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Aunque yo asistí a la iglesia de la Christian Science durante muchos...

Del número de octubre de 1946 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Aunque yo asistí a la iglesia de la Christian Science durante muchos años y nuestros niños estaban matriculados en la escuela dominical, yo misma permanecí ciega y sorda a sus enseñanzas prácticas, hasta hace aproximadamente dos años. En esa época nuestro hijo menor comenzó a sufrir una seria enfermedad de la piel, que le cubrió el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Como era nuestra costumbre, lo llevamos enseguida a un doctor. La enfermedad fué considerada desconcertante e inicióse un tratamiento de prueba, el cual causó mayor inflamación, por lo que se comenzó otro método, aún con peores resultados. Finalmente, la enfermedad alcanzó proporciones tan alarmantes, que el doctor abandonó el caso y aconsejó que llevásemos al niño a un célebre especialista de la piel, para hacerle exámenes adicionales.

Para entonces estábamos convencidos de que en realidad nadie sabía que hacer por nuestro hijo y que solamente se le sometería a nuevos y más dolorosos tratamientos. En nuestra desesperación acudimos a la Christian Science y llamamos a una practicista. Nuestro hijito estaba encantado. Aún puedo ver su cara radiante después de la primera entrevista. Estoy segura que fué curado en ese momento. Insistió en levantarse, aun cuando su cuerpo permanecía encorvado al andar. A nosotros nos parecía que hacía esfuerzos supremos, pues no nos percatábamos que ya estaba curado. Aún lo compadecíamos y nos causó emoción su aparente valentía. Mediante la cariñosa ayuda de la practicista, se nos hizo ver nuestro error. Nos dió a leer el versículo del salmo vigésimo séptimo que dice: “Cuando mi padre y mi madre me dejen, entonces Jehová me recogerá.” Supimos que debíamos liberarlo de los efectos de nuestra creencia. En menos de una semana cayeron todas las escaras y su piel limpia no tenía indicio alguno de este incidente.

También estoy agradecida por la protección y el maravilloso sentido de quietud que experimentamos cuando nuestro hogar fué parcialmente destruido por el fuego. Nuestro seguro fué suficiente para cubrir todos los gastos y no experimentamos pérdida alguna, sino más bien ganancia por todo lo que habíamos aprendido.

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