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Original Web

¿Puede nuestra oración reducir la tensión racial?

Del número de septiembre de 2020 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 6 de julio de 2020 como original para la Web.


Aquí en África del Sur, como en casi todo el mundo, la gente aún experimenta el odio y la división derivados del desagradable espectro del racismo y la tensión racial. Oro a diario para que sanen. Sin embargo, a veces me pregunto: “¿Cómo puede la oración —mis oraciones— contribuir a sanar este aparentemente irresoluble mal que continúa asolando la sociedad?

Al reflexionar sobre esto, pensé que comenzar con nosotros mismos y sanar nuestros propios conceptos erróneos, prejuicios y temores puede tener un efecto sanador en la atmósfera del pensamiento en el mundo al elevar nuestro propio pensamiento. He descubierto, por medio de mi estudio de la Ciencia Cristiana, que esto significa preguntarme si estoy verdaderamente dispuesta a amar a mi prójimo como Dios lo ama. En otras palabras: ¿estoy dispuesta a abandonar todo concepto personal limitado de mis semejantes, y verlos como los hijos puros y adorables de Dios. Esta perspectiva espiritual de todos nosotros como linaje de Dios, se basa en el primer relato de la creación en la Biblia: “Entonces Dios miró todo lo que había hecho, ¡y vio que era muy bueno!” (Génesis 1:31, NTV). Sí, estamos hechos a semejanza de Dios, el cual es espiritual; una semejanza incapaz de enfermar o ser pecadora o tener cualquier identidad desemejante a Dios, el bien. La consciencia que Cristo Jesús tenía de esta individualidad espiritual eliminó de los demás los rótulos y limitaciones de los sentidos físicos, y restauró la salud y la paz.

Cuando veo que estallan conflictos durante las interacciones diarias de las personas, como ocurre en ocasiones, me esfuerzo en mis oraciones por aferrarme con más determinación a la verdad de nuestro ser espiritual. Reconozco que hay un solo Dios, quien es la Mente —la sola y única Mente real de todos nosotros— y que reflejamos a esta Mente. Esta es la Mente que expresaba Cristo Jesús, en la cual no hay prejuicio, odio, ignorancia, desunión o temor; solo amor. Aunque las circunstancias humanas puedan pintar un cuadro diferente, he encontrado que cuando con persistencia amo y mantengo en la consciencia lo que es espiritualmente verdadero, a menudo se producen ajustes que armonizan la situación humana.

Recuerdo un incidente hace unos años que fue para mí una perfecta ilustración de cómo la oración sobre esta base espiritual contribuye a una atmósfera más pacífica. Un domingo, mi esposo y yo fuimos a la comisaría después de la iglesia para reportar un robo en nuestra comunidad. Mientras esperábamos que nos atendieran, entraron varios trabajadores de color, vociferando en contra de un joven blanco que los había agraviado. Entonces entró el joven, y la conversación muy pronto se tornó más acalorada. Todos hablaban al mismo tiempo y exigían atención, restitución y justicia. Cuanto más gritaba un lado, tanto más respondía el otro del mismo modo, y parecía que los oficiales de policía a cargo eran incapaces de detener el altercado, el cual se estaba intensificando y transformando en una confrontación racial a gran escala. 

¿Estoy dispuesta a abandonar todo concepto personal limitado de mis semejantes, y verlos como los hijos puros y adorables de Dios? 

Mi instinto inmediato fue orar en silencio, y sé que mi esposo también estaba orando. Mentalmente me aparté de lo que estaba viendo y me esforcé por reconocer que solo la imagen de Dios —honesta, íntegra, y sin odio, prejuicio o temor— estaba representada en esa sala. En esos momentos de comunión silenciosa, fue lo único que vi. Solo sentí la presencia del Cristo, la Verdad —el mensaje divino para todos— restaurando la armonía, y afirmé que cada uno de nosotros en esa comisaría también lo sentía. Estaba convencida de que este mensaje sanador se escucharía por encima de todo el ruido. El clamor de los pensamientos y opiniones humanas no podía ahogar la voz callada y suave de Dios, la Verdad y el Amor divinos.

Pronto, el ruido cesó. Todos estaban callados. Hubo sonrisas y apretones de manos entre los hombres que, hacía tan solo unos minutos, querían agredirse unos a otros. Uno de ellos se volvió hacia mí; sonrió, hizo un gesto de despedida, y se fue.

El oficial a cargo estaba claramente sorprendido con lo que había ocurrido. Dirigiéndose a mí y a mi esposo nos preguntó si teníamos alguna literatura cristiana que pudiéramos compartir con él. Debe de haber notado los dos libros que teníamos con nosotros: La Biblia y el libro de texto de la Ciencia Cristiana: Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras por Mary Baker Eddy. Aunque no llevábamos con nosotros ninguna literatura que pudiéramos darle, al día siguiente regresamos a la comisaría con un ejemplar de cada libro que dejamos para el oficial en el mostrador principal. 

¡Fue una sorpresa tan agradable para mí ver a este buen hombre en nuestra Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana la semana siguiente! Él había ofrecido devolver los libros cuando terminara con ellos, pero le dije que podía quedárselos, y pareció aliviado. Resultó que sus hijas habían tomado el ejemplar de Ciencia y Salud y ¡lo estaban leyendo! Le di otros dos ejemplares más.

Siempre que siento que es poco lo que puedo hacer para producir un cambio en el mundo, esta experiencia es un poderoso recordatorio de que cada oración tiene un efecto sanador. Ver el universo y todo lo que en él hay a través de la lente de la omnipresencia y omnipotencia de Dios, el Espíritu divino, disuelve la vehemencia del odio y la discordia, y bendice a toda la humanidad de maneras que no podemos ni siquiera empezar a imaginar.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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