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Moralidad sin conflicto

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 7 de marzo de 2019


Las personas que tienen códigos estrictos de comportamiento moral no pueden aceptar el concepto de que una situación, por compleja que sea, pueda determinar totalmente una norma moral. No obstante, aquellos que cuestionan la necesidad de tener normas inalterables, lo hacen con frecuencia por la razón más compasiva: el deseo de amar en lugar de condenar a la gente (incluso a ellos mismos) que parece no estar a la altura de las circunstancias.

¿Podemos quizá amar a nuestros semejantes y mantener una norma constante al mismo tiempo? ¿Podemos acaso amarnos a nosotros mismos legítimamente —servir a nuestros mejores intereses— sin quebrantar las normas?

A fin de contestar estas preguntas, deberíamos comenzar por encontrar la norma absoluta de la existencia (como uno buscaría una norma en música o en matemáticas), y luego comprender su aplicación en la vida. Dios perfecto y hombre perfecto: esta es la norma espiritual inalterable. El hombre —cada uno de nosotros en su ser espiritual verdadero— es una expresión del Dios perfecto y nunca puede declinar de esta perfección. Nuestra Guía, la Sra. Eddy escribe: "El estándar de la perfección fue originalmente Dios y el hombre. ¿Ha rebajado Dios Su propio estándar, y ha caído el hombre?” (Ciencia y Salud, pág. 470).

El hombre ideal, creado por Dios, es inteligente, fuerte, hermoso, puro, amoroso.  Por medio del estudio de la Ciencia Cristiana comenzamos a aprender y a demostrar la irrealidad del pecado y la realidad de nuestra identidad pura como el hijo de Dios. El revestimiento de mortalidad comienza a desgastarse. Nos volvemos más afectuosos, más honestos, más leales y moderados. Entonces nos damos cuenta de que la moralidad es el resultado natural de tomar consciencia de la única norma espiritual verdadera. El esforzarse por demostrar la naturaleza de Dios por medio de la obediencia al Cristo (nuestra conexión individual con la norma de la perfección) lleva a una mayor fidelidad, integridad y salud; evidencias humanas de una comprensión más profunda del Amor, la Verdad y la Vida divinas.

Esta comprensión de la naturaleza de Dios y Su expresión es el medio por el cual se resuelve el aparente conflicto entre la fidelidad a la verdad (el deseo de respetar y obedecer las reglas), y la fidelidad al amor (el deseo de amar a la humanidad). ¿Por qué? Porque Dios no es a veces Verdad y ocasionalmente Amor. Él es, de una forma indivisible, omnipresente y eterna, tanto Verdad como Amor. La Sra. Eddy nos dice en Ciencia y Salud: "La Ciencia Cristiana revela la Verdad y el Amor como las fuerzas motrices del hombre” (pág. 490). El hombre, al reflejar a Dios en todo sentido, siempre está motivado por la Verdad y el Amor simultáneamente, no por separado. ¿Cómo funciona esto —cómo sana— en la práctica real de tratar con nuestros semejantes?

El enfoque de Cristo Jesús sobre el caso de la mujer adúltera es una conmovedora ilustración de dicha práctica. Los acusadores estaban listos para apedrear a la mujer.  Jesús, cuya vida fue ciertamente el modelo mismo del amor cristiano, no trató de dispersar a la multitud pidiéndoles que consideraran las circunstancias que pudieron haber llevado a la mujer a su condición presente. El Cristo, la Verdad, proporcionó a Jesús las palabras mismas que simultáneamente condenarían la hipocresía de la multitud y los haría volverse humildes ante el amor. Ni uno solo de ellos pudo honestamente considerar que había vivido libre de pecado. De modo que se fueron moralmente reprendidos y cuestionados. Volviéndose entonces a la mujer, Jesús preguntó: “¿Ninguno te condenó?”. Cuando ella respondió: “Ninguno, Señor”, Jesús agregó: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:10, 11), condenando de esa manera el acto de adulterio y a la vez perdonando a la mujer. Indudablemente ella se fue sana.

