Es posible, hoy y siempre, experimentar la paz que deseamos. No simplemente una paz caracterizada por la ausencia de guerras y conflictos, sino una paz y seguridad perdurables. El profeta Isaías habló de esta promesa de paz para todos aquellos que se empeñan en vivir cerca de Dios: “El efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo” (Isaías 32:17, 18).
Jesús habló claramente de la paz verdadera cuando dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo (Juan 14: 27). Él habló de “mi paz”; es decir, la paz que únicamente se puede encontrar en el Cristo, la idea verdadera de Dios que Jesús representó.
Mary Baker Eddy escribe en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “Cristo es la Verdad ideal, que viene a sanar la enfermedad y el pecado por medio de la Ciencia Cristiana, y atribuye todo el poder a Dios” (pág. 473). Es la comprensión espiritual de que Dios es el único poder y presencia con la que Jesús nos dejó. Esto nos trae una paz que es continua, inquebrantable y permanece imperturbable ante la agresión, el conflicto, las conflagraciones o cualquier tipo de violencia. Una paz que está arraigada y afianzada en el Principio y el Amor divinos.
Esta es la paz que demostró Jesús cuando él y sus discípulos enfrentaron una gran tormenta en el Mar de Galilea. El viento era violento, tanto que las olas comenzaron a inundar la barca en la que navegaban. Jesús, mientras tanto, dormía apaciblemente. El Maestro no estaba perturbado ni por la furia del mar ni el fuerte viento. Su paz nos habla de mantener una conciencia que descansa plenamente en Dios. Ante el temor de los discípulos, se levantó y reprendió al viento.
Las palabras que Jesús dirigió al mar aún resuenan en nosotros a pesar del tiempo transcurrido: “Calla, enmudece” (Marcos 4:39). Este mandato no solo calmó la furia de los elementos, sino aún más, el miedo de los discípulos. Él demostró la paz de Dios, y que nada podía quebrantarla. Al enfrentar un cuadro de discordia o enfermedad, él probó la salud y la armonía ininterrumpidas del hombre.
Al reflexionar sobre el tema de la paz, me doy cuenta de que no se trata solamente de permanecer inmutable frente a los conflictos o las diferentes “tormentas” con las que nos encontramos. Para mí, significa tener la convicción del poder y la presencia de Dios en todo momento y bajo toda circunstancia. Es reconocer que nuestro bienestar, y el de todos, está en manos del Amor divino. Es saber que tenemos la autoridad divina de liberarnos a nosotros mismos del único opresor: la creencia de que hay algo que puede causar enfermedad y conflictos, algo opuesto a Dios, el bien, la única causa y creador. Y es tener la plena seguridad de que Dios nos libera de la tormenta, cualquiera sea esta, y nos guía amorosamente a nuestra “morada de paz”.
