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Original Web

Mary Baker Eddy y el arte

Del número de enero de 2024 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 23 de octubre de 2023 como original para la Web.


“La hora de los pensadores ha llegado”. No es exactamente una cita que esperarías de un libro de texto religioso escrito por una mujer hace más de un siglo, cuando a las mujeres rara vez se les otorgaba una plataforma pública. Pero Mary Baker Eddy no era exactamente la figura convencional que se puede encontrar en la historia del cristianismo. Yo sabía que jamás volvería a ser el mismo después de leer su obra seminal: Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras.

La realidad que yo había imaginado para mí estaba hecha añicos; los renovadores vientos de Dios produjeron un cambio en mi vida de ateo a Científico Cristiano. Ahora creía en la totalidad de Dios como Mente, Espíritu, Verdad. Por más impactantes que fueron los cambios para amigos y familiares, lo que más me sorprendió fue la transformación de mis valores estéticos. Nunca esperé que cambiaran tan drásticamente junto con mis valores morales y espirituales. 

Como artista que pinta en el estilo del realismo (la observación y representación cercana, precisa y detallada de la naturaleza), se habla menos de la naturaleza subjetiva de la belleza; y habría sido más fácil llevar el argumento sobre “lo que es bello” y todos sus aspectos intangibles al dedicarme a perfeccionar la técnica. Para mí, la belleza se trataba de mi capacidad para crear la ilusión óptica de volumen y profundidad, para hacer que un dibujo bidimensional pareciera tridimensional.

Cuando me encontré con esta declaración de la Sra. Eddy, “La receta para la belleza es tener menos ilusión y más Alma...” (Ciencia y Salud, pág. 247), todo cambió. Hasta ese momento había estado estudiando Ciencia y Salud y la Lección Bíblica semanal del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana por mi cuenta desde hacía un par de años, principalmente aprendiendo sobre mi relación con Dios y experimentando curaciones físicas. Entonces, me sorprendió ver una lección de arte allí mismo en la página. 

En ese momento no lo sabía, pero había encontrado un compañero en Ciencia y Salud, no solo en mi travesía espiritual, sino también en mi travesía artística. Las ideas me ayudaban a ver que la belleza venía, no de la técnica, sino de saber conscientemente que las ideas creativas vienen de Dios, la Mente divina. Como resultado, hubo un cambio palpable de una perspectiva limitada y personal a una vislumbre expansiva de Dios como la fuente de todo lo que es bueno y hermoso.

Aunque quizá la Sra. Eddy no tuvo la intención directa de dar una guía básica sobre arte; lo que es seguro es su inquebrantable enfoque sobre el panorama cristiano más amplio: la necesidad de abrirse camino entre las ilusiones de un mundo material hacia la comprensión de nuestra armonía espiritual con Dios, el Espíritu, el Alma.   

El siguiente pasaje me habla de la vida y de la travesía artística: “Si bien nuestras primeras lecciones son cambiadas, modificadas, ampliadas, su meollo se renueva constantemente; como la ley del acorde permanece sin cambio, trátese de un simple ejercicio de Latour o de la inmensa Trilogía de Wagner” (Mary Baker Eddy, Retrospección e Introspección, págs. 81-82). Es un recordatorio de que todo progreso verdadero en el arte y la vida procede de un núcleo y fundamento central, y es en última instancia el resultado del descubrimiento y crecimiento espiritual.

La Ciencia Cristiana es un cristianismo práctico, no simplemente una religión teórica. En consecuencia, el principio de Dios que la respalda, “La receta para la belleza es tener menos ilusión y más Alma”, siempre conduce a resultados tangibles y positivos; y  sin importar si se lo aplica a la enseñanza en la escuela primaria, el bachillerato o la universidad. 

