Pronto me entregué por completo a Dios y a Su presencia. Le agradecí cuánto me amaba y por la oportunidad de estar en la vida de este familiar y de ayudarla con cariño cuando ella lo necesitaba. Las lágrimas fluyeron al sentir la presencia de Dios, y Su amor llenó mi conciencia.
Tuve que tomar varias decisiones, cada una de las cuales parecía que tenía que ser perfecta. No me sentía en paz con ninguna de ellas.
Sentí un gozo inefable. Me sentí contenta y feliz, con la fuerte convicción de que todo estaba bien y que, por ser espiritual, nunca había pasado por una condición discordante. Había despertado de un sueño hipnótico, una perspectiva falsa.
A veces podemos sentirnos tentados a pensar que, si enfrentamos un problema que no podemos resolver, entonces no estamos aplicando correctamente la Ciencia Cristiana o no sabemos cómo orar con eficacia. Afortunadamente, la Biblia ofrece ejemplos de curación para prácticamente todos los problemas conocidos por el hombre.
Una sensación de calma me invadió, como el abrazo de una madre, y supe que era Dios asegurándome que era seguro volver a la carretera.
Cada uno de nosotros hoy puede discernir este poder espiritual —el Amor divino que prevalece sobre cualquier otro— y, a medida que lo hacemos, aquello que pretende ser una fuerza opuesta y destructiva comienza a perder su credibilidad y su control sobre nosotros.
Esta certeza de que, cualquiera sea la situación, podemos aceptar que Dios nos ama y sentir Su cuidado, me ha sido muy útil y también le fue muy útil a él. Cuando lo vi la semana siguiente, me dijo sonriendo que leía las citas todos los días. Y la siguiente vez que lo vi, tenía buenas noticias que contarme.
Esta perspectiva más pura sobre lo que hacía —al confiar y glorificar a Dios— detuvo la sensación de lesión y dolor en la rodilla. El cambio fue inmediato. Crucé el paso, continuando hacia mi destino esa misma tarde con total libertad.
Abrí los ojos y le dije a mi entrenador que estaba listo para volver al hielo. Marqué un gol y una asistencia sin dolor alguno.
Tras haber experimentado una maravillosa curación, sentí el fuerte deseo de contarle a alguien lo del accidente. Pero me detuve. Reconocí que la fuente de esa tentación era el magnetismo animal; lo que Jesús llamó “un mentiroso”.