Una vez, estaba haciendo surf de nieve y tenía problemas porque seguía enganchando los bordes. Esto ocurre cuando tu tabla de snowboard queda trabada en la nieve y te hace caer. Estaba tan concentrado en caer constantemente que me olvidé de toda la diversión que estaba teniendo.
Al bajar por una de las laderas, empecé a cantar un himno del Himnario de la Ciencia Cristiana que me había ayudado antes. La primera estrofa dice:
La colina di, Pastor,
cómo he de subir;
cómo a Tu rebaño yo
debo apacentar.
Fiel Tu voz escucharé,
para nunca errar;
y con gozo seguiré
por el duro andar. (Mary Baker Eddy, N.° 304)
Esto fue realmente útil. Empecé a pensar en que Dios me guiaba todo el camino, aunque la colina era difícil y empinada.
Después de cantar el himno varias veces, me di cuenta de que mi problema era que sentía que mis pasos se desviaban del camino. Había estado pensando que yo era quien tenía el control. Pero fue entonces que escuché un mensaje angelical. Esto pasa cuando Dios nos habla en nuestro pensamiento. El mensaje me recordó que Dios, el bien, siempre tiene el control total.
Después de escuchar este reconfortante pensamiento, volví a lo básico del snowboarding, apoyándome en Dios todo el tiempo. Con cada giro, me sentía más tranquilo y seguí aferrado al mensaje de Dios. Cuando llegué al pie de la montaña, mi mamá me preguntó cómo me sentía. Me sentía genial, así que fuimos dos veces más.
Más tarde, cuando paramos a comer, empecé a sentirme mareado. Me desanimé porque esto ya me había pasado antes, después de haber tenido una conmoción cerebral el verano anterior. Ahora solo quería darme por vencido e irme a casa. Nada parecía salir como yo quería.
Entonces me acordé de la curación que acababa de tener en la pista. Al recordar que nada podía interponerse en el camino hacia mi libertad, decidimos subir e intentar otra carrera nuevamente. Mi madre estuvo cantando himnos en el telesilla todo el tiempo.
Pude desconectarme del miedo a sentirme mareado y sintonizarme con Dios. Ya no estaba convencido de que el mareo persistiría. Mi mamá y yo bajamos hasta al pie de la montaña, cantando de arriba hasta abajo.
Después de eso, todo fue sobre ruedas. Y no solo con el snowboarding. Desde entonces, he hecho muchas otras actividades, como jiu-jitsu competitivo y Ultimate Frisbee, y no he sentido ningún mareo desde ese día. ¡Lo mejor es que también puedo tocar el saxofón otra vez!
Estoy muy agradecido por esta experiencia y, en las futuras curaciones la mantendré muy presente como recordatorio del poder de Dios.
