Me inspiro y busco consejo en el primer artículo de fe de la Ciencia Cristiana: “Como adherentes de la Verdad, tomamos la Palabra inspirada de la Biblia como nuestra guía suficiente hacia la Vida eterna” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 497).
La Biblia es una biblioteca de inspiración compilada a lo largo de miles de años que refleja el crecimiento de la comprensión de Dios en las personas. Lo que aporta relevancia vibrante y contemporánea a las historias bíblicas es que son experiencias de la humanidad compartidas a lo largo de milenios. Pueden tener elementos tanto de alegoría como de historia, pero la prueba absoluta de la persistencia de cualquier historia o ficción es su aplicación y relevancia hasta el día de hoy. La Ciencia Cristiana enseña y demuestra que las verdades bíblicas sanan ahora y seguirán sanando en los tiempos venideros.
Las curaciones de Cristo Jesús, tal como se registran en los cuatro Evangelios, no solo fueron un testimonio de su propia espiritualidad, sino demostraciones que siguen enseñándonos acerca de nuestra espiritualidad. De sus numerosas obras, aprecio en particular la curación del hombre en el estanque de Betesda (véase Juan 5:2-9). Este hombre no había podido caminar durante 38 años, pero Jesús lo sanó de inmediato. El relato muestra que incluso una experiencia de inmovilidad de determinada duración puede ser revertida mediante el poder atemporal y siempre activo de Dios, el Espíritu omnipresente, demostrado a través de la acción sanadora inmediata del Cristo, la Verdad.
Hace algunos años tuve una experiencia que duró un poco más que la instantánea liberación del hombre junto al estanque que realizó el Maestro, pero que, no obstante, resultó en curación.
Mi esposa y yo habíamos acordado encantados cuidar con regularidad a nuestros nietos, que en ese entonces eran un bebé y unos niños pequeños. Pero un día, de repente descubrí que no podía mover los brazos por encima de la cabeza sin que me dolieran. Levantar a los niños era, por supuesto, una tarea habitual, y no podía ponerlos sobre mis hombros como siempre les había gustado que hiciera.
Al principio, pensé que la condición pronto desaparecería. Cuando no lo hizo, algunos familiares me recomendaron que fuera a un quiropráctico; así que tuve que tomar una decisión: buscar un remedio físico o confiar en la Ciencia Cristiana para sanar. Había tomado la clase de instrucción Primaria de la Ciencia Cristiana hacía muchos años, pero de vez en cuando tenía la tentación de olvidar algunas de esas maravillosas lecciones y las pruebas de curación que ya había experimentado. Vi esto como una oportunidad para demostrar de nuevo lo que había aprendido: que la oración, de hecho, sí sana y, en el proceso, nos ayuda no solo a obtener alivio físico, sino también a crecer espiritualmente.
Tras unos días de oración persistente y tratamiento metafísico por parte de un practicista de la Ciencia Cristiana, se me ocurrió empezar un proyecto de exploración espiritual: leería Ciencia y Salud de principio a fin; también leería los cuatro Evangelios para aprender más sobre la vida de Jesús y su práctica de curación espiritual. Esta actividad no requería elevar los brazos, solo mi pensamiento.
Mi proyecto duró unos meses durante el verano, pero me animó la siguiente declaración (en la cual Mente es sinónimo de Dios): “Hablando de su campaña, el General Grant dijo: ‘Me propongo combatir en esta línea, aunque tome todo el verano’. La Ciencia dice: Todo es la Mente y la idea de la Mente. Tienes que combatir en esta línea. La materia no te puede proporcionar ayuda alguna” (Ciencia y Salud, pág. 492).
A medida que leía empezó a surgir una renovada inspiración, incluida la realidad de la curación espiritual y la necesidad de mejorar nuestro “mercurio de la moral”, que “al subir o bajar, registra su capacidad sanadora...” (Ciencia y Salud, pág. 449). Necesitaba purificar mi pensamiento, no meramente cambiar una condición dolorosa.
A mitad de mi proyecto de lectura, decidí dedicarme a tener una expectativa de libertad. Aunque todavía tenía algo de dolor, compré un hacha para cortar leña en el otoño.
A medida que la verdad de las enseñanzas de Ciencia y Salud y la realidad de las curaciones del Evangelio seguían revelándose a través de mis lecturas, el dolor en el brazo disminuía. Para el final del verano, mi proyecto de lectura había terminado y estaba libre de dolor y movimientos restringidos. Pronto empecé a cortar leña. Y una de mis fotos favoritas tomadas cerca de Navidad es la de mi nieto de dos años sentado felizmente sobre mis hombros, después de que mis brazos totalmente libres de dolor lo levantaron en alto.
La obra de Jesús manifestó realmente la ley divina, demostrando que la curación espiritual está al alcance de todos nosotros. Y eso es lo que la Sra. Eddy comprendió y compartió con la humanidad al escribir Ciencia y Salud; publicado por primera vez hace ciento cincuenta años; al crear la Iglesia de Cristo, Científico, y fundar las publicaciones periódicas de la Ciencia Cristiana, todas las cuales siguen prosperando hoy en día, incluyendo The Christian Science Monitor, periódico ganador del Premio Pulitzer.
William Ward
St. Louis Park, Minnesota, EE. UU.
