, tuvo que volver a someterse al examen físico. Llamó a un practicista de la Ciencia Cristiana para pedir ayuda y, en esta encrucijada, decidió dejar que Dios guiara su carrera y el absoluto desarrollo de su vida diaria. Oró junto con el practicista, y ambos apreciaron su unidad con el Alma y su expresión rítmica del Amor como una ley invariable para su ser. Luego fue a hacerse el examen y lo aprobó libre de síntomas. La doctora no podía creer lo que veía en la prueba, pero él le dijo que creía en el poder de la oración. Ella sonrió y dijo: “Bueno, ¡tus oraciones parecen funcionar, porque estás vivo para hacer el examen otra vez!”.  

Más tarde, el médico principal vio el resultado e, incrédulo, insistió en repetir las pruebas, que dieron el mismo resultado perfecto. Se le otorgó el certificado necesario y el hombre estuvo libre para continuar en su trabajo con el corazón lleno de paz, alegría y profunda gratitud a Dios por la gracia sanadora de la libertad.

Esta curación concluyente muestra que el reino de la libertad es ahora nuestro; el único reino verdadero, el reino del Espíritu infinito. Jamás hemos sido mortales limitados, sino que siempre estamos divinamente dotados para ser inmortales, continuamente fructíferos, relacionándonos felices los unos con los otros, inagotablemente sabios, perpetuamente saludables, infinitamente libres de ataduras. 

Como hijos de la Mente, Dios, sabemos cómo despegar hacia los cielos llenos de luz del Alma y cumplir nuestro destino divino. El pensamiento impulsado por la Verdad se eleva como un águila, libre y fuerte, más alto y más amplio aún. Como un rayo matutino radiante que se eleva en el cielo, el Cristo nos guía hacia adelante y hacia arriba. Podemos descansar y ascender en las alas de los mensajes sagrados del Amor infinito.

Como leemos en Ciencia y Salud: “El ser de Dios es infinitud, libertad, armonía y felicidad sin límites. “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”. Como los sumos sacerdotes de antaño, el hombre es libre “para entrar en el Lugar Santísimo”, —el reino de Dios—” (pág. 481).

¡Elevémonos en la libertad que Dios nos ha dado y veamos que esta libertad es verdadera para todos!

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