Cuando Jesús instruyó a los setenta discípulos para que salieran y sanaran a los enfermos, como parte de su consejo les advirtió que no llevaran una bolsa para el dinero, ni que llevaran equipaje o calzado extra. Nada de esto sería necesario en el viaje y la misión que se les había encomendado. Su poderosa razón se expone en Lucas 10:7: “El obrero es digno de su salario”. Para mí, esto significa que todos vivimos bajo el gobierno de Dios, que pone a nuestra disposición la comprensión de que toda necesidad está satisfecha y que Su cuidado hacia nosotros es digno de confianza.
No hay nada más que Dios, el Amor divino, el Principio, que sostiene nuestro camino, que nos hace avanzar constantemente. Una comprensión espiritual del significado de la remuneración nos permite expresar cualidades en nuestro trabajo que aportan aprecio y provisión justa. Al habitar en Dios, nuestra provisión ya está asegurada.
Hace un tiempo estaba evaluando el crecimiento de mi carrera. La verdad es que sentía presión para dejar mi trabajo, dada la cantidad de tiempo que había dedicado a hacer lo mismo. Había adquirido habilidades y presentado exámenes para ascender a un puesto de mayor escalafón y obtuve las mejores puntuaciones durante este proceso. Sin embargo, cuando solo quedaba un trámite antes de que me nombraran para un nuevo puesto, hubo un cambio de dirección en la empresa y las nuevas personas al mando desestimaron mi solicitud sin ninguna explicación. Me quedé con una sensación de injusticia, hacia mí, mis compañeros y mis supervisores inmediatos; agravada por la contratación de nuevo personal, que los empleados existentes veían como un indicador negativo para una posible promoción.
Era una escena caótica y el ruido de la inconformidad me dejó claro que tenía que tomar una postura espiritual. Podría haber recurrido a medidas jurídicas o quizá a mostrar mi molestia a través de otros medios. Pero a pesar de la turbulencia, conocer a Dios y comprender mi relación con Él me dieron las herramientas adecuadas para actuar desde la base de la Verdad y el Amor divinos, y la realidad del ser científico.
Le pedí a mi maestra de la Ciencia Cristiana que me apoyara mediante la oración, y estudié con dedicación los conceptos sanadores que se encuentran en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy. Fue de mucha ayuda encontrar un pasaje sobre el Ego divino, que incluye: “La Mente nunca entra en lo finito”. Y más adelante dice: “El Ego divino, o la individualidad divina, es reflejado en toda individualidad espiritual, desde lo infinitesimal hasta lo infinito” (pág. 336). Entonces, ¿cómo podría yo o cualquier otra persona definir el desarrollo profesional a partir de algo tan finito como las jerarquías humanas o cifras salariales?
Esto me animó a ver que, en realidad, tenía un balance de cualidades espirituales que habían sido beneficiosas no solo para mi familia y para mí, sino también para los muchos clientes de la entidad para la que trabajaba. Tuve un maravilloso sentimiento de gratitud al darme cuenta también de que la provisión siempre me acompañó y seguía acompañando mi recorrido; que su fuente no está en lo que denominamos “trabajo” y que, como Jesús enseñó, no necesito equipaje para cumplir con la labor que Dios, el empleador divino, ha establecido para mí.
Fue entonces cuando mi maestra me pidió que plasmara estas ideas en un escrito como prueba de mi progreso espiritual. A medida que seguía reflexionando sobre ellas, empecé a esperar con ilusión mis tareas diarias, que incluían confiar con total certeza que soy —como todos nosotros— cuidada por Dios, el Amor.
Unos días después de escribir estas ideas, fui convocada para hacer una prueba de conocimientos en mi lugar de trabajo y luego, en un proceso muy expedito, recibí el ascenso que antes me habían denegado. Mi comprensión del crecimiento y el progreso ya no se centraba en las convenciones humanas de grado y rango. En cambio, poco a poco había ido comprendiendo que el nuevo puesto no era un fin en sí mismo, y estaba lejos de ser el objetivo final. Al contrario, fue una de las muchas consecuencias de ceder a la comprensión del “salario divino” —o provisión espiritual— que nos pertenece a todos. Esto nos acerca al verdadero significado del trabajo, sabiendo con absoluta certeza que somos el reflejo de nuestro Padre-Madre Dios, y que el Amor infinito acompaña cada uno de nuestros pasos. Somos dignos de experimentar una alegría genuina en todo lo que hacemos.
Por esta experiencia, y por muchas bendiciones recibidas, doy gracias a Dios por la Ciencia Cristiana, Cristo Jesús, Mary Baker Eddy, mi maestra, y por todos los que apoyan la práctica de las enseñanzas de la Verdad.