Por ejemplo, una situación típica en las clases de dibujo del natural para principiantes —y a veces incluso para estudiantes avanzados— es que se concentran  en los detalles y la técnica, y se olvidan de ver el panorama general; es decir, el movimiento, el carácter y cómo sienten el trabajo. Cuando eso sucede, la imagen se distorsiona, el individuo se frustra y, por lo general, intervengo de dos maneras. A veces, hago una demostración mientras digo: “Necesitas menos ilusión (técnica, detalle) y más alma”; alma significa inspiración). En otras ocasiones, dependiendo de la persona, cuando lo dije, me refería al Alma, Dios.

Aunque Mary Baker Eddy no era pintora, sus palabras siempre pintarán increíbles imágenes de lo que es realmente hermoso para mí.

Al señalar esto, casi siempre había un cambio inmediato en los estudiantes, y podían ver más de lo que se necesitaba, tanto para ese dibujo específico como para los futuros. Los maestros viven para esos momentos de aprendizaje y descubrimiento  satisfactorios, y siempre he atribuido esos instantes de verdadera educación a mi propia comprensión de Dios en expansión —al saber que hay una sola Mente y ninguna otra— que es la fuente que nos permite a mis estudiantes y a mí conocer lo que es hermoso, verdadero y bueno.

Otro ejemplo de cómo he utilizado pasajes de Ciencia y Salud para dilucidar una pintura fundamental, fue cuando estaba enseñando la importancia de saber lo que un estudiante está tratando de decir antes de comenzar un cuadro. Mis explicaciones no tenían mucho efecto en la clase, porque los alumnos estaban ansiosos por comenzar a pintar. Entonces recordé la esencia de esta declaración en la Lección Bíblica de esa semana: “Si uno deduce sus conclusiones en cuanto al hombre desde la imperfección en lugar de la perfección, le es tan imposible arribar a la verdadera concepción o comprensión del hombre y hacerse semejante a ella, como le es al escultor perfeccionar los contornos de su obra tomando un modelo imperfecto, o al pintor representar la figura y rostro de Jesús mientras mantiene en el pensamiento el carácter de Judas” (Ciencia y Salud, págs. 259-260). 

Le cité esa última parte a la clase: “[No puedes] representar la figura y el rostro de Jesús mientras mantienes en el pensamiento el carácter de Judas”. Esto llamó la atención de todos. Hubo un “¡Ah!” colectivo, y una comprensión inmediata. Se convirtió en mi frase de referencia para el resto de mi carrera docente.   

Por supuesto, no todas mis lecciones espirituales artísticas tuvieron lugar en el aula. La que siempre se destacará para mí, la cual comenzó mi travesía como Científico Cristiano, ocurrió cuando era estudiante e iba en un tren nocturno de París a Florencia, Italia, para un programa de arte. Seis meses antes, un médico me había dicho que tenía múltiples alergias (muchas relacionadas con los materiales que usaba como artista), y que debería considerar terminar mi carrera como artista o acostumbrarme a un sufrimiento insoportable. Yo decidí no aceptar su consejo y comencé a leer Ciencia y Salud, el cual, según me dijo la hermana de mi mejor amigo, me sanaría. Respeté su honestidad y amabilidad, así que compré un ejemplar para leer en mi viaje en tren; más por curiosidad que por realmente esperar ser sanado.

A medida que me acercaba al final del primer capítulo, titulado “La oración”, leí esta declaración: “Toma consciencia por un solo momento de que la Vida y la inteligencia son puramente espirituales —ni están en la materia ni son de ella— y el cuerpo entonces no proferirá ninguna queja. Si estás sufriendo por una creencia en la enfermedad, repentinamente te encontrarás bien. El pesar se convierte en gozo cuando el cuerpo es controlado por la Vida, la Verdad y el Amor espirituales” (Ciencia y Salud, pág. 14). Desde ese momento en el tren, nunca volví a sufrir alergias. Estaba libre. Libre de temores por la enfermedad, y libre para seguir una larga y satisfactoria carrera en las artes.

Mary Baker Eddy ha sido una mentora para mí como Científico Cristiano y artista. Aunque ella no era pintora, sus palabras siempre pintarán increíbles imágenes de lo que es realmente hermoso para mí. 

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