La condena personal la habría asesinado; la clemencia la habría liberado. Pero estos dos enfoques hubieran estado basados en el concepto errado del hombre como un mortal pecador, inseparable del pecado. La consciencia pura del Salvador incluyó la comprensión de que el pecado no es más parte del linaje de Dios que un espejismo lo es de un paisaje.

¿Qué podemos decir del amor que sentimos por nosotros mismos? ¿Cómo se relaciona la norma espiritual de Dios perfecto y hombre perfecto con nuestro propio comportamiento humano? Veamos esta ilustración: Si pensamos que la creatividad está separada o fuera de las leyes morales, tenemos que recordar que Dios es tanto el Alma creativa como el Principio legislador. En consecuencia, en la Ciencia Cristiana, no puede haber creatividad perdurable y verdadera sin integridad. Si pensamos que los juegos de azar, hacer trampa en nuestra declaración de impuestos, engañar a nuestro cónyuge, recibir o pagar sobornos, pueden producir satisfacción, tenemos que acordarnos de que el Amor divino es también la Verdad infalible y el Espíritu sustancial. Por lo tanto, ningún grado de deshonestidad o indulgencia con los juegos de azar puede jamás representar el amor genuino por nosotros mismos. Si pensamos que podemos tener mucho más éxito en los negocios al conspirar para destruir a un competidor, debemos recordar que la Mente inteligente es también la Vida divina, cuya acción sostiene y perpetúa pero jamás destruye.

No hace mucho, mi esposo y yo caímos en la trampa de creer que podíamos beneficiarnos al aceptar una práctica popular pero incuestionablemente ilegal: no declarar ante la aduana todas las compras al volver a entrar al país. Sin embargo, mientras regresábamos en avión de nuestro reciente viaje al exterior, me sentí atormentada por la indecisión, la culpa y la confusión. ¿Es que realmente creía que podía haber una excepción a la norma de la honestidad bajo la que siempre había vivido? Nos habíamos apoyado totalmente en Dios al planear cada detalle de nuestro viaje, y teníamos mucho que agradecer. 

Sabía que debía volverme de todo corazón a Dios. A medida que me fui tranquilizando, me vinieron varios pensamientos, entre ellos: "Dad, pues, a César, lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21). "No os conforméis a este siglo” (Romanos 12:2). Y finalmente, la declaración de nuestra Guía en el libro de texto: “Enteramente separada de la creencia y el sueño de la vida material, está la Vida divina, revelando la comprensión espiritual y la consciencia del señorío del hombre sobre toda la tierra” (Ciencia y Salud, pág. 14).

De pronto, ya no me sentí confundida. Pude ver claramente la diferencia entre la norma divina —"la Vida divina" con sus leyes eternas de sustancia ilimitada— y “la creencia y el sueño de la vida material” con sus condiciones y cantidades de provisión, salud y felicidad que cambian constantemente. Supe que, a fin de cuidar realmente de nosotros ahora, no podíamos ofrecer excusas ni buscar escapatorias. Teníamos que condenar, no a nosotros mismos, no las leyes aduaneras, sino el sentido mortal de la sustancia divisible. Debíamos reclamar nuestro ser inmortal, dotado de la sustancia infinita del Espíritu. No obstante, demostrar la sustancia infinita sin la verdad, sería imposible. Debíamos ver que el origen y el poder motivador de nuestro ser —nuestro Dios— era simultáneamente el Amor, la Verdad, el Principio, el Espíritu, para todos. 

Al llegar declaramos todo sin reservas en la aduana, no tuvimos que abrir ni un solo equipaje, y pagamos el impuesto debido. En el año que ha pasado desde entonces, hemos demostrado la provisión de forma más constante, invariable y abundante que nunca antes. Ascendimos muy naturalmente un grado más alto en la escala de la moralidad genuina.

Por más complicado que parezca ser un dilema moral, si estamos dispuestos a aceptar una solución con humildad y honestidad, siempre podemos confiar en que el Cristo interpretará y traducirá la norma divina de una forma que sea precisamente pertinente al problema.

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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