
Editoriales
La humildad es estar dispuestos a volvernos a Dios fiel y diligentemente y ceder nuestros impulsos humanos al hecho de que Dios tiene el control.
La verdad de que nuestra relación depende totalmente de Dios reside en que Él es nuestro Padre-Madre, nuestro Padre divino, completamente bueno, omnisciente, omnipresente, todopoderoso y ciertamente confiable.
Nuestra historia humana de faltas y rasgos desagradables puede parecer un obstáculo temporal para amarnos a nosotros mismos, pero no nos puede impedir que experimentemos amor.
Dios cumple Sus promesas: ha hecho nuevas todas las cosas para siempre. Al comienzo del nuevo año, hagamos una resolución que podamos cumplir. Veámonos a nosotros mismos como Dios nos hizo: nuevos, inocentes, rectos y libres.
Tenemos que tener hambre del bien. Tenemos que tener sed de la Verdad. Ciertamente, no podemos darnos el lujo de distraernos con debates sobre la forma del mensaje cuando la energía vibrante del mensaje está tan cerca.
Cuando nos apoyamos en Dios y nos sometemos a Su supremacía y cuidado, descubrimos cada vez más que podemos regocijarnos en lugar de preocuparnos.
Incluso hoy en día, comprender la verdad de la bondad de Dios y la expresión eterna de esa bondad en Su creación mediante el estudio de la Biblia está sanando a muchos.
Comprender a nuestro Padre-Madre Dios nos lleva de la gratitud que reconoce las evidencias de Su bondad directamente a la esencia de esa bondad, porque logramos conocer y amar a Dios.
Qué reconfortante es saber que el mundo no puede darnos ni quitarnos estabilidad. Ahora tenemos esa estabilidad en la realidad espiritual de Dios, y podemos traer esa consciencia para calmar, elevar y redimir el mundo que nos rodea.
El Cristo siempre presente es nuestro abogado. Habla la Palabra de Dios, la Verdad, a cada corazón humano, y es lo suficientemente poderosa como para desinflar la contención, anular el mal y sanar la enfermedad.