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Original Web

Certidumbre en tiempos difíciles

Del número de julio de 2020 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 4 de mayo de 2020 como original para la Web.


He oído decir que lo único con que podemos contar es que no podemos contar con nada. La incertidumbre de la existencia humana tendería a apoyar ese sentimiento. Pero ¿son el caos y la variabilidad realmente los principios detrás de la existencia, o hay otro Principio más confiable en el que podemos basar nuestras vidas?

 Crecí cantando un himno del Himnario de la Ciencia Cristiana que ha guiado mi pensamiento hacia el Principio divino que es Dios. El himno comienza diciendo:

No teme cambios mi alma
si mora en santo Amor;
segura es tal confianza,
no hay cambios para Dios.
Si ruge la tormenta
o sufre el corazón,
mi pecho no se arredra,
pues cerca está el Señor.
(Anna L. Waring, N° 148) 

A simple vista puede parecer que solo reconforta, pero cuando lo analizamos, vemos que el mensaje es afirmativo y poderoso. ¡Qué concepto más sorprendente: “No teme cambios mi alma… no hay cambios para Dios”! Ahora bien, ¿dónde se encuentra para que no haya cambios? El himno afirma desde el comienzo que mora “en santo Amor”, el cual es otro nombre para Dios.

  Mediante el estudio de la Ciencia Cristiana he aprendido que Dios no es una persona sentada en un trono en las nubes que elige y selecciona a quién va a escuchar o qué va a arreglar. Dios es el Principio del universo, la Mente divina que amorosamente conoce la expresión de toda la creación. Dios es el Principio divino e inmutable: fijo, estable, perfecto y constante.

Mary Baker Eddy escribe en el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “La comprensión a la manera de Cristo del ser científico y de la curación divina incluye un Principio perfecto e idea perfecta —Dios perfecto y hombre perfecto— como base del pensamiento y la demostración” (pág. 259). Para mí esto significa que toda la existencia es un Principio infinito único, la Mente, y su manifestación infinita, el hombre y el universo. Dios es Todo-en-todo. Este es el “lugar” donde nada cambia.

Pero ¿qué decir de las tormentas de la vida que rugen a nuestro alrededor? No podemos ser simplistas acerca de esto. Y no es apropiado pretender que no hay nada que resolver cuando la humanidad está pidiendo a gritos curación. No obstante, la aparente enormidad de los problemas globales y personales no dan una razón legítima para dejar a un lado la certeza del Principio divino; en realidad exige que nos apoyemos aún más en el Principio.

Estoy aprendiendo que estas situaciones realmente no presentan la verdad o la realidad, sino que son distorsiones, malas interpretaciones o incluso hasta negaciones absolutas de la sola y única Verdad o Dios. Así como la tierra parece ser plana desde cualquier lugar donde te encuentres, aunque en realidad es redonda, y se vería redonda desde el espacio exterior, la vida parece limitada y finita desde nuestra perspectiva personal. No obstante, nuestra vida es mientras tanto ilimitada y eterna, y siempre se ve de esta forma desde la perspectiva de la Mente divina, Dios, nuestra verdadera Vida. De manera que, detrás de todo lo que percibimos por medio del punto de vista limitado de nuestros sentidos físicos, se encuentra una idea espiritual útil que podemos ver desde la perspectiva de Dios, de la Mente.

La Biblia está llena de ejemplos de personas que enfrentaron expectativas inciertas según sus perspectivas personales, pero quienes por medio de la oración —al escuchar atentamente para que Dios les revelara el punto de vista infinito—experimentaron a menudo cambios sanadores impresionantes. Más de la realidad divina les fue revelada, lo que respondió a las necesidades urgentes de obtener curación, alimento, refugio y ser liberados de sus enemigos.

Se necesita una cualidad de pensamiento —la humildad— que permita que ese discernimiento continúe. Cristo Jesús nos demostró esto exhaustivamente. Él estuvo dispuesto a dejar que Dios fuera el único Ego. Toda su vida demostró el control amoroso de Dios. Él enseñó a sus seguidores a orar: “Hágase tu voluntad” (Mateo 6:10), y dijo: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; …no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Juan 5:30). Es necesario estar dispuestos a abandonar nuestra propia opinión de las cosas, y dejar que Dios sea el intérprete de Su propio universo. Ciencia y Salud explica: “El Principio divino del universo tiene que interpretar el universo. Dios es el Principio divino de todo lo que Lo representa y de todo lo que realmente existe. Sólo la Ciencia Cristiana, como fue demostrada por Jesús, revela el Principio natural y divino de la Ciencia” (pág. 272).

Más de la realidad divina les fue revelada, lo que respondió a las necesidades urgentes de obtener curación, alimento, refugio y ser liberados de sus enemigos.

El único Principio infinito y cierto de la existencia está aquí ahora, y podemos realmente practicar e intercambiar nuestro limitado punto de vista material por la perspectiva espiritual y perfecta, como hizo Jesús, y revelar la certeza de la curación. La forma como Jesús vivió su divinidad en su experiencia humana resultó en su resurrección y ascensión. Su ejemplo sin precedentes nos mostró cómo podemos nosotros también ver todo desde la perspectiva infinita del Principio divino, la Mente, y ocuparnos de salvarnos de la limitación material. Él nos mostró cómo habitar en la totalidad del Amor divino con una certeza concreta, viviendo nuestra identidad espiritual al avanzar y trascender nuestra experiencia humana. 

De Jesús aprendemos la ventaja de dejar que Dios interprete Su universo. Por cada pequeña instancia en que cedemos a la perspectiva de Dios, experimentamos una liberación respecto a nuestra salud, nuestras finanzas y nuestras preocupaciones por el mundo, y nos sentimos liberados de los temores por nuestros seres queridos y la humanidad. Somos aliviados de la incertidumbre acerca de nuestras vidas, y esto trae a nuestra experiencia presente la confianza y la certeza de que Dios es la Vida inmortal e indestructible.

Mi vida ha tenido incontables ejemplos de los efectos sanadores de orar y ceder de este modo al punto de vista de Dios. Una de esas ocasiones fue hace años cuando tuve un dolor en el pecho. Oré durante varios días para saber que Dios es la Vida inmortal de todos, y que por ser el reflejo de la Vida soy tan eterna e inmortal como Él, y el dolor disminuyó. Pero una tarde de pronto se intensificó. En ese momento sentí un gran cambio mental —me liberé de “mi” vida y mis esfuerzos por orar para mantenerme viva— y mi pensamiento se volvió a Dios porque es la Vida. Me embargó la certeza de que solo Él causa la vida y cuida de ella, porque la Vida es Dios. En síntesis, lo único que es necesario para la Vida, Dios, es Dios. El dolor se detuvo instantáneamente y jamás regresó.

Podemos tener confianza en la certeza de que todo lo que vemos con nuestros sentidos físicos no es un hecho fijo. Sí, tal vez tengamos que practicar para ceder a la realidad espiritual del universo de Dios a fin de ver más claramente la normalidad y la armonía, pero con la ayuda de Dios siempre somos capaces de hacerlo. Nuestra vida y nuestra subsistencia están inamoviblemente fijas en el Principio, el Amor divino, donde nuestra perfección es inquebrantable. Sabiendo esto, podemos estar dispuestos y en marcha para enfrentar los desafíos de la vida humana con gracia sanadora y humildad.

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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