“Sé que hay gente buena en el mundo”, me dijo el estudiante del bachillerato. “Lo que ocurre es que ahora sé que también hay gente malvada”.
Sí, su dieta habitual del contenido en TikTok que mostraba tiranía y brutalidad de todos los rincones del mundo había ayudado a forjar esta percepción. Pero no era solo eso, dijo. Simplemente tenía que mirar a su alrededor para ver que lo mismo ocurría en menor escala.
Quizá tú hayas sentido lo mismo respecto a esta división entre el bien y el mal. No es que las pruebas no estén ahí, delante mismo de nuestros ojos. Pero incluso en la conversación con este estudiante, había algo que ofrecía un rayo de esperanza. Su tono me decía que parte de él quería que le demostraran que estaba equivocado. Quería tener fe en que por lo menos hay algo bueno en cada uno de nosotros.
Esa es una función que la Ciencia Cristiana ha desempeñado en mi vida cuando he lidiado con preguntas difíciles. Volverme a Dios me ha ayudado a demostrar que mi propia perspectiva de las cosas no es necesariamente precisa. Esto no siempre es fácil de aceptar, porque parece chocar con una o más narrativas convincentes en mi vida o en mi móvil. No obstante, cuando acepto esta perspectiva divina, el bien resulta ser lo auténtico, el único poder —sí, incluso en personas que antes podrían haber parecido matones, tiranos y enemigos—.
En eso pensaba durante esta conversación sobre las “personas malvadas”. Recordaba la ocasión en que una amiga que es profesora del bachillerato me pidió que orara porque en su clase se estaba produciendo una situación volátil y potencialmente peligrosa. Un grupo de estudiantes parecía estar a punto de tomar el control de la clase. Ella estaba asustada —y, sinceramente, después de escuchar su historia, yo también—.
En el pasado, siempre que me sentía asustada o impotente, las más sanadoras y mejores soluciones siempre me venían cuando le pedía a Dios que me mostrara lo que Él sabe, lo que es real. Uno de los nombres que la Biblia le da a Dios es Verdad, y siempre me ha encantado este nombre porque me dice que, si quiero conocer la verdad real y no solo la mía o la de otra persona, Dios, la Verdad misma, es el único lugar donde conseguirla. De igual manera, Dios es Amor. Esto fue especialmente reconfortante en esta situación porque el Amor parecía ser una respuesta al peligro, al miedo y a la potencial violencia.
Recurrí a Dios —al Amor y a la Verdad— con todo mi corazón y pedí ayuda. Quería ver más allá de la apariencia de personas destructivas o intenciones malvadas y saber más sobre lo que realmente estaba ocurriendo. ¿Qué causaba, veía y sabía Dios sobre estos estudiantes?
De inmediato, me vino este pensamiento —y en realidad era más profundo que un pensamiento, porque también llegó como un sentimiento en mi corazón—: “Ellos quieren ser buenos”.
Sabía, de una manera innegable, que esto era cierto. El bien es como nuestra propia casa. Es lo más natural para cada uno de nosotros: el “verdadero norte” hacia el que nuestra brújula interna se dirige de forma natural. Esto tiene que ser así, porque venimos de Dios, que es puro bien. El bien puede crear y causar solo el bien. El bien debe fluir del bien, así como la luz tiene que fluir del sol, simplemente por la naturaleza de su fuente.
Podía ver cómo mi perspectiva anterior, por convincente que pareciera, simplemente no podía ser correcta, ya que estos adolescentes no eran individuos que pudieran determinarse a sí mismos y elegir entre ser buenos o malos. Cada uno de ellos era hijo o hija de Dios y solo era bueno, igual que su Padre-Madre.
Y esto resultó ser cierto. La situación en el aula de mi amiga cambió de inmediato. El acoso, las amenazas y la lucha de poder cesaron. Un estudiante incluso se disculpó.
¿Podría haber ocurrido esto si realmente existieran “personas malvadas”? Para decir lo obvio: No. Y eso es lo que me ha dado la convicción de que, incluso ahora, con todo lo que está pasando en el mundo, puedo seguir apoyándome con firmeza en la misma verdad que trajo paz al aula de mi amiga: Todos quieren ser buenos porque, en realidad, todos somos buenos.
¿Y cuando no parece ser así? Es entonces cuando podemos ser los testigos, los oradores, los videntes espirituales que nuestras comunidades y el mundo necesitan. Ya sea que veamos algo en nuestra propia esquina o en un vídeo de un país a miles de kilómetros de distancia, podemos contribuir defendiendo y sacando a relucir el bien. Podemos pedirle a Dios que nos muestre la bondad inherente a cada uno de nosotros y permitir que nuestra confianza en el bien se expanda hasta que realmente sepamos que eso es lo único que existe y que eso es lo que realmente somos. No malvados. Buenos.
Todos nosotros.
