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¿Es posible la curación?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 27 de abril de 2026


Muchos se han hecho esta pregunta. Los psiquiatras pueden decir que depende de la función física y el estado del cerebro. Los psicólogos pueden responder que las relaciones pueden sanarse, pero solo si ambas partes están dispuestas a cambiar. Los médicos en general pueden responder a esta pregunta basándose en datos, experiencia y pronósticos. Pero ¿cómo responde un Científico Cristiano a la pregunta? 

Cristo Jesús, cuya vida y enseñanzas establecieron el cristianismo, respondió a ello a través de sus obras. Su curación de ciegos, enfermos, incluso pecadores, muestra que la curación es posible únicamente por medios espirituales. Solo una vez necesitó tratar espiritualmente a un paciente dos veces (véase Marcos 8:25), y solo hay un lugar —Nazaret, la ciudad natal de Jesús— donde “no hizo… muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos” (Mateo 13:58). Este último comentario muestra la importancia que tiene nuestro pensamiento respecto a la curación.   

Tenemos que considerar nuestra disposición a ser sanado. Antes de que Jesús sanara a un hombre en el estanque de Betesda, le hizo esta pregunta clave: “¿Quieres ser sano?” (Juan 5:6). Nuestra primera respuesta al buscar curación suele ser: “¡Sí, quiero ser sanado! ¡Quiero estar bien! Quiero estar activo, moverme, estar sano”. Pero también debemos considerar: “¿Estoy dispuesto a cambiar mi forma de pensar, mis deseos y mis acciones para mejor? ¿Estoy dispuesto a renunciar a las creencias falsas; aunque eso signifique cambiar mi carácter?”

Mary Baker Eddy escribe en su libro de texto, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “A fines del siglo diecinueve demostré las reglas divinas de la Ciencia Cristiana. Estas fueron sometidas a la prueba práctica más amplia y en todas partes, cuando se aplicaron honestamente bajo circunstancias donde la demostración era humanamente posible, esta Ciencia demostró que la Verdad no había perdido nada de su eficacia divina y sanadora, aun cuando habían transcurrido siglos desde que Jesús practicó estas reglas en las colinas de Judea y en los valles de Galilea” (pág. 147).

Una aplicación honesta de las reglas divinas de la Ciencia Cristiana requiere un corazón honesto y abierto; un corazón decidido a ser más cristiano en la vida diaria, a pensar de forma más espiritual y expresar cualidades divinas como veracidad, altruismo, mansedumbre, bondad, perdón y así sucesivamente. Un corazón así incluye la disposición a enfrentar patrones de pensamiento materiales que nos impedirían demostrar nuestra verdadera individualidad como hijos de Dios. Un corazón así, que se esfuerza por conocer su unidad con Dios, permite al Cristo, la verdadera idea de Dios, revelar lo que debe corregirse para que se produzca la curación. Si bien es necesario estudiar el sentido espiritual, la Palabra inspirada, de la Biblia, es la receptividad al espíritu del Cristo que está dentro de cada uno de nosotros lo que hace posible la curación.

Un corazón honesto procura la realidad espiritual sin vacilar, con humildad y devoción. Hay un enorme consuelo en esta declaración del libro de texto de la Ciencia Cristiana: “La devoción del pensamiento a un logro honrado hace posible alcanzarlo” (Ciencia y Salud, pág. 199). Esto nos asegura que, a medida que consagramos el pensamiento al logro honesto de conocer a Dios y sanar, nuestros esfuerzos tendrán éxito. 

Los efectos tangibles de nuestra devoción de pensamiento prueban que la Ciencia Cristiana es práctica y demostrable. Podemos preguntarnos: “¿He dedicado todo mi corazón —todo mi pensamiento, mi vida y mi ser— a la búsqueda de comprender mejor a Dios? ¿O justifico mis acciones y no estoy dispuesto a cambiar y me aferro a la evidencia física que tengo delante, sintiendo que el concepto falso se puede manejar?” Estas son preguntas sinceras. Sus respuestas sinceras nos ponen en el camino hacia la curación.

¿Qué hace posible la curación a través de la oración? Dejar a un lado toda planificación propia, esquematización propia, autosuficiencia y voluntad propia, y apoyarse únicamente en Dios para que nos guíe en tiempos turbulentos. Las circunstancias difíciles no nos obligan a consultar teorías materiales sobre la curación. Esto se debe a que la curación consiste en rendirse total e inequívocamente a Dios y a Su poder y a dejar atrás viejas formas de pensar: vencer el miedo, la venganza, el odio, y demás. Cuando abrimos el pensamiento al poder del Cristo, la Verdad, aceptamos fácilmente las ideas divinas que llevan a la curación. 

El pensamiento espiritualizado no es teórico, sino que da lugar a la demostración práctica de las leyes de la Verdad divina aquí y ahora. Al ver espiritualmente, percibimos lo que realmente hay a nuestro alrededor, pero parece oculto a los sentidos físicos. Entonces aceptamos la tremenda presencia y amor de Dios, incluso en medio de tormentas mentales y físicas. Y esto resulta en la curación.

En una ocasión, una amiga me llamó para recibir un tratamiento de la Ciencia Cristiana. Estaba luchando con un dolor en la cadera y las piernas y no podía caminar. Cuando orábamos para ver a Dios, no al cuerpo físico, como la fuente de su movimiento, ella fue guiada a esta declaración: “La Verdad es un alterante para el organismo entero, y puede [sanarlo] completamente” (Ciencia y Salud, pág. 371). Ella siguió orando, reconociendo la perfección que Dios le había dado como hija de Dios, y pronto pudo caminar usando un bastón prestado. En unos días más ya estaba subiendo y bajando las escaleras libremente, dando largos paseos y andando en bicicleta. Estaba completamente sana.

La Verdad divina opera en la consciencia humana destruyendo naturalmente todo lo que es desemejante a ella misma. Esta operación mental llega tan rápido como se acepta el espíritu de la Verdad. Es posible porque la Verdad supera naturalmente el error. Esa es la actividad de la Verdad. 

La receptividad a la Verdad significa que estamos dispuestos a aceptar la ley de Dios. Pero no termina con la aceptación; también requiere estar dispuestos. Requiere que dejemos de lado nuestros deseos personales y retomemos el único deseo de Dios: que Lo conozcamos y hagamos Su buena voluntad. Esto requiere receptividad a la Verdad y una falta de receptividad al temor, la ira y el odio. Es decir, requiere dejar atrás teorías y creencias materiales y comprender que Dios y el ser espiritual del hombre —la verdad científica misma de que lo único que realmente existe es Dios y la creación de Dios— están aquí presentes.   

No hay Dios y hombre y enfermedad, ni Dios y hombre y pecado. Lo único que existe es Dios y Su creación; la Mente divina y su idea; la Verdad y su expresión. Alcanzar esta comprensión espiritual disuelve el pecado, la enfermedad y la muerte. La Sra. Eddy explica: “Toma consciencia por un solo momento de que la Vida y la inteligencia son puramente espirituales —ni están en la materia ni son de ella— y el cuerpo entonces no proferirá ninguna queja. Si estás sufriendo por una creencia en la enfermedad, repentinamente te encontra­rás bien” (Ciencia y Salud, pág. 14). 

¿Cómo llegamos a ese “solo momento” en el que reconocemos que la Vida y la inteligencia son puramente espirituales? Hacemos esto al abrir nuestro pensamiento a la totalidad de Dios y a Su buena creación, y nada más. Esto es lo que significa “[tomar] consciencia” de que lo único que existe es la Vida y la inteligencia, ni en la materia ni de la materia. Todo es el Espíritu, Dios, y la expresión infinita del Espíritu. Todo es el Amor divino y la imagen del Amor. Todo es la Vida y la manifestación de la Vida. Estas verdades cristianamente científicas y bíblicas —basadas en las enseñanzas de Cristo Jesús— revelan lo que hay aquí y ahora: la unidad y perfección de Dios y el hombre.

No obstante, la resistencia al pensamiento basado en la materia, o mente mortal, podría parecer ocultarnos la verdad espiritual y científica. Afirma tener la capacidad de contrarrestar el Amor divino, Dios, omnipresente y que todo lo abarca, y a Su expresión. Esta mentalidad basada en la mente mortal, si no es destruida, aparentemente eclipsaría todo el poder de Dios. Sin embargo, la verdad es que este llamado pensamiento no receptivo se disuelve mediante la luz del Cristo, la Verdad. Es eliminado por la omnipresencia de la Verdad infinita.

Puede parecer que este estado de pensamiento de “alteridad”, esta falta de receptividad, no puede ser liberada por nosotros ni destruida por la Verdad. Pero esto es una mentira, la pretensión de que hay un pecado imperdonable. La Sra. Eddy escribe: “El perdón de la misericordia divina es la destrucción del error” (Ciencia y Salud, pág. 329). Ninguna creencia falsa es imperdonable —incapaz de ser revertida y destruida— porque toda creencia falsa se disuelve cuando se reconoce que proviene de un falso sentido de Dios y del hombre. 

El único momento en que convertimos, al orar, un sentido de vida no receptivo y basado en la materia (que incluye temor, enfermedad, odio, etc.) en una comprensión espiritual de la Vida (que incluye verdad, salud, amor, etc.) es el único momento en que se produce la curación. Lo que al principio puede parecer humanamente imposible demuestra ser posible a medida que el pensamiento se eleva al hecho científico de que no hay mal en la creación de Dios. 

Cuando cuestionamos si la curación es posible, no estamos preguntando si los sentidos físicos están de acuerdo o si los profesionales médicos bienintencionados coinciden. Más bien, nos preguntamos: “¿Estoy sobre el terreno espiritual sólido de no tener ‘alteridad’, aceptando solo a Dios y a Su creación como todo?” Si es así, es entonces cuando demostramos que todas las cosas son posibles para Dios. Toda curación es posible para la Verdad.

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