Durante un importante momento de transición en mi vida, no sabía cuáles eran los siguientes pasos que debía dar. Si me mudaba, tendría dos casas llenas de cosas con las que tendría que lidiar y una tercera que vender. Si me quedaba, tendría que tomar decisiones sobre mi situación de vivienda, incluida la unificación de los bienes del hogar.
Me preocupaba especialmente cómo iba a pasar todo si me mudaba; lo que implicaría reparar y vender una propiedad, reparar y alquilar otra, así como comprar y renovar la nueva. También requeriría empacar y mudar dos hogares a un mismo lugar, además de donar, distribuir y vender muebles y artículos varios, incluido un coche. Todo parecía que podría llevar al menos un año lograrlo.
En aquel momento, mis expectativas se basaban en paradigmas materiales sobre cómo debían hacerse las cosas y cuánto tiempo tomaría hacerlas, teniendo en cuenta experiencias pasadas y comentarios de otros. Al sentirme intimidado, recurrí a Dios en busca de guía. Oré: “Iré a donde quieras que vaya, viviré donde Tú me lleves, o me quedaré aquí”. “Simplemente muéstrame el camino y lo seguiré”.
Mi confianza en la sabiduría divina se basaba en lo que había aprendido por medio de mi estudio de la Ciencia Cristiana acerca de Dios como Amor infinito que satisface toda necesidad humana. Y así, durante esos días, seguí pidiendo en oración Su guía y también afirmando que la Mente divina única tiene el control total, no las diversas mentes mortales. Contrario a las percepciones materiales, la creación de Dios —incluido cada uno de nosotros— es completamente espiritual, y Él gobierna a todos según Su ley de armonía eterna.
Había presenciado la mano de Dios obrando muchas veces en mi vida y visto pruebas del gobierno divino en la resolución de situaciones difíciles. Así que comprendí que este nuevo desafío era una gran oportunidad para cambiar mi punto de vista acerca de la realidad del sentido equivocado de la vida en la materia —con todos sus altibajos, discordias y limitaciones— hacia la verdadera percepción espiritual de la Vida divina desenvolviéndose en orden y armonía.
Afirmé en oración que el plan de Dios para mí ya estaba en curso y se expresaba en abundante bondad, alegría, bienestar, empleo y provisión; todo lo cual no estaba limitado por los paradigmas materiales de cómo era mejor y más probable satisfacer las necesidades humanas.
Un paradigma podría definirse como un patrón o modelo. Una estrofa de un himno del Himnario de la Ciencia Cristiana transmite la bondad y armonía ilimitadas de los modelos espirituales de Dios:
Ningún defecto pudo dar
el Dios que es Creador al hombre,
fruto de bondad, a quien Amor formó.
Verdad, Amor y Vida son
el molde celestial,
y el hombre es nítida creación
de forma divinal.
(Mary Alice Dayton, N° 51)
Poco después de orar, conducía de vuelta a casa tras hacer unos mandados y vi un cartel de “Se vende” en una propiedad cerca de donde vivía. Me detuve a verla y me enteré de que otros posibles compradores ya habían hecho múltiples ofertas. Uno de ellos, basado en que se le aprobaría un préstamo hipotecario, había sido aceptado rápidamente por el vendedor. Me sentí guiado a solicitar yo mismo la aprobación previa de un préstamo, lo que resultó ser útil más adelante.
Seguí orando durante esos días, confiado en que las cosas se resolverían de forma ordenada y armoniosa. Un día, mi asesor financiero me envió un correo para concertar una reunión inesperada en un momento inoportuno, pero me sentí divinamente impulsado a asistir a la cita. Durante nuestra reunión, compartió una idea que fue fundamental para poder seguir adelante con la búsqueda de una propiedad para comprar.
Una cosa llevó rápidamente a la otra, y encontré un lugar en una zona que no había considerado antes, pero hacia donde me sentí divinamente guiado. Aceptaron mi oferta y firmamos un contrato de compra. La situación que viví estaba bien descrita en un versículo de la Biblia: “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11:8).
En oración, seguí apartándome de un sentido material de mi futuro con opciones limitadas y una serie de decisiones que tomar. En cambio, me esforcé por mantener una perspectiva espiritual, con Dios guiándome a cada paso del camino conforme con Su voluntad; y Él lo hizo. Al reconocer la presencia constante de Dios en cada oportunidad, me sentí tranquilo por este consejo en Proverbios: “Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas” (3:5, 6, LBLA).
Mary Baker Eddy, la Fundadora de la Ciencia Cristiana, escribe: “Cuán cierto es que todo lo que se aprende por medio del sentido material ha de perderse, porque el así llamado conocimiento es invertido por los hechos espirituales del ser en la Ciencia” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 312).
Esta es una adecuada descripción de por qué los paradigmas que había estado considerando antes eran tan limitados. Se basaban únicamente en el razonamiento humano. Vi tan claramente que necesitaba modelar mis expectativas según los infinitos paradigmas de Dios. Y oré para abrir el pensamiento y hacer la voluntad de Dios sin ningún límite material. Dios es la verdadera fuente de todo el bien y tiene abundante poder para bendecir. Desarrolla nuestras actividades y satisface nuestras necesidades desde una base espiritual ilimitada. Cuando nos apoyamos en Él, podemos lograr metas y encontrar soluciones de formas que quizá nunca habríamos imaginado posibles.
Un relato en el Evangelio de Juan muestra que Cristo Jesús superó paradigmas materiales limitados y demostró los infinitos paradigmas espirituales de Dios. Los discípulos habían entrado en una barca para dirigirse a Capernaum, y en la oscuridad de esa noche vieron a Jesús acercándose, caminando sobre el agua. “Ellos entonces con gusto le recibieron en la barca, la cual llegó en seguida a la tierra adonde iban” (Juan 6:21). Jesús había superado el pensamiento basado en la materia sobre cómo ir de un lugar a otro y cuánto tiempo debía llevar.
Entonces, ¿cómo es el tiempo de Dios? A veces, como en mi caso, es como un tren que va muy rápido. Mientras oraba, escuchaba y seguía la guía de Dios, los pasos que necesitaba dar se desenvolvieron rápidamente uno tras otro, y experimenté un “viaje” fluido y eficiente. Lo que al principio parecía que podría llevar alrededor de un año acabó tomando aproximadamente una cuarta parte de ese tiempo.
En otras ocasiones, la revelación de Dios puede parecer lenta y quizás implicar un crecimiento espiritual que no sabíamos que necesitábamos. En esos casos, debemos confiar en que Dios está preparando el camino, aunque el progreso inmediato no sea evidente. Ciencia y Salud nos instruye: “Espera pacientemente a que el Amor divino se mueva sobre la faz de las aguas de la mente mortal, y forme el concepto perfecto. La paciencia debe ‘[tener] su obra completa’” (pág. 454).
Las palabras de un himno capturan el maravilloso despliegue de los paradigmas de Dios:
Es el Espíritu quien guía nuestro andar,
y si el trabajo nuestro es,
la fuerza es de Dios.
Su gracia fuerza da,
sostén en la labor;
divino premio alcanzaréis
en dulce amanecer.
Divina voluntad, impulsas mi obrar;
de Dios, la gloria y el poder,
que alientan mi labor.
(Benjamin Beddome, Himnario de la Ciencia Cristiana, N.° 354, adapt. © CSBD)
