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Salvada en una emergencia

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 23 de marzo de 2026

Original en español 


Cuando era niña, asistí a la Escuela Dominical de una iglesia de la Ciencia Cristiana. En nuestras clases teníamos maestros amables y gentiles que nos explicaban con cariño que Dios nos ama. Allí aprendimos los Diez Mandamientos que dio Moisés.

Los Diez Mandamientos han sido muy importantes en mi vida, y me gusta recitarlos regularmente. Me han ayudado a respetar a Dios y a los demás. El amor a Dios y el amor al hombre son la esencia de cada mandamiento.

Una vez, en la Escuela Dominical, tuve una conversación sobre el mandamiento relativo a los padres. En Éxodo 20:12 dice: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. Durante mi infancia, mi padre estuvo en el ejército de los Estados Unidos, y durante los años 60 vivimos en España, en una base militar de fuerza aérea estadounidense cerca de Madrid. Mi padre solía hacer largos viajes por Europa. Cuando él estaba fuera, mi madre hacía muchas cosas por los cuatro hijos de nuestra familia. Ella fue padre y madre en esos momentos.

A mi madre le gustaban los lagos y los ríos, ya que creció en el estado de Minnesota, famoso por sus numerosos lagos. Le encantaba acercarnos al agua para que pudiéramos nadar. Cuando yo tenía 12 años y mi padre estaba fuera, mi madre nos llevó a pasar un tiempo en un río cerca de Madrid.

El río no parecía muy ancho y tenía una playa pequeña. No había mucha gente allí ese día. Mis dos hermanas menores y yo estábamos jugando muy felices, cuando de repente, un zapato de una de mis hermanas cayó al río. Entré en el agua para recogerlo y de inmediato el suelo bajo mis pies cedió, y una corriente debajo del agua me arrastró muy rápido. La playa era pequeña y el resto de la orilla del río estaba lleno de arbustos tupidos.

Sabía nadar bien, pero la corriente me arrastraba muy rápido y sentía que no podía hacer nada al respecto. Mi madre me vio y corrió detrás de los arbustos mientras me gritaba que me acercara y me aferrara a uno de ellos. No pude hacerlo. Sentí miedo, y pensé que tal vez había una serpiente en las ramas. Ella seguía corriendo y gritando lo mismo varias veces.

Siempre he sabido que Dios me ama, y confié en que Él estaba conmigo en ese preciso momento. Sabía que la “voz callada y suave” de Dios nos guiaba a mi madre y a mí. Me sentí inspirada a pensar en los Diez Mandamientos y, en ese momento de temor, quise honrar a mi madre escuchándola. Obedecí sus órdenes y, cuando extendí el brazo hacia ella, me levantó con una fuerza increíble y de inmediato estuve en tierra seca. Me abrazó y juntas hicimos una oración de gratitud a Dios. No hubo lágrimas, solo sonrisas y alegría.

Esta fue una gran lección para mí: la de obedecer no solo a mi madre, sino también a Dios. Estoy muy agradecida de haber asistido a la Escuela Dominical todos los domingos en mi juventud y de que mi madre haya sido una gran influencia en mi vida. Aquel día, ambas estábamos escuchando a Dios.

Joan Enguita Willingham
Palmdale, California, EE. UU.

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