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La hija de Dios no es un fracaso: historia de una maestra

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 22 de agosto de 2019


A pesar de todo mi esfuerzo, sentía que era un fracaso. No estaba acostumbrada a sentirme así. 

Esto ocurrió hace varios años, cuando enseñaba en una escuela muy dinámica, cuyo propósito era capacitar a los estudiantes de bajo rendimiento a reducir la brecha en sus logros académicos. Trabajaba 12 horas todos los días en la escuela, y dedicaba tiempo para mi trabajo también los fines de semana. Daba todo lo que podía en mi función como maestra principal, y me daba vergüenza admitir que, trabajar en una escuela donde había alumnos de jardín de infantes hasta octavo grado, pudiera ser tan agotador. Me sentía constantemente abrumada, como si fuera el miembro más débil de la comunidad escolar. 

Después de 19 días de enseñar, me llamaron para tener una reunión con el director de la escuela y el director de planes de estudio, quienes me dijeron que yo no estaba a la altura de las expectativas de un educador en esa escuela. Entonces me dieron dos opciones. La primera fue que me darían tres semanas para que cambiara mi forma de hacer las cosas en el aula. Si lo lograba, podría continuar en mi puesto. Si no lo lograba, perdería mi empleo. La segunda opción era que dejara ese puesto y tuviera una función de apoyo como maestra asistente.

Al escuchar este mensaje, sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Yo sabía que había tenido móviles puros al buscar un puesto en esta escuela específica, y no podía creer que estuviera en esa situación tan desalentadora. Me sentía humillada de que mis esfuerzos me hubieran llevado a lo que parecía ser un fracaso absoluto.

Después de un día de sentirme físicamente enferma y derramar muchas lágrimas, supe que necesitaba obtener una perspectiva espiritual. Me sentía completamente perdida respecto a cómo orar por mí misma, así que llamé a un practicista de la Ciencia Cristiana para que me ayudara a orar por la situación y las opciones que me habían presentado. La primera idea por la que oramos fue que mi vida está gobernada por Dios. No existe ninguna otra fuerza o impulso real que pueda hacerse cargo y llevarme por el camino equivocado. Dios me había creado y cuidaba de mí.

Varios versículos del Salmo 37 fueron muy claros para mí; como si hubieran sido escritos para mi situación específica: “El Señor dirige los pasos de los justos; se deleita en cada detalle de su vida. Aunque tropiecen, nunca caerán, porque el Señor los sostiene de la mano… Han hecho suya la ley de Dios, por eso, nunca resbalarán de su camino… Miren a los que son buenos y honestos, porque a los que aman la paz les espera un futuro maravilloso… El Señor rescata a los justos; él es su fortaleza en tiempos de dificultad” (versículos 23, 24, 31,37 39, NTV).

Mi sentido de paz y orden fue restaurado.

Estas promesas de amor y salvación fueron muy reconfortantes para mí. La seguridad de Dios en el libro de Jeremías también me calmó y me tranquilizó: “Pues yo sé los planes que tengo para ustedes —dice el Señor—. Son planes para lo bueno y no para lo malo, para darles un futuro y una esperanza” (29:11, NTV). Necesitaba entender claramente que mi empleador no controlaba ni podía controlar mi destino. La ley del bien omnipresente de Dios estaba en mi corazón, y nada podía desviarme al decidir lo que debía hacer. Sabía que mis móviles eran puros y desinteresados, y que Dios me amaba y me apoyaba en ese momento, como lo hacía siempre.

Al continuar orando por la situación, me di cuenta de que debía abandonar dos nociones falsas: que era un fracaso y que mi empleo específico podía ser de alguna manera la fuente de mi identidad.

Varios pasajes de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras por Mary Baker Eddy me guiaron a tener un enfoque espiritual más puro. Me ayudó especialmente la declaración de que “Dios expresa en el hombre la idea infinita desarrollándose a sí misma para siempre, ampliándose y elevándose más y más desde una base ilimitada” (pág. 258). Esto requería que hiciera un cambio mental para no permitir que mi situación laboral definiera mi éxito o me definiera a mí. Por ser una idea espiritual perfecta creada por Dios, yo he expresado siempre excelencia y progreso, no fracaso.

 No hay aspecto alguno de mi identidad que Dios no conozca y atesore. Y puesto que Él puede crear, saber y reconocer solo el bien, absolutamente toda faceta de mi ser es totalmente buena. Sabía que mi expresión de inteligencia, gracia, alegría, creatividad, dedicación, organización y amor provienen de Dios.

La definición espiritual de Mente en el Glosario de Ciencia y Salud dice en parte, “el Principio divino, o Dios, de quien el hombre es la expresión plena y perfecta; la Deidad, que delinea pero no es delineada” (pág. 591). Esta definición me hizo ver que mi potencial para el éxito presente y futuro no estaba delineado por una lista bien intencionada de criterios y expectativas que la escuela había establecido o que yo había delineado para mí misma. Dios, la Mente, es el único capaz de delinear mi identidad y mi vida —la única fuente de mi identidad y bienestar— y Él me guía a donde necesito estar a cada momento.

Comprendí que necesitaba liberarme del temor de que mi situación actual tendría un impacto negativo en mi carrera. No solo tenía que dejar de pensar que los demás, es decir, los administradores de mi escuela, estaban delineando o restringiendo mi éxito presente o futuro, sino que también necesitaba dejar de hacerme eso a mí misma. Dios es la única autoridad real en mi vida y en la de los demás. En lo más profundo, yo sabía que Dios no nos había creado ni a mí ni a nadie para ser un fracaso, y yo tenía el derecho de probarlo. Y esta experiencia me estaba enseñando a ver que los momentos difíciles son oportunidades para crecer espiritualmente, y probar mejor lo que había estado aprendiendo en la Ciencia Cristiana.

Finalmente les avisé al director de la escuela y al director de planes de estudio que tomaría el puesto de maestra asistente, ya que parecía ser el paso más apropiado que debía dar. De inmediato, me dijeron que habían creado una nueva función para mí como maestra de intervención, y sentían que eso sería beneficioso para los estudiantes. Sacaban chicos de las clases de educación general para tener sesiones especiales, y yo les daba ayuda específica en matemáticas y alfabetización. También apoyaba a la maestra principal en el aula de educación general.

Estar de acuerdo en asumir el puesto de apoyo llevó a que yo aprendiera muchas lecciones sobre la humildad y la mansedumbre. Mi sentido de paz y orden fue restaurado, y pude dedicar más tiempo a desarrollarme en tareas fuera del trabajo, entre ellas, actividades tanto con la familia como en la iglesia.

Al pensar en esta experiencia, que ocurrió hace varios años, ahora estoy muy agradecida por el tiempo que pasé en esa escuela. Verdaderamente me preparó para las oportunidades de trabajo que tuve después, y la determinación que experimenté después de orar por la situación, me dio la confianza de saber que puedo salir airosa de las circunstancias adversas. Mi carrera como maestra ha florecido de formas que yo nunca podría haber imaginado, y mucho de esto es el resultado del crecimiento alcanzado por medio de aquella experiencia inicialmente desalentadora.

Esta vivencia me enseñó más concretamente que a medida que recurro a Dios en oración con humildad y profundamente, puedo esperar encontrar respuestas y curación ante cualquier situación.  Me dio la capacidad de ver, y de probar en cierto grado que, por ser hija de Dios, jamás puedo ser un fracaso. Y esto es cierto para cada uno de nosotros.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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