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El antídoto para el racismo sistémico: la unidad espiritual

Del número de marzo de 2021 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 21 de septiembre de 2020 como original para la Web.


Mi verdadero progreso en la comprensión de cómo la gente de raza negra ha experimentado el racismo históricamente, y continúa haciéndolo hoy, provino de una amiga de la familia. Las experiencias de su bisabuelo como esclavo y su propio trato con el racismo en el trabajo, la iglesia y los ámbitos sociales fueron terribles, pero también revelaron su fortaleza interior y poder espiritual, los cuales me dejaron una impresión profunda y duradera. Ella me contó cómo oró y superó circunstancias tan injustas con la certeza de la omnipotencia de Dios y su convicción de la unidad de cada uno con Dios y con toda Su creación espiritual.

Vivo en Twin Cities, Minnesota, Estados Unidos, donde George Floyd fue asesinado tan trágicamente el 25 de mayo de 2020. Cuando aparecieron por primera vez los videos de su muerte, me vino al pensamiento la fortaleza espiritual de mi amiga junto al urgente deseo de orar como ella lo hizo, apoyándose en las ideas sanadoras de la Ciencia Cristiana, como se revelan en la Biblia y los escritos de Mary Baker Eddy. Me di cuenta de que el racismo es una forma de odio, odio suscitado por corrientes de pensamiento más profundas que no han sido cuestionadas y se han intensificado. Si nuestras oraciones son sinceras en sus esfuerzos por erradicar esta plaga, debemos contrarrestar radicalmente con la verdad espiritual esas corrientes arraigadas, a fin de que se produzca un cambio duradero. 

Podemos defender el derecho divino de toda la humanidad a experimentar la libertad que Dios nos ha otorgado y Su amor infalible.

Entonces, ¿cómo podemos contrarrestar el mal expresado en el racismo sistémico que todavía polariza muchas de nuestras instituciones e interacciones sociales? La Biblia da un buen punto de partida: “¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios?” (Malaquías 2:10, LBLA). Las enseñanzas de Cristo Jesús resuenan con un inequívoco “¡Sí!” a estas preguntas. Jesús enseñó que pertenecemos a Dios y unos a otros bajo “un solo Padre, Dios” (Juan 8:41, KJV), la Mente divina, la única causa de todo lo que realmente es. Esta es la realidad, o la verdad del ser, y cada vez que cedemos a la consciencia de esta realidad, destruye un poco más la división, la autocomplacencia, la crueldad y el odio. Esta verdad del ser “es un alterante que llega a todas las partes del organismo humano. …y restaura la armonía del hombre”, como dice en la obra principal de Eddy sobre la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras (pág. 423).

Eddy descubrió la Ciencia Cristiana, la Ciencia detrás de las palabras y obras de Cristo Jesús, que sana enfermedades y vence el odio y la maldad. Ella escribe: “El mal no es algo que deba temerse y del cual huir, o que se vuelva más real cuando se lo combate. El mal, si se deja en paz, se hace más real, más agresivo, y aumenta sus pretensiones; pero cuando se combate con la Ciencia puede ser, y será, dominado por la Ciencia” (Escritos Misceláneos 1883–1896, pág. 284).

La Ciencia Cristiana enseña que cuando desafiamos todo mal sobre la base de la permanencia y omnipotencia de Dios, el bien, se revela el fundamento temporal, defectuoso y material del racismo sistémico. Ni el temor a que el bien sea limitado y deba ser acaparado preferentemente por un grupo sobre otro ni el miedo a que nosotros o los demás podamos ser dominados por el mal tiene sustancia espiritual. El temor cae cuando dejamos de alimentarlo, no importa cuánto tiempo se haya perpetuado.

Tanto el temor como el odio son desmantelados por lo que mi amiga sabía: la omnipotencia y supremacía del amor de Dios que todo lo incluye y la seguridad de toda la creación de Dios. Así como la luz destruye las tinieblas, el Amor divino aniquila el mal. Ciencia y Salud dice: “El mal no es supremo; el bien no está indefenso; . . .” (pág. 207).

Cristo Jesús conoció y personificó este poder salvador de nuestra unidad individual y universal con Dios. Por medio de él, triunfó sobre el odio, sanó enfermedades, venció la muerte y transformó vidas. Estas victorias fueron y son señales de la unidad del hombre con Dios, las que revelan a Emanuel o “Dios con nosotros”. Ciencia y Salud dice de Jesús: “Se sumergía bajo la superficie material de las cosas y encontraba la causa espiritual” (pág. 313). Podemos imitar su ejemplo y reconocer a Dios, el Amor y la Verdad divinos, como la única causa real, la verdad de la existencia, anulando así la pretensión de que el mal y el odio se heredan o tienen influencia. Podemos defender el derecho divino de toda la humanidad a experimentar la libertad otorgada por Dios y Su amor infalible.

Si la imagen agresiva de la desesperanza parece muy amenazante, nuestras oraciones deben elevarse más. Podemos persistir en conocer la verdad de nuestra unidad con Dios y de unos con otros hasta que veamos la evidencia de la ley “El amor nunca deja de ser” (1 Corintios 13:8, NTV). La naturaleza del mal es autodestruirse, y el Amor divino entendido, reconocido y vivido continuará “a ruina, a ruina, a ruina…” (Ezequiel 21:27), hasta que el mal se destruya a sí mismo.

Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar para lograrlo. Al enseñar a sus alumnos acerca de la obra sanadora de reflejar el amor de Dios, Eddy los animó a que fueran persistentes y constantes repitiendo lo que sabían que era espiritualmente verdadero, y derrotando la duda que los tentaría a sentir que no podían progresar. Ella dijo: “Queridos, nunca se desanimen. Este trabajo no es monótono, es crecimiento. Es repetir y vencer, repetir y vencer, repetir y vencer” (We Knew Mary Baker Eddy, Expanded Edition, Volumen 1, p. 263).

Podemos vencer el odio percibiendo y probando repetidamente en nuestra vida diaria la verdad universal de nuestra unidad como el linaje de un único creador espiritual, al pensar, hablar y actuar. A medida que lo hagamos, nuestra unidad universal con Dios será cada vez más evidente y se manifestará al honrar la dignidad de cada uno, expresar una mayor compasión y asegurar cada vez más la igualdad.

Nos ha creado un solo Dios. Podemos volver a esta verdad espiritual de la unidad de Dios y nuestra unidad inherente como Sus hijos e hijas, una y otra vez. La estructura de nuestra unidad con Dios y de cada uno puede moldear nuestros pensamientos y acciones hasta que la experiencia humana se ajuste a esta Verdad divina y veamos un cambio permanente.

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— Mary Baker Eddy, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea pág. 353

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