Un día, iba en bici por nuestra calle sin salida.
Había llovido la noche anterior y el suelo estaba mojado. Atravesé un gran charco de agua donde el suelo estaba agrietado y me caí de la bici. Me raspé la mano y me dolió mucho.
Me fui a casa y se la enseñé a mi papá. Él notó que tenía algo de grava pegada en la mano. Yo estaba muy molesta porque al día siguiente tenía una actuación de baile, y uno de mis bailes era acrobacias. Me preocupaba no poder actuar.
Mi papá quiso sacar la grava con unas pinzas. Pero me dolió mucho, y estaba asustada y lloraba. Así que mi mamá decidió que primero oraríamos. Mi mamá y yo oramos como me habían enseñado en la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana. Cantamos mi himno favorito, que es “La oración vespertina de la Madre” de Mary Baker Eddy. La primera línea me ayudó mucho. Dice: “Gentil presencia, gozo, paz, poder” (Escritos Misceláneos, pág. 389). Me ayudó a saber que Dios es el único poder y siempre está presente. Nos da una paz que está presente para siempre.
Mi mamá también llamó a un practicista de la Ciencia Cristiana para que orara con nosotros. Mi mamá me limpió y vendó la mano esa noche.
Al día siguiente, mi mano estaba bien. Ya no dolía, y los arañazos habían desaparecido. ¡Pude actuar! Pero, aunque la mano no me dolía, la grava seguía ahí. Mi mamá y yo seguimos orando y sabiendo que Dios se encargaría de ello.
Después de mi actuación, empezamos a conducir hacia un campamento para Científicos Cristianos, donde iba a ser campista por primera vez. Mi mamá me dijo que había enfermeras de la Ciencia Cristiana en el campamento y que podían ayudar a quitar la grava. Yo estaba muy asustada. Pensaba que me iba a doler.
Cuando llegamos al campamento, fuimos a ver a las enfermeras de la Ciencia Cristiana. Aun así, yo no quería que hicieran nada, pero eran muy afectuosas y estaban orando. Una enfermera de la Ciencia Cristiana me tomó la mano con suavidad, mientras otra me hablaba. Me hizo preguntas y recuerdo que me reí mientras hablábamos. Un minuto después, la grava ya no estaba en mi mano. No había sentido nada, ¡y no me dolía!
Estaba muy feliz. Le dije a mi mamá que cada vez que necesitara ayuda así, ¡volvería a ver a una enfermera de la Ciencia Cristiana!
