La clave es mirar hacia arriba; elevar nuestros pensamientos más allá de la creencia de que la vida es material para reconocer y aceptar la naturaleza espiritual de la realidad que Jesús demostró y Ciencia y Salud expone. Porque si todo es pensamiento, es el universo del pensamiento el que necesita ser abrazado, edificado, sostenido y sanado.
Todo lo que realmente tenemos está ahora manifestando el resplandor de la bondad siempre presente e ilimitada de Dios. Por lo tanto, el hombre es la expresión natural de la fuerza, la energía, la vivacidad, la prosperidad, la eficacia, la motivación, la agudeza, el movimiento y el bienestar.
No obtenemos lo que necesitamos de ningún otro lugar que no sea el Amor divino, Dios. La ley del Amor nos permite ser agradecidos y generosos, sin perder nada. Estos estados de pensamiento pueden trascender cualquier ritual u obligación e impulsarnos a estar más conscientes de nuestra unidad con nuestro Padre celestial.
El Cristo mismo que estaba con esos tres hombres en el horno todavía está presente para salvar a la humanidad de la enfermedad, el pecado y la muerte.
La certeza espiritual de la seguridad y protección de Dios permaneció conmigo todo ese verano.
Cada vez que me comunico con mis amigos de Sudán del Sur, les digo que la única forma de sanar ese país es admitir el poder del amor. El amor que tiene su fuente en Dios —de quien la Biblia nos dice que es el Amor mismo— es el poder más asombroso de la tierra.
Mi amiga me dijo que a la familia de esta chica le habían dado la oportunidad de salir de Gaza.
Podemos esforzarnos por ser reformadores a través de nuestras oraciones por el mundo, viendo más allá de la aparente división la naturaleza espiritual de todos —nuestra verdadera identidad— y despertando a nuestra unidad con Dios y con los demás, más allá de cualquier frontera.
Jesús nos proporcionó dos de las mejores y más esclarecedoras presentaciones de “mostrar y contar”: la alimentación de miles de personas con una pequeña cantidad de comida.
Cuando su jefe regresó, nos dimos la mano y me fui. Mientras caminaba hacia mi auto, la mujer salió corriendo del edificio, me tendió las manos y me preguntó si podía orar con ella. Tomé sus manos y luego, en el estacionamiento, compartimos juntos un momento muy especial de oración.