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“¡Yo te levantaré!”

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 4 de mayo de 2026


Yo era una madre joven cuya familia luchaba por llegar a fin de mes, y había ido a la iglesia para adorar a Dios. Mi abuela siempre me había dicho que puedes sentir el amor de nuestro Padre celestial cuando oras, y cuando oré durante esa reunión de testimonios del miércoles en una filial de la Iglesia de Cristo, Científico, escuché que un ángel —una inspiración de Dios— me decía: “¡Yo te levantaré!” Desde ese momento, tuve la convicción de que Dios cuidaba de mi familia y de mí pasara lo que pasara. 

Había estado tratando de comprender mejor el hecho espiritual de que, a pesar de nuestros ingresos insuficientes, todo estaba bien. Ese servicio religioso fue un momento decisivo para mí, porque dejé de mirar lo que creía que era lo que me faltaba. En cambio, mientras oraba, di gracias a Dios, el Espíritu, por la abundancia de bien que siempre está proporcionando. La provisión del Espíritu divino está en todas partes. Di gracias a Dios por la prosperidad del mundo natural que me rodeaba y por lo que ya podía permitirme; incluso di gracias a Dios por las bendiciones de otros, como el coche nuevo que conducía mi vecino. Y oré por otros que también parecían necesitar algo. 

Mi versículo favorito de la Biblia siempre ha sido: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia; y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Sabía que en el cielo, en la armonía divina, nada falta.

El apóstol Pablo escribió sobre Dios: “En él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28). Por primera vez, entendí que esto quiere decir que vivimos en el Espíritu, en el cual la sustancia que Dios provee ya es nuestra y suficiente para cada necesidad. No tenemos que orar para que Dios nos dé más porque Él nos creó completos, y no nos falta nada bueno o necesario. 

Esa noche, seguí orando, reconociendo el hecho espiritual de que Dios es nuestra fuente infinitamente rica y amorosa. Estaba cediendo un sentido de mis circunstancias físicas ante la comprensión del bien infinito que proviene de Dios; me estaba elevando desde la sensación falsa de la vida como material hacia la conciencia de la infinita sustancia espiritual que siempre es nuestra. Sentía que, en esto, seguía a Cristo Jesús.

¿Quién demostró mejor la abundante gracia de Dios que Jesús cuando alimentó a miles con tan solo unos pocos panes y peces? Esta historia nos inspiró a mi marido y a mí unas semanas después de ese servicio religioso. Tras un día entero de ascender cientos de metros, nos sentamos en el campamento con otra pareja y nos enteramos de que se habían olvidado su cena. Mi marido y yo solo habíamos traído dos hamburguesas, dos manzanas y dos cubos de caldo. No obstante, los cuatro oramos juntos y dimos gracias a Dios por la comida que teníamos; la dividimos en cuatro porciones iguales y descubrimos que todos estuvimos completamente satisfechos con la cena.

La Biblia relata que antes de que Jesús resucitara a su amigo Lázaro (véase Juan 11:1-44), levantó los ojos y dio gracias a Dios. ¿No estaba elevando su percepción para contemplar la bondad y abundancia de Dios? En otras ocasiones, Jesús ordenó a las personas “levantarse” —por ejemplo, cuando resucitó de la muerte al único hijo de una viuda (véase Lucas 7:11-15)—.  

Jesús ejemplificó al Cristo, y dijo que sus seguidores debían sanar como él. Es nuestra unidad con Dios por ser Su semejanza lo que nos permite seguir obedientemente el ejemplo de Jesús. Como nos enseña Mary Baker Eddy en el libro de texto de la Ciencia Cristiana: “El Espíritu imparte la comprensión que eleva la consciencia y conduce a toda la verdad” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 505). Esta comprensión trae curación.

En los días que siguieron a ese servicio religioso, continué “buscando... primero el reino de Dios” dedicando diariamente tiempo a estudiar la Lección Bíblica semanal del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana. Estas lecciones me ayudaron a darme cuenta de que Dios —la Vida, la Verdad y el Amor— nos da el bien en abundancia. Encontré especialmente útil esta promesa del libro de Isaías: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche” (55:1). Siempre podemos acudir a nuestra fuente espiritual, Dios, para todo lo que necesitamos.

La Biblia nos da la Palabra de Dios, que es nuestra fuente de provisión, nuestra sustancia y nuestra vida misma. Y Ciencia y Salud arroja luz sobre esta Palabra espiritualmente enriquecedora. En lugar de perseguir metas materiales, seguí sirviendo y confiando en Dios en la iglesia y en todos los demás lugares. Poco a poco, inspirada por lo que aprendía a través del estudio diario de la Biblia y la oración, me sentí guiada a seguir una carrera en la prensa escrita y, posteriormente, en difusión y comunicaciones.

Un día, un amigo me pidió que fuera la voz de su anuncio televisivo. Cuando el productor me conoció, me ofreció un trabajo en su empresa. Y en pocos meses, me nombró su asistente. Durante los años siguientes, trabajamos juntos con mucho éxito. Mis circunstancias cambiaron significativamente; parecía como si las ventanas del cielo se hubieran abierto (véase Malaquías 3:10), y mi familia y yo salimos de la escasez.

Entonces, ¿quién es elevado a Dios por el mensaje sanador del Amor divino? Todo aquel que compromete su corazón a buscar una mejor comprensión de Dios, quien está atento y escucha Su dirección, y dedica su vida a Él. Jesús nos enseñó que es el Amor el que satisface cada una de nuestras necesidades. Al orar, invitamos a los ángeles, los pensamientos puros y amorosos de Dios, a nuestra consciencia para que nos eleven y sanen. Estos, a su vez, nos muestran que estamos unidos para siempre con Dios y Sus innumerables bendiciones. Hoy podemos alegrarnos de esta promesa de Pablo: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19).  

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