Tras contemplar las promesas de la Biblia y los escritos de la Sra. Eddy, así como estos artículos del Heraldo en línea, comprendí mejor que el Principio divino del reflejo asegura que nuestra riqueza espiritual se encuentre en la Mente ilimitada y permanezca estable.
Oré para ver que no podía ser privado de mi lugar correcto en el universo de Dios. Dios siempre emplea Su creación en la expresión de cualidades divinas, tal como abundancia, inteligencia, ingenio y alegría. De hecho, ese es nuestro propósito mismo: un trabajo que jamás podemos perder.
Dejar de lado el temor y cualquier creencia de que el bien es limitado o está fuera de nuestro alcance nos permite escuchar los pensamientos de Dios que nos guían y nos tranquilizan. Estas ideas son nuestras por derecho de nacimiento como hijos de Dios y abren el camino para que el bien se desenvuelva en nuestra experiencia.
Ahora sé mucho más claramente que todos somos espirituales, gobernados por Dios, el bien, y que cada uno tiene su propio propósito y camino para cumplirlo.
Para que el bien se destaque más en la sociedad, es de ayuda mantener los buenos modelos en el pensamiento. Eso incluye sin duda a personas generosas y valientes de muchas creencias y orígenes, que ilustran en cierta medida la verdadera naturaleza divina de todos.
Cuanto más seguimos el ejemplo de Jesús al ver a los demás —vecinos, familias, niños, colegas, etc.— de esta manera, tanto más miedo, resentimiento, duda y ego eliminamos, hasta que el reflejo de la bondad y perfección de Dios es lo único que se ve.
Mi identidad no está definida por la oscuridad de una estación, sino que es permanentemente buena, como Dios.
Las cualidades espirituales —tales como la sabiduría, la integridad, la claridad, la energía, la fuerza, la flexibilidad, la alegría y la paz— no nos pueden ser arrebatadas porque es Dios quien las otorga. ¡Así que paremos el péndulo!
Cada vez que pensaba que tenía una parte corporal deformada, o que no podía usar el pulgar normalmente, o que esta enfermedad era una consecuencia natural del envejecimiento o la herencia, refutaba con vehemencia esas creencias erróneas con la verdad de que el hombre refleja la bondad de Dios.
Neguémonos a permitir que la creencia en la edad nos tiente a sentirnos o a ser limitados. Dios no ve a nadie como si tuviera tantos años, o como si fuera joven. La única etiqueta que nos corresponde es “hijo eterno de Dios, hecho a Su imagen”.