En el Reino Unido hay un eslogan publicitario muy conocido: “Hace exactamente lo que dice en la lata”. Esta fue una herramienta eficaz para la empresa que la utilizó para promocionar su pintura para vallas.
Las etiquetas de los productos informan a los consumidores qué están comprando y qué puede hacer el producto; así que cuando compramos, miramos la etiqueta.
Pero ¿qué ocurre cuando ponemos etiquetas a las personas o a nosotros mismos, o aceptamos etiquetas que otros han puesto sobre la gente o sobre nosotros?
Cuando hacemos suposiciones sobre alguien basándonos en factores como la apariencia, la riqueza, el estatus social o la condición física, estamos etiquetando. Sin embargo, Dios no ve así a ninguno de Sus hijos. En el primer capítulo de la Biblia, aprendemos que el hombre —la verdadera identidad espiritual de cada uno de nosotros— es creado a imagen y semejanza de Dios, del Espíritu, y que “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
La Biblia nunca dice que Cristo Jesús hacía comentarios sobre la apariencia externa de alguien o le prestaba atención. Al Maestro no le importaban las etiquetas. Solo miraba la verdadera identidad que Dios había creado de cada persona, la cual es totalmente espiritual, y esta perspectiva traía curación.
Me resulta sumamente útil rechazar la etiqueta de “demasiado viejo”, que se basa en suposiciones erróneas sobre cómo son y qué pueden hacer las personas mayores de cierta edad. Yo siempre he sido muy activa: corro, subo montañas y practico todo tipo de deportes al aire libre. Puede ser tentador ceder a las opiniones de familiares y amigos bienintencionados que, en ocasiones, han sugerido que quizá ya no debería dedicarme a actividades tan exigentes, porque podría desgastarme las rodillas o necesitar días para recuperarme después.
Por supuesto, no quiero que mi familia se preocupe por mí, y desde luego no hago nada imprudente. Pero sé que Dios no me creó para expresar con alegría cualidades como vigor, fuerza, capacidad, confianza, concentración y disciplina solo durante unas pocas décadas para luego ver cómo decaen esos dones. De mi estudio de la Ciencia Cristiana, he aprendido que mis piernas, rodillas, pies, etc., no tienen ningún poder en sí mismos ni de sí mismos, y desde luego no marcan el tiempo en un calendario.
El libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, aconseja: “Jamás lleves cuenta de la edad. Los datos cronológicos no son parte de la vasta eternidad. Los registros de nacimientos y defunciones son otras tantas conspiraciones contra el estado completo de hombres y mujeres.... El hombre, gobernado por la Mente inmortal, es siempre bello y sublime. Cada año que pasa desarrolla sabiduría, belleza y santidad” (Mary Baker Eddy, pág. 246).
He podido comprobar esta verdad en mi vida diaria. Recientemente, empecé a entrenar como salvavidas, o socorrista, y a pesar de ser la aprendiz más veterana de mi club, puedo cumplir con los requisitos de natación e incluso he estado mejorando. Antes de cada sesión de entrenamiento, me aseguro de prepararme metafísicamente estableciendo con firmeza en mi pensamiento el hecho espiritual de que con Dios todas las cosas son posibles. Me encanta especialmente este versículo de la Biblia: “Los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas; se remontarán con alas como las águilas,
correrán y no se cansarán” (Isaías 40:31, LBLA).
El Padre Nuestro pide a Dios “no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos” (Mateo 6:13). Me gusta mucho esta confirmación de que todo poder viene de Dios, el Espíritu. Así que no nos apoyamos en un cuerpo físico para tener velocidad y fuerza, y no debemos sentirnos tentados a creer que el mal puede ser el resultado de expresar vigor.
Además de disfrutar de los desafíos físicos de ser salvavidas, he comprobado que puedo aportar una perspectiva única a las noches de entrenamiento en el club. Al tener más del doble de edad que la mayoría de los otros participantes, he podido compartir ideas nacidas de mi propia experiencia en la vida.
Neguémonos a permitir que la creencia en la edad nos tiente a sentirnos o a ser limitados. Dios no ve a nadie como si tuviera tantos años, o como si fuera joven. La única etiqueta que nos corresponde es “hijo eterno de Dios, hecho a Su imagen”.
