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¿Una evaluación de tu desempeño? ¡No te preocupes!

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 19 de agosto de 2019


Realmente no me lo esperaba. Hacía dos años que estaba en mi nuevo trabajo, y pensaba que lo estaba haciendo bien, pero la evaluación anual de mi desempeño decía lo contrario. Lo que más me dolía era que yo amaba la organización para la que trabajaba, y la evaluación tan mala me hacía sentir que les había fallado a todos.  

Tras la conmoción inicial, consideré mis opciones y pensé en cuestionar la evaluación o justificar mi posición. Pero me di cuenta de que la evaluación de mi jefa tenía algo de mérito, y finalmente tuve que resolver esto de una forma diferente: por medio de la oración.

He sido Científico Cristiano toda la vida y he visto muchas curaciones mediante la oración, incluso de relaciones personales. Y la base de este problema era mi relación con mi jefa. Me caía muy bien y me gustaba trabajar con ella porque tenía un gran sentido del humor. Al mismo tiempo, me sentía tentado a enojarme por lo que yo pensaba que era una evaluación injusta. Me di cuenta de que ella había hecho lo mejor que podía al evaluar mi trabajo, y reconocer que su intención había sido ayudarme a ser un mejor empleado era un buen primer paso. Sin embargo, eso no sanaba el sentimiento de injusticia que yo experimentaba.

Como tenía un viaje de media hora en el metro y una caminata de diez minutos para llegar a mi oficina cada mañana, decidí usar ese tiempo para leer y reflexionar sobre las Lecciones Bíblicas semanales que se encuentran en el Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana. Cada lección está compuesta de selecciones de la Biblia y del libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, por Mary Baker Eddy. Siempre me resultan muy oportunas y me proporcionan inspiración e ideas espirituales que a menudo son el punto de partida de mis oraciones.

Dios no creó trabajadores ineficaces y deficientes.

En mis caminatas reflexionaba sobre las ideas espirituales contenidas en las Lecciones y sobre la naturaleza de Dios y mi relación con Él. Estas Lecciones reforzaban el relato espiritual de la creación: que Dios hizo todo bueno, incluso al hombre hecho a Su semejanza. Esto significa que Él no hizo trabajadores ineficaces y deficientes. Yo sabía, por medio de mi estudio de la Ciencia Cristiana, que Dios es la Mente divina y que, por ser el reflejo de la Mente, o idea, yo incluía la inteligencia que me capacitaba para hacer bien mi trabajo. Las cualidades deseables en un empleado, como paciencia, diligencia, consideración y minuciosidad —las que me esforzaba por demostrar en mi trabajo— provienen de Dios. Sabía que todas estas cualidades son inherentes a todos Sus hijos, incluida mi jefa, y podemos apreciarlas el uno en el otro.

En la Ciencia Cristiana, otro nombre para Dios es Principio divino, y el Principio es expresado en cualidades tales como orden, eficiencia, exactitud y precisión. Oré para comprender no solo que, como idea del Principio, expresaba naturalmente orden, sino que también mi día estaba ordenado por el Principio y era el resultado armonioso de la guía de Dios.

Finalmente, oré específicamente por mi trabajo. Primero, le pregunté a Dios qué necesitaba saber yo para ser un mejor trabajador. En Ciencia y Salud dice: “El deseo es oración; y ninguna pérdida puede ocurrir por confiar a Dios nuestros deseos, para que puedan ser moldeados y exaltados antes de que tomen forma en palabras y en obras” (pág. 1). Para mí, esto quería decir que, puesto que mi deseo era ser bueno en mi trabajo, sería naturalmente guiado a saber y hacer lo que fuera que me hiciera un empleado más eficiente.

Entonces se me ocurrió que podía orar como Salomón en la Biblia: “Dame ahora sabiduría y ciencia” (2 Crónicas 1:10). Salomón era joven cuando se convirtió en rey de Israel, y no estaba seguro de su capacidad para guiar una nación tan grande. Sin embargo, él confió en que la sabiduría de Dios lo guiaba, y me di cuenta, como el joven ejecutivo que era, de que yo podía hacer lo mismo. Salomón fue recompensado con sabiduría porque no pidió cosas materiales, tales como riquezas o triunfo en las batallas. Del mismo modo, yo no quería ser un buen empleado simplemente para que me ascendieran y ganar más dinero. Tenía el genuino deseo de que me fuera bien por mi organización. Yo sabía que este era un motivo puro que sería recompensado con la sabiduría para hacer bien mi trabajo.

Esta receptividad para escuchar la guía de Dios me ayudó a mejorar en mi empleo, y tanto mis compañeros de trabajo como el personal superior me alentaron a lo largo del camino. Si bien no me transformé instantáneamente en un experto en mi especialidad, sí comencé a disfrutar más de mi trabajo y a sentir más confianza. Antes, había evitado responder preguntas de mis colegas acerca de mi trabajo porque no estaba seguro de mí mismo. Ahora, ya no hacía esto porque me di cuenta de que conocía las respuestas. Con las dos siguientes evaluaciones de mi desempeño recibí excelentes informes y fui promovido.

Desde entonces, he dejado ese empleo, pero estoy agradecido por las numerosas lecciones maravillosas que me enseñó esta experiencia. Yo diría que lo más importante es comprender que nuestro verdadero trabajo es el que somos capaces de hacer mejor: expresar inteligencia, sabiduría, precisión, creatividad —todas las cualidades de Dios— de una forma que nadie más puede hacer. De hecho, Dios es el único empleador, puesto que cada uno de nosotros está empleado por Él para ser la expresión individual de Él Mismo. Y Dios está muy satisfecho con nosotros porque somos la manifestación de Su sabiduría.

¡Así que no te preocupes por la próxima evaluación de tu desempeño! Tenemos la seguridad de un empleo eterno al realizar el trabajo de Dios.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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