
Relatos de curación
Pasaron muchos meses antes de que pensara en volver a subirme a una bicicleta. Sin embargo, un domingo por la mañana del mes de junio siguiente gané la confianza para reanudar esa actividad después de cantar un himno en nuestra iglesia filial de la Ciencia Cristiana.
A los amigos les preocupaba la posibilidad de que nuestra casa fuera embargada si no la vendíamos, y nadie pensó que encontraríamos un comprador. Pero yo estaba agradecida de que nuestra casa nos hubiera bendecido durante ocho años, y sabía que bendeciría a alguien más.
La confianza en la omnipotencia y omnipresencia de Dios, el Espíritu, nos da la autoridad espiritual para silenciar el miedo y vencer la creencia de que la enfermedad es real y puede ser contagiosa. Al cuidar de nuestra familia, oré para sentir esa confianza espiritual.
Comprendí claramente que nunca había dejado de estar bajo el cuidado de Dios. Acepté este hecho y continué orando, afirmando mi unidad y semejanza con Dios.
El hecho es que no hay nada que arreglar en la creación de Dios; solo hay Verdad, toda la Verdad, y nada más que la Verdad. No importa cuán oscuras parezcan ser las cosas, nada puede poner fin a la Verdad.
Estoy agradecida por esta demostración eficiente de la eficacia sanadora de las verdades de la Ciencia Cristiana, que se dan en todo el mundo a través de la Lección-Sermón leída durante los servicios de la iglesia de la Ciencia Cristiana.
En su Sermón del Monte, Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos. En esta situación, interpreté sus palabras en el sentido de que debía amar —y perdonar— al conductor. También me di cuenta de que yo había sido tan inocente como ese conductor cuando andaba en bicicleta por la montaña unos días antes.
Cuando entré a mi lugar de trabajo y me encontré con mi compañera, sentí un profundo amor por ella. Cuando me vio, me saludó con mucho cariño, y hablamos naturalmente. Esta experiencia me ayudó a entender que jamás había sido herida por nadie.
Cuando comencé la caminata, oré a cada paso, sabiendo que, si Dios no causaba dolor, entonces no podía manifestarse en mi experiencia. Di el primer paso y luego el siguiente sin dolor. La caminata del primer día fue corta, y mientras caminaba y oraba, logré quedarme con el grupo.
Al pensar en la experiencia, inicialmente me decepcionó que el bebé no se hubiera dado vuelta antes del nacimiento. Pero reconocí que se había aprendido una importante lección: que cualesquiera sean las circunstancias o cuán grave el pronóstico, la ley de armonía de Dios está siempre en operación.