
Relatos de curación
Empecé a leer el libro. Aunque al principio no comprendí el contenido, sentí que me haría bien, así que seguí explorándolo. Compré un número de El Heraldo de la Ciencia Cristiana. A medida que lo leía, empecé a entender más.
Aunque era evidente que estaba bajo la influencia de drogas o alcohol, yo no tenía miedo. Mis oraciones anteriores me habían preparado, y estaba tranquila, sabiendo que siempre estamos protegidos en nuestro servicio a Dios.
Agradecí inmensamente a Dios y sentí una renovada fortaleza para seguir aprendiendo y practicando las enseñanzas de la Ciencia Cristiana.
Afirmaba que yo era una idea espiritual de la Mente divina, Dios, y que era pura y perfecta, y cuanto más no solo creía, sino que también comprendía esto, más sólida y tranquila me sentía.
Sabía que lidiar con el concepto de la malapráctica no tenía por qué ser espeluznante o misterioso, sino que era necesario defenderme mentalmente de la malicia, las imposiciones sobre mi buen trabajo o cualquier otra cosa que pareciera interferir con mi seguridad y unidad con Dios, el Amor divino.
Una lección muy importante que aprendí de esto es que nunca debes dejarte vencer por el miedo o la ansiedad sobre lo que podría pasar. La ayuda de Dios es suficiente para satisfacer todas las necesidades, ¡y podemos confiar en ello!
También recuerdo algo más que tuvo un gran impacto en mí. Era la idea de que ni en la vida hay dolor, ni en el dolor hay vida. Ese pensamiento era un bálsamo; fue tan profundo para mí que en tres minutos el dolor desapareció por completo. Fue muy satisfactorio, una experiencia muy inspiradora.
Mientras escuchaba para recibir los pensamientos de Dios, este mensaje angelical me llegó calladamente: “… Vida es sólo Amor” (Mary Baker Eddy, Himnario de la Ciencia Cristiana, N.° 30). Estas palabras llenaron mi consciencia. No solo capté intelectualmente esta idea; sabía, sin duda, que Dios, el Amor todopoderoso, me rodeaba a mí y al mundo entero.
Cuando me levanté a la mañana siguiente, rengueaba un poco, pero pude ir a mi negocio y trabajar todo el día. Oré para ver que mi fuerza y capacidad como hijo de Dios estuvieran intactas para siempre.
Desde entonces, ha habido instancias en las que me he torcido la misma rodilla, pero cada vez declaré que ya había demostrado que estaba bajo el gobierno armonioso de Dios, y esto silenció el miedo a las lesiones, lo que resultó en curación.