Ahí estaba yo, sentado en una oficina con dos gerentes diciéndome que me iban a despedir. Llevaba más de cinco años trabajando en la empresa, pero me despidieron en cinco minutos. El gerente principal me preguntó si tenía alguna pregunta. Lo que salió de mi boca me sorprendió: “No, pero tengo fe”.
Mientras caminaba a casa, pensé en lo que acababa de decir. ¿De verdad tenía suficiente fe como para confiar por completo en la dirección de Dios en mi carrera? ¿Realmente creía que Dios, el Amor, cuidaba de mí y de mi familia? Cuando llegué a casa, tenía algunas dudas angustiosas, y supe que era hora de recurrir a Dios con todo mi corazón y orar.
Encontré reconfortante esta declaración de Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana: “Recuerda, no puedes ser llevado a ninguna circunstancia, por más grave que sea, en la que el Amor no haya estado antes que tú y en la que su tierna lección no te esté esperando” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, págs. 149-150).
Lo primero que necesitaba hacer era abandonar cualquier resentimiento o desaliento por perder mi trabajo a pesar de recibir buenas evaluaciones de desempeño y cumplir con las normas de la empresa. Razonaba que, puesto que todo lo que Dios creó es bueno, como nos dice el primer capítulo de la Biblia, podía ver a toda la humanidad a través de esa lente pura. A pesar de las apariencias, Dios —no un empleador humano— estaba realmente a cargo de mi carrera, y yo era libre de escuchar y seguir Su guía para dar mis próximos pasos.
También necesitaba abordar el miedo a la pérdida de ingresos. La Ciencia Cristiana enseña que Dios es el bien mismo y, por lo tanto, la fuente de todo el bien. Él es la Mente infinita, así que las bendiciones que da nunca están limitadas a un tiempo, lugar o actividad determinados, y puedo confiar en Él para que me proporcione ideas correctas donde y cuando las necesite.
Un salmista relata que, durante el Éxodo, los israelitas rebeldes preguntaron: “¿Podrá Dios preparar mesa en el desierto?” (Salmos 78:19, LBLA). “¿Qué no puede hacer Dios?” responde la Sra. Eddy en el libro de texto de Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras (pág. 135), reflejando la certeza de Jesús de que “para Dios todo es posible” (Mateo 19:26).
Oré para ver que no podía ser privado de mi lugar correcto en el universo de Dios. Dios siempre emplea Su creación en la expresión de cualidades divinas, tal como abundancia, inteligencia, ingenio y alegría. De hecho, ese es nuestro propósito mismo: un trabajo que jamás podemos perder. El primer capítulo del Génesis nos dice que el hombre está hecho a semejanza de Dios; por lo tanto, como reflejo de Dios, cada uno de nosotros es completo y está seguro y no tiene que albergar dudas ni temores sobre nuestro sustento. Afirmé que el Amor divino seguiría guiándome y revelando un trabajo útil y productivo que me bendeciría no solo a mí, sino también a mi familia y comunidad.
Ciencia y Salud nos asegura: “El Amor divino siempre ha respondido y siempre responderá a toda necesidad humana” (pág. 494). Yo había visto esta ley divina demostrada en mi propia vida y en la de otros, así que en mi oración afirmé con confianza que seguía operando a lo largo de toda mi experiencia. Al hacerlo, me vino al pensamiento un cliente con el que había trabajado hacía un tiempo. Él había trabajado en el mismo campo, pero para otra empresa. Se me ocurrió que tal vez esta empresa estaría contratando, así que la busqué en internet y ¡vi que efectivamente lo estaba!
Aunque estábamos en la plena y ajetreada temporada de fin de año, envié mi currículum y confié todo el resultado a Dios. En dos semanas, tres gerentes de la empresa me entrevistaron y pronto me ofrecieron un gran trabajo con excelentes beneficios.
El proceso de contratación y la incorporación con el nuevo empleador fueron tan rápidos y armoniosos que sentí que nunca había estado realmente sin trabajo. Acababa de encontrar una nueva forma de compartir los talentos que Dios me había dado. Su amorosa bondad me había dado más tiempo libre con mi familia durante las fiestas, así como más tiempo para orar, y seguí recibiendo el sueldo de mi antigua empresa hasta el día en que empecé a trabajar en la nueva.
En este nuevo puesto, trato de abordar cada tarea e interacción con mayor confianza en la provisión y dirección de Dios para todos, y esto ciertamente tiene un efecto armonizador en cualquier trabajo en el que estemos envueltos. Puedo decir con confianza que comprender a Dios como nuestro verdadero empleador eterno puede producir un profundo cambio profesional, lleno de alegría, productividad y seguridad.
