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Original Web

A salvo en el foso de los leones

Del número de octubre de 2020 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 6 de julio de 2020 como original para la Web.


En una ocasión, me pidieron que interviniera y ayudara a enfrentar una situación en la cual había mucho temor al contagio y a la propagación de una enfermedad. Antes de hacerlo, me embargó el temor de contraer la enfermedad. Me venía continuamente este pensamiento: “Parece como si fuera a entrar en el foso de los leones”. Era aterrador e inquietante. No obstante, al acercarse el momento de irme, tuve ese mismo pensamiento, y a continuación me vino esta idea que hizo que me detuviera: “¡Si piensas así porque parece atemorizante, no comprendes la esencia de esa historia!”.

Esta idea hacía referencia al bien conocido relato de la Biblia sobre Daniel, un profeta hebreo que era tan devoto de adorar al único Dios que se negó a dejar de orarle, a pesar del castigo que habían proclamado por desobedecer: ser arrojado a un foso de hambrientos leones. ¡Se requiere de mucha fe y confianza para hacerlo! Daniel fue arrojado finalmente al foso de los leones, pero estuvo completamente a salvo y totalmente ileso. De hecho, cuando lo arrojaban a los leones, el rey mismo le dijo: “Que tu Dios, a quien sirves tan fielmente, te rescate” (Daniel 6:16, NTV).

Comencé a considerar detenidamente qué era lo que hacía que Daniel se sintiera seguro en esa situación, y que hizo que el rey tuviera la esperanza de que Dios podría liberarlo. En esta historia y a lo largo de su vida, es claro que Daniel amaba a Dios, y sabía que Él lo amaba. El profeta parecía comprender que hay permanentemente en operación una ley divina del Amor para guiarnos y guardarnos, y que Dios, quien es Amor, lo protegería como había hecho en el pasado. Como señala Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras por Mary Baker Eddy, la fundadora del Monitor: “El Amor divino, que volvió inofensiva la víbora venenosa, que libró a los hombres del aceite hirviendo, del horno de fuego ardiendo, de las fauces del león, puede sanar al enfermo en toda época y triunfar sobre el pecado y la muerte” (pág. 243).

Daniel demostró su amor por Dios mediante su lealtad y obediencia a Dios. Estaba cumpliendo con el Primer Mandamiento, el cual es conocer, adorar y obedecer solamente al único Dios omnipotente y omnipresente que es Amor.

Comencé a considerar detenidamente qué era lo que hacía que Daniel se sintiera seguro en esa situación.

Pensar en esta historia me hizo reflexionar sobre qué era yo tentada a adorar en la situación que estaba enfrentando. He escuchado decir que nuestro Dios es aquello en lo que pensamos más, sea lo que sea. Entonces, ¿qué estaba consumiendo mi pensamiento? ¿Era el temor a la enfermedad o al contagio? ¿O confiaba en que Dios, el Amor, me guiaría y protegería donde fuera que estuviera, como promete la Biblia? Por ejemplo, las Escrituras dicen: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmos 46:1). Había tenido incontables pruebas de esto; señales del tierno cuidado y fuerte protección de Dios en problemas grandes y pequeños. Sabía que podía recordar esas experiencias y comprender que confiar en Él ahora produciría el mismo resultado. 

Mientras oraba con estas ideas antes de entrar en esa situación, tuve la convicción de que podía confiar a Dios mi salud mientras servía a mis semejantes. Estaba allí para atestiguar el hecho de que las personas con quienes me encontraría también fueron creadas a imagen y semejanza de Dios, sanas y completas, como indica claramente la Biblia.

Ciencia y Salud afirma: “Todas las criaturas de Dios, moviéndose en la armonía de la Ciencia, son inofensivas, útiles, indestructibles” (pág. 514). La verdad de nuestra existencia como hijos de Dios es que no podemos sufrir daño o ser dañados por otra criatura de Dios; ya se trate de un león o de nuestros semejantes. Al apoyarme en la oración, no solo me sentí segura, sino que estuve a salvo y protegida. Las personas a las que ayudaba también sanaron muy pronto, fueron liberadas del temor y obtuvieron un sentimiento de paz.

Ya sea que te desempeñes como un trabajador en el frente de batalla que entra donde hay amenaza de contagio, o vayas simplemente al supermercado, no debes tener miedo. Podemos confiar en la ley del amor de Dios para que nos proteja a cada uno de nosotros. Cuando amamos y adoramos solo a Dios y nos negamos a dar poder a algo que no sea nuestro único Dios omnipresente, omnipotente y del todo amoroso, el mismo sentimiento de seguridad que tuvo Daniel, y probó que era práctico, es posible para nosotros hoy.

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Mary Baker Eddy, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 353

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