Un conocido poeta moderno ha dicho: “El hogar es el punto de partida.” En el libro de texto de la Christian Science, “Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras”, Mary Baker Eddy escribe (pág. 254): “Peregrino en la tierra, tu morada es el cielo”, indicando que debemos cambiar nuestro concepto limitado, material y variable del hogar por la comprensión del reino espiritual siempre presente — el reino de los cielos, donde el hombre, reflejo de Dios, vive perpetuamente.
Aquella consciencia que se abre para recibir la luz de la Vida y el Amor sin límites, los cimientos de la Verdad, el plan del Principio y la eterna belleza del Alma, hallará que su hogar verdadero no es una estructura material sino el reino siempre presente de la armonía, donde abunda el Amor para bendecir a todos. A medida que cambiemos nuestro concepto humano del hogar por el concepto verdadero, la aparente manifestación de la carencia, la frustración o el hacinamiento irán desapareciendo.
Una joven estudiante que procuraba establecer en su propio pensamiento el concepto verdadero del hogar, logró alcanzar la consciencia de la armonía aun cuando las condiciones materiales parecían ser una serie de situaciones discordantes y congestionadas. Más tarde, al recordar esta experiencia, ella percibió que había podido sobreponerse a los estados de pensamiento enumerados por Mrs. Eddy en la primera parte de su definición de “Jerusalem” y que son (ib., 589): “La creencia mortal y los conocimientos obtenidos mediante los cinco sentidos corporales; el orgullo del poder y el poder del orgullo; sensualidad; envidia; opresión; tiranía.”
Esta victoria le había revelado el verdadero significado de “Jerusalem”, a saber: “Hogar, cielo” (ib.). Muchas personas aludieron a la atmósfera de regeneración y felicidad que reinaba en su hogar, y ella misma estaba consciente de una felicidad y armonía siempre presentes.
Los relatos de San Lucas acerca de Jesús, cuando apareció ante sus discípulos después de su resurrección, dicen (Lucas, 24:45, 47): “Entonces les abrió la mente para que entendiesen las Escrituras. .. y que arrepentimiento y remisión de pecados fuesen predicados en su nombre a todas las naciones, comenzando desde Jerusalem.” La estudiante vió que no había sido necesario cambiar las condiciones humanas que la rodeaban para hacerla feliz sino más bien mejorar su concepto del hogar allí mismo y en ese instante, y se dispuso a comenzar “desde Jerusalem”.
El primer error que debió descubrir y reemplazar con la Verdad era “la creencia mortal y los conocimientos obtenidos mediante los cinco sentidos corporales.” Percibió que de los tales llamados conocimientos surgen la crítica a los demás y la tendencia a resentirse. Al entregarse a tales enojosas costumbres, ella se había convertido en testigo de creencias mortales, pero al invertir estos errores, comprendió con alegría que solamente debía ser testigo de la verdad acerca de Dios y el hombre, y que el concepto verdadero de aquellos que la rodeaban provenía del Principio. Así se vió libre de pensamientos duros y perjudiciales, y a medida que iba adquiriendo un concepto más espiritual de su prójimo, amándole más, el ambiente de su hogar fué cambiando, estableciéndose la armonía y la buena voluntad.
El segundo error que debió corregir fué: “El orgullo del poder y el poder del orgullo.” Al cambiar este error por la Verdad, experimentó un profundo sentimiento de humildad. El resentimiento que había sentido al verse obligada a cumplir con los quehaceres domésticos desapareció junto con el deseo poco bondadoso de dominar las acciones de los demás. Cumplía con sus obligaciones humildemente, reconociendo que la Mente divina es todopoderosa y haciendo para gloria de Dios la tarea que tenía por delante. Terminando su trabajo más ligero que antes, ahora hallaba tiempo para dedicarse a otras cosas que le interesaban y para las cuales antes parecía no tener tiempo.
Otro error que ella debió eliminar de la consciencia era la sensualidad, artificiosa pretensión de la mente mortal. Este error fué disminuyendo merced a una comprensión más clara de la pureza que sigue al bautismo espiritual, definido en parte por nuestra Guía como la “sumersión en el Espíritu” (Ciencia y Salud, pág. 581). Al reclamar para sí la inocencia que es la herencia del hombre, la estudiante se vió liberada de la condenación propia que tan a menudo traía como resultado la depresión y el mal humor. Comprendiendo mejor la inmutable pureza del hombre como expresión del hombre como expresión del Alma, se halló preparada para saludar cada nuevo día con la inocencia y frescura de la consciencia espiritual.
Un sentimiento de amargura acerca de su suerte y la envidia que le causaba el bienestar de los demás fueron los próximos errores a destruir en el pensamiento de la estudiante. Estos se eliminaron completamente mediante una expresión de gratitud hacia Dios. Su reconocimiento del amor y protección divinos calmó su irritabilidad, trayendo consigo gran consuelo en la positiva seguridad de la omnipresencia e imparcialidad del Amor infinito. Junto con esta gratitud se manifestaron muchas curaciones de males de carácter físico.
Eliminadas las atormentadoras sugestiones de opresión y tiranía, la discípula pudo regocijarse en su reconocimiento del concepto verdadero del hogar, o sea el cielo. Los dos últimos errores a vencerse fueron destruídos mediante un triunfal reconocimiento de que Dios es la Vida. Ella comprendió que en la Vida inmortal no existe el poder opresor o tiránico que pueda frustrar o cansar al hombre. Aprendió a reclamar para sí y para los demás los infinitos recursos de la Vida, cuando de pie debió hacer cola durante muchas horas o mantenerse continuamente activa en su hogar. Ya no se sentía agotada al fin del día. Desde aquel momento su concepto del hogar no fué ya el de una estructura material poco atractiva; más bien se trataba del reino de los cielos, la morada del Amor y la Vida.
En el reino de la Mente, el hombre no carece de hogar; nunca se siente frustrado, agobiado ni enfermo. Resolvamos aquí y ahora mismo rechazar los argumentos de la mente mortal de que es difícil encontrar casas disponibles; de que existen familias necesitadas o inhospitalarias, y aceptemos el concepto verdadero del hogar como siempre a mano y manifestando abundancia. Podemos regocijarnos de que el reino del Amor y la Vida está siempre presente, y reclamar, como herederos de Dios, nuestro derecho a la libertad, el gozo y todo lo que sea bueno. Contemplemos a nuestro prójimo y a nosotros mismos como morando espiritualmente en el reino de los cielos, que es el verdadero hogar del hombre, y atengámonos a las palabras de un amado himno (Himnario de la Christian Science, núm.° 217), que dice:
Con pasos de fervor sigue el ejemplo
de aquel que supo siempre hacer el bien;
la tierra así será del Padre el templo,
y cada amante vida, salmo fiel.